Pa’ Chile me voy
Las excursiones que se promocionan a Chile dan siempre cuenta de Santiago y sus alamedas, del salitre del norte o de los lagos sureños con la Isla Chiloé a un costado. Pocos hablan de Chile Chico, el pintoresco pueblo pegado a Los Antiguos, lindante con la provincia de Santa Cruz. Bueno, en verdad, no hay tanto que decir de Chile Chico, pero está bien cerca y el bolsillo de un periodista ambulante no permite lujos trasandinos, sobre todo ante lo poco favorable que resulta el cambio.
Es común que a un lado y a otro de la Cordillera haya un pueblo argentino y otro chileno, bastante cercanos. Pero el cordón umbilical más corto es el que une a Chile Chico con Los Antiguos. Los dos tienen un origen bastante común y han crecido a la vera de las piedras costeras del Lago Buenos. Sólo que Chile Chico tuvo una idea más feliz: mientras que Los Antiguos le da espaldas al lago, el pueblo chileno fue edificado para mirarlo.
Así, Chile Chico se parece a un pequeño pueblito pesquero y portuario, aunque no sea definitivamente ni uno ni lo otro, porque el Lago Buenos Aires es imponente pero no es el mar y porque las truchas y los salmones no son delfines ni orcas. No obstante, para salvar las distancias que lo separan del Chile central, ese a que pocas veces tienen acceso los que viven por aquí, hay un servicio de balsas que parte cada tanto hacia Puerto Ibáñez -el lugar más grande de la zona- desde un muelle con ínfulas portuarias.
La mayoría de las casas de Chile Chico están pintadas de colores vivos y sobresalen muchas banderas de Chile, dejando entrever un nacionalismo que en Los Antiguos dan por sentado. “Ellos –dicen por los chilenos- no es que no nos quieran a los argentinos, sino que son bien patriotas”. Sin embargo, la economía de Chile Chico no parece saber de patriotismos a la hora de sus inversiones para la canasta familiar. Las compras se hacen “del lado argentino”, en Los Antiguos, porque el peso chileno vale más en nuestro país después de la devaluación.
Como buen pueblo chileno que se precie, sobre todo en el sur, los mariscos dominan las góndolas de los almacenes por este pago, donde la siesta parece más santiagueña y obligada que en otras partes y el viento es un enemigo feroz de los que pretenden amigarse con el paisaje tomando unos mates en la costanera, observando unos islotes pedregosos que dan el lago un aspecto de belleza superior.
A la caída de la tarde, y sobre todo del sol, se aconseja volver.
Habrá que hacer los obligados trámites de aduana, ligeros por cierto, porque pocos cruzan por esta frontera, desandar los 10 kilómetros de ripio que bordean el río Jeinimeni y acampar otra vez en Los Antiguos. Algunos camiones pasan levantando polvareda. Son los pocos que circulan, acaso rumbo al puerto de San Julián, para sacar productos por el Atlántico. A lo lejos un cartel anuncia “Bienvenidos a la República Argentina”. Si no fuera por la tonada, ni se nota.
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