Oro americano
A Yavi Chico se llega por azar, como llegó un periodista ambulante, o vaya uno a saber por qué otro modo. Pero es poco probable que alguien sepa de la existencia de Yavi Chico, tanto como que alguna agencia de turismo mande a sus clientes de excursión por esa zona más cerca de Bolivia que La Quiaca misma.
Para llegar a Yavi Chico hay que recorrer primero 15 kilómetros hacia el este, donde al zapato de Jujuy le empiezan a crecer los cordones montañosos llamados Cerros de los 8 hermanos, hasta Yavi, su hermano mayor y, luego, 4 kilómetros más de un ripio que se insolenta a menudo entrometiéndose en las hendijas de las cubiertas. Pero vale la pena.
A un costado de Yavi Chico, más allá de la ranchada que da vida a un pueblo de 70 familias, se halla una incógnita de la historia que seduce a los antropólogos y también a los curiosos. Puede que haya allí vestigios de una población inca o bien de un antigal (cementerio) de la misma cultura. Por eso en la zona abundan los hallazgos de piezas e instrumentos y, los más memoriosos, cuentan que hasta no hace mucho se encontraron vinchas de oro que pasaron oportunamente a otros sitios donde los habitantes de Yavi Chico nunca viajan.
A propósito del oro, en hace unos años llegó a la escuelita del pueblo una directora que iba a darle el valor del metal brillante a otro producto de la zona: el maíz. María Cristina Yurquina llegó un día a Yavi Chico y notó enseguida que los niños de la zona eran poco locuaces. Y se dijo que si no hablaban era porque tenían poco para contar. Y se propuso que pronto tuvieran qué decir, a partir de que antes tuvieran qué hacer.
Así nació el proyecto “El maíz, ese grano de oro americano”, en la escuelita de Frontera N 2 Rosario Wayar, que consiste en la producción, entre los propios niños, de una micro economía de subsistencia que les permita colaborar con sus familias o contribuir a sostener un comedor escolar que apenas recibe del gobierno 75 centavos diarios por chico, para tres comidas.
Desde que existe el proyecto, desde que los chicos aran con bueyes, mantienen las huertas, siembran y cosechan, el gobierno de la provincia de Jujuy, a través de su Ministerio de Educación, apenas aportó 450 pesos. Por eso, para reparar un techo que se cayó como se le caen los dientes a las vecinas de la zona, tuvieron que organizar una venta de humita. Lo dicen con orgullo en la escuelita y ningún funcionario que oye se le cae la cara de vergüenza.
Muchos dirán que los niños no tienen que trabajar. Y es cierto. Pero tan cierto como la realidad de este pueblo escondido en una hondonada del camino, a unos metros de Bolivia, al borde de un cementerio incaico, en el que pocos tendrán la chance de seguir estudiando e inexorablemente deben aprender a trabajar su tierra para poder vivir.
En mayo del año pasado vinieron de UNICEF por la zona. Dijeron que “pronto iban a tener una sorpresa”. Los chicos, además de aprender a trabajar con el maíz, de producir artesanías para vender o de colaborar con el mantenimiento del edificio escolar, ya dicen que los de UNICEF no aparecieron nunca más. Porque ahora ellos sí tienen de qué hablar.
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