OTRO DÍA DE PESADILLA PARA LOS VIAJEROS DE EZEIZA Y AEROPARQUE
Los pasajeros que ayer enfilaban a pie rumbo al Aeropuerto de Ezeiza, arrastrando sus valijas por el asfalto derretido por el sol de la Autopista Riccheri, parecían huir del país más que turistas que dejaban la Argentina o nativos que viajaban al exterior. La imagen de los viajeros que subían sus equipajes y sus humanidades a camiones de carne o de transportar forraje mientras un grupo de afiliados al sindicato de técnicos aeronáuticos impedían el tránsito, se convirtió en un símbolo del conflicto que sacude a Aerolíneas Argentinas y que sigue sin vistas de solución (ver “Con más despidos…”).
Debió intervenir el presidente de la Nación para acelerar el despeje de, al menos, un carril de la autopista, hasta que se levantó el corte. Para entonces, muchos viajeros habían padecido una odisea. En Aeroparque las cosas no iban mejor. Vuelos cancelados, incertidumbre, quejas, mal humor y frustración se unían al desamparo de familias que llevan ya más de dos días de vida en común en el Jorge Newbery.
Las quejas más comunes estuvieron dirigidas, casi por igual, hacia huelguistas y hacia Aerolíneas Argentinas. Si por un lado no se entendía el salvajismo de la huelga que lleva paralizada la mayor parte de la actividad aérea desde hace seis días, por otro lado tampoco se entendía cómo y por qué los pasajeros eran obligados a hacer una y otra vez todos los trámites de preembarque, incluido el despacho de equipajes, para recibir luego la noticia de que el vuelo había sido cancelado. Si los huelguistas eran criticados por no dar la cara ante los pasajeros, la empresa era acusada de maltratar a esos mismos pasajeros, de condicionar su hospedaje a “hoteles sobrecargados” o de mezquinar en algunos casos la devolución del dinero invertido en el pasaje.
Las que siguen son algunas de las historias vividas ayer en los dos aeropuertos, como una breve temporada en los infiernos.
CAMPEONES POR LA AUTOPISTA
En lugar de estar celebrando con sus compatriotas, cuatro flamantes campeones sudamericanos del equipo de hóckey in-line de Brasil, que el domingo pasado quedaron varados en Buenos Aires, ayer se ataron los patines otra vez. Esta vez no para competir sino para llegar al aeropuerto internacional de Ezeiza en el lapso en que los técnicos aeronáuticos cortaron el tránsito en la autopista Riccheri. El resto del equipo tuvo más suerte. Partió a las 21 en un vuelo de TAM.
“¡Voy a patinar de nuevo”, pensó rebosante de optimismo Leandro García Silva (22) aunque unos minutos después, afligido, añadió: “Yo estudio economía y mañana (por hoy) tengo un examen final que seguramente voy a perder”. Para otro de los campeones, Pedro Duarte (24), las “aventuras argentinas” no alcanzaron para cambiar su mal humor. “Cuando estoy mal no quiero hablar con nadie”.
A estos cuatro jóvenes Aerolíneas Argentinas les prometió un segundo vuelo para la madrugada del lunes, que nunca llegó. Y ayer a las 4 de la tarde les dijeron que “quizás” salían a las 18 pero que contaban con escasas probabilidades. “Es muy probable que tampoco salgamos hoy. Esta noche (por ayer) y mañana (por hoy) debería estar entrenando a un equipo de hóckey in-line de niños”, deslizó angustiado Geraldo Cardoso (32). “Yo voy a perder las últimas clases del año”, describió Marcelo Campos, estudiante de diseño industrial.
“¿TIENE LA BOLETA…?”
María del Carmen Lanaro estaba desesperada. Había dejado a su beba de cuatro meses con su esposo en Comodoro Rivadavia para hacer un trámite urgente en Buenos Aires. En el mostrador de Aerolíneas Argentinas, en Aeroparque, le informaron que su vuelo de regreso estaba reprogramado para las 18, pero tras varias horas de espera la mujer decidió pedir que le devuelvan el dinero del pasaje, que pagó 300 pesos, y viajar en bus.
“¿Tiene la factura del boleto?”, le preguntó el encargado del sector. Era imposible que María del Carmen pudiera cumplir ese caprichoso requisito. “¿La empresa me va a pagar los taxis para ir a Retiro y volver?”, le preguntó desconcertada. El empleado le contestó que sí, siempre y cuando le trajera los tickets. Sin embargo, el domingo la compañía había informado a Clarín que la plata de los pasajes se iba a reintegrar “en el momento”.
Sin dormir, sin ganas de discutir y con el único objetivo de reencontrarse con su beba, María del Carmen salió corriendo rumbo a la estación de Retiro.
INFORMADOS, SÍ, PERO VÍA CHILE
Les habían dicho que tenían que caminar pero pensaron que era una broma. Cuando llegaron al último puente antes del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, Paulina Roja (26) y sus padres, bajaron de la camioneta que los había transportado desde el hotel y comenzaron a empujar sus valijas por la Riccheri.
Ayer debían haber tomado un vuelo a las 15.10 hacia Santiago de Chile. “Nos dijeron que el vuelo se suspendió pero que verían si había otro vuelo en otra compañía. Sin embargo, mi papá hizo que llamaran desde Chile a otras aerolíneas y les dijeron que no había una sola plaza hasta el jueves”, contó Paulina, que lucía medianamente tranquila. Pero su mamá estaba angustiada. “En mi caso no es tan crítico porque soy cirujana dentista y suspendí todos mis turnos. Mi madre, en cambio, tiene que llegar a un par de reuniones y no sabe qué le va a decir a su jefe”, comentó afligida.
Esta familia chilena vino al país a descansar un fin de semana. “Pero acá no nos ayudaron en nada”, indicó molesta Paulina. En ese momento un empleado de Aerolíneas Argentinas se aproximó a ella y a un grupo: “Hay probabilidades de que viajen en un vuelo que sale a las 8. Ahora pueden pasear por el aeropuerto; pero les aconsejo que no se vayan”. Paulina lo miró y dijo: “Igual intentaré cambiar mi pasaje por un vuelo en otra aerolínea”.
“EXIJO UN SITIO PARA DORMIR CON MI NIÑA”
Llegaron de Madrid con seis horas de atraso. Y cuando arribaron al Aeroparque Jorge Newbery se encontraron con la desagradable sorpresa: la huelga de pilotos y técnicos que ayer cumplía su quinto día obligó a cancelar el vuelo que tenían previsto a la ciudad de Mendoza. “Vamos a visitar a mi tío”, dijo Belén Gallardo, con un suave acento español, mientras hamacaba a su hija Brenda, de 20 meses.
“Ya veníamos mal: debíamos llegar a Buenos Aires a las 9 y lo hicimos a las 15. Pero de todas maneras teníamos tiempo para tomar el vuelo de cabotaje que originalmente iba a salir a las 17; pero lo cancelaron. Después nos informaron que lo reprogramaron para las 22. Ahora no sabemos qué hacer”, contó con bronca. La duda se apoderó también de sus padres y de su esposo que no podían salir de su asombro.
“Si esto me pilla a mí sola, bueno, pero con la niña…”, protestó la abuela de Brenda. “Exijo un sitio para dormir, no voy a soportar que esta niña pase otra mala noche”, reclamó la mujer.
La niña ya no quería saber nada de sus muñecos de peluche y menos aún seguir sentada en el cochecito. Con la pequeña a upa, Belén siguió deliberando con su familia frente al mostrador del check-in. Otros pasajeros españoles varados se acercaron a contar con idénticas penurias a cuestas.
“LO PEOR ES LA DESINFORMACIÓN”
“Lo peor es la desinformación. Te enterás de las cosas porque otros te las dicen, pero la empresa se limita a un procedimiento: Demora los vuelos y cuando sabe que no puede esperar más, informa su cancelación”, detalló la española Ana Maritorena (33). Desde el sábado pasado estudia el comportamiento de Aerolíneas Argentinas con la sagacidad de una ajedrecista. El domingo debería haber salido hacia Calafate con su novio, Roberto Literal (33) y ayer a las cuatro de la tarde aún esperaba su turno. “Un año estuvimos ahorrando”, recuerda Ana sin perder el temple.
Llegaron al país el viernes pasado y de inmediato llamaron a A.A. Les aconsejaron presentarse el domingo, a la hora de su vuelo, en Ezeiza. “Nos hicieron esperar hasta último momento y cinco minutos antes dijeron que estaba cancelado”, recordó molesta. Ayer durmieron en un hotel. Cuando llegaron, cansados y habiendo perdido un día que podrían haber disfrutado en Calafate, “una señora” los insultó diciéndoles que “la culpa de todo” la tenían “los españoles”.
Se ilusionan con que hoy podrán salir a Calafate. “Era un viaje de 19 días en 7 provincias argentinas. Ahora cambiamos las fechas de los últimos vuelos. De ese modo, perderíamos los dos días que, al regresar del interior del país, habríamos estado en Buenos Aires”, dijo Ana.
DESDE ESCOCIA, SÍ. A NEUQUÉN, NO
En un bar de Aeroparque, María Ruth Chiappori no podía contener las lágrimas de rabia. Es argentina, su familia vive en Neuquén, está casada con el escocés Mike Walsh y tienen dos hijas: Farah de 2 años y medio y Clarisa de apenas tres meses. Llegaron hace unos días desde Edimburgo, donde viven.
Ella, que se dedica a la administración de empresas, tenía un pasaje de Aerolíneas Argentinas para ir Neuquén con sus nenas.
Mike, —es abogado—, había comprado un ticket de Austral para ir a Mendoza con tres amigos escoceses que viajaban por Lan. Aunque con una demora de tres horas, su vuelo estaba confirmado. ¿Pero cómo iban a viajar María Ruth y las criaturas?
“Estoy llamando a Retiro, a la empresa que viaja a Neuquén y no logro comunicarme”, contó preocupada mientras intentaba llamar una vez desde los teléfonos públicos del hall de embarque. Al final, Mike se quedó en el bar con la pila de valijas y las pequeñas. Y como otros tantos pasajeros, María Ruth fue a buscar pasajes por tierra.
CON MUCHAS GANAS DE PEGAR LA VUELTA
“Todo esto me da el anhelo de volver a mi patria. Es la primera vez que vengo a la Argentina y tengo una desagradable impresión de este país. Es que nos han pillado como conejitos de Indias”, protestó ayer en Aeroparque Francisco Pérez Espinoza, un pequeño empresario de la construcción de Alicante que en febrero programó once días de vacaciones en nuestras tierras con su amigo Emilio Navarrete, profesor de golf.
El plan de los españoles era volar a Trelew, recorrer la Península de Valdés y luego viajar a Cataratas. Pero el conflicto gremial aeronáutico les hizo perder tres días de hotel y excursiones.
“Hoy (por ayer) a las 9 nos hicieron hacer el check-in y despachar otra vez las valijas: nos hicieron creer que el avión iba a salir pero minutos antes de la hora indicada apareció cancelado en los monitores”, relató Francisco arrastrando la pesada valija. “Por este lugar ya hemos pasado mil veces”, acotaba Emilio.
“Ya nos estamos acostumbrando a vivir en el aeropuerto”, dijo Francisco en tono de broma, como para poder sobrellevar semejante pesadilla. “En España las huelgas no son así —comparaban los amigos—. Allá, hay negociaciones, presiones, pero siempre brindando servicios mínimos”.
Cada minuto, los frustrados turistas tenían menos paciencia. “Hoy mismo nos subimos a un avión de Iberia rumbo a España, concluyeron.
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