Oro y prensa
No es un tema de conversación entre los jubilados que conversan en la plaza 25 de mayo, esquivando las palomas que les manchan las gorras. Tampoco en la cola del banco o en los recreos, en los colegios donde los pibes discurren esperando el timbre de salida. Y mucho menos es tema de los medios de comunicación masivos.
De la minería, un tema del que la Cordillera de los Andes nos empieza a pedir que hablemos, nadie habla. O pocos hablan. O los que deberían hacerlo no lo hacen. No aquí en San Juan, como no en La Rioja o Catamarca, por citar tres provincias que hemos recorrido en los últimos dos meses y en donde el futuro hipotecado del agua envenenada se yergue como daga entre los que prefieren estar cerca de la pared antes de ponerle el pecho a la espada.
¿Y por qué no hablan los medios de comunicación sobre el peligro minero? No lo hacen por lo mismo que no dicen nada sobre el desempleo, el hambre, la corrupción o las deficiencias en la salud. O sea, porque son propiedad del mismo poder que los genera. Porque no informan más que reproduciendo las tapas de los medios más importantes de capital, que repiten el esquema, ahora funcionales a un poder superior.
Todos los sanjuaninos saben que el metal que le sacan de las entrañas del cerro Mercedario se lava con cianuro y que esa agua baja de las montañas hasta sus copas. Pero de eso no se habla. De lo que hay que gritar, no se habla. De lo que hay que clamar, se calla. Aunque no en todas partes suceda. Por ejemplo, en Latinoamérica toda, se empiezan a escuchar bramidos de los que se niegan a seguir –Gieco dixit- cinco siglos igual.
“Alrededor del campamento y de la planta de óxido de la mina de cobre BHP Billiton Tintaya, en el departamento surandino de Cuzco, en Perú, lugareños incendiaron 2 mil hectáreas de pastizales como protesta al incendio diario al que los condena la mina. En Guatemala hubo un plebiscito y un NO rotundo se impuso a la explotación sin control o con controles anuentes.
Lo propio ha sucedido hace poco en el interior de España y, para no irnos tan lejos, en el sur argentino, con el pueblo de Esquel rebelándose contra una aniquilación lenta y sostenida. Con el cinismo, el que advierte del peligro de la explotación minera es siempre el primer mundo. Pero las empresas que lo llevan adelante provienen de allí.
En San Juan urge que alguien acompañe la pelea de unas pocas organizaciones, unos pocos docentes universitarios, unos pocos clamorosos que no tienen lugar para hacer oír su queja en los medios de comunicación que, como con las empresas contratadas para hacer crujir la tierra y extirparle el oro, son casi siempre de testaferros del gobierno.
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