Opinión: “El que nos enseñó a Max Weber”
Una vez, sólo una vez, pude hablar con Alfonsín. Fue en la Convención del ’94, por gentileza de un grupo de amigos que me permitieron entrar su despacho, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales.
El viejo no tenía tiempo para periodistas aprendices, pero algún amigo lo convenció de que me atendiera. Hablamos de la Convención, del núcleo de coincidencias básicas, de aquel presente lastimoso del radicalismo, hasta que me animé y -mientras me temblaban las piernas- insolente pregunté::
– Presidente… ¿Era necesario el pacto con Menem?
Lejos de encabronarse, me respondió entre tierno y fastidiado: “Es la ética de la responsabilidad, muchachito… Vaya y lea a Weber. Quizás comprenda eso y mucho más. En política no siempre podemos hacer lo que queremos, sino lo que debemos. La historia reivindicará nuestro accionar, no le quepan dudas” y concluyó aquel breve dialogo.
Quince años después, en una conversación de pileta con alguno de esos amigos que me permitieron entrar a su despacho, volví sobre el asunto: ¿Era necesario aquel acuerdo con Menem? ¿No debió “aniquilarlos” a los Carapintadas en Semana Santa? pregunté a los alfonisnistas presentes.
Uno de ellos, con la calma de aquel viejo zorro, me respondió lo mismo que su maestro pero repreguntó: “¿Qué hubieras hecho si tenías en tus espaldas la responsabilidad de decidir por la vida o la muerte de miles de argentinos en Semana Santa? ¿Qué hubieras hecho vos si percibías que el menemismo iba hacia la reelección indefinida, hacia un fujimorazo con el aplauso de toda la tilinguearía que disfrutaba del 1 a 1 como quien disfrutaba del paraíso? Max Weber. La ética de las convicciones o la de la responsabilidad. No siempre se puede actuar bajo el imperio de las ideas. Muchas veces, generalmente en el poder, resulta indispensable ser responsables. Y Alfonsín lo fue”.
Se hizo un largo silencio en la pileta. Alguien agregó algunos datos que con el tiempo fuimos perdiendo. Alfonsin fue presidente en el mapa más frágil de las democracias nacientes. Pinochet reinaba en Chile. En Uruguay todavía gobernaba la dictadura, En Brasil moría sospechosamente un presidente democrático, los Estados Unidos no habían definido, todavía, que la democracia podía ser el terreno apropiado para instalar las políticas económicas que traería aparejada “El Consenso de Washington”. Aún así, el presidente Alfonsin ordenó la creación de la CONADEP. Y le quitó a la Justicia militar el juzgamiento de los genocidas. Ahí está el Nunca Más. Marca indeleble de la voluntad de cambio. Memoria inmortal del horror. Hasta allí pudieron sus convicciones.
Después vino el encierro. Los levantamientos militares, el acoso de las corporaciones. “La ética de la responsabilidad, el Punto Final y la Obediencia Debida”. No había correlación de fuerzas, decía. No lo entendimos. Ahora lo entendemos. La burocracia sindical no tuvo piedad con él. Trece paros generales en tres años. El establishment lo noqueó siempre que pudo, hasta incendiarlo en complicidad con el peronismo con la incontrolable y desestabilizadora hiperinflación.
Y el Pacto de Olivos. El que le permitió, sí a Menem, ser reelecto presidente pero con los límites de una Constitución, en muchísimos aspectos, modelo que le impidió eternizarse; que lo limitó a un solo mandato más, y de cuatro años.
Batalló hasta el final. La semana pasada, postrado y lúcido, se animó a reclamarle a la oposición que aunara fuerzas para impedir que el kirchnerismo avanzara sobre las instituciones… ¿Tenía razón Alfonsín cuando propuso eso? Uno tiene derecho a pensar que exageraba, que no era exacto.
Pero el viejo zorro nos enseño a Max Weber y quizás los años nos demuestren, otra vez, que tenía razón.
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