PARA CONSERVAR LA MEMORIA.
Cómo contar lo inenarrable? Luis Puenzo eligió el despojo, la austeridad de las palabras, de las miradas, de los gestos imperceptibles, de las involuntarias inflexiones de la voz… Y el horror volvió a presentarse sin atenuantes.
Hoy a las 20, en el espacio habitual de la AMIA, por Canal 7, se estrena el documental Algunos que vivieron, una realización de Luis Puenzo (La historia oficial, La peste, Gringo viejo) para la Survivors of the Shoah Visual History Foundation, la institución que fundó Steven Spielberg en 1994, no bien terminó de filmar La lista de Schindler. Se recogen allí —como en este documental— los relatos directos de sobrevivientes y testigos del Holocausto judío, con el fin de lograr un archivo multimedia que sirva como recurso educativo para las generaciones presentes y futuras. La Survivors… ha producido Broken Silence, una serie de cinco documentales que recogen testimonios en distintos países. El que se verá esta noche consta de 55 minutos sin cortes publicitarios, y contó con la producción de James Moll, documentalista ganador del Oscar por The Last Days (Los últimos días).
“Recuerdo que era el primer día de clases. Mi mamá encendió la radio y al rato gritó: “¡Es la guerra! Alemania invadió Polonia.” Y en vez de empezar las clases empezaron a volar sobre nosotros los aviones”, cuenta, por caso, Mira. Así, los relatos se alternan para hacer, casi, un repaso cronológico desde el creciente antisemitismo alemán durante la pre-guerra, hasta la etapa posterior a ella pasando, claro, por los campos de exterminio. Para todo esto, Puenzo opta por la dimensión humana: una cámara fija sobre un rostro y una voz que cuenta la historia, su propia historia. De modo que lo que allí se cuenta no es “qué les pasó a los judíos” sino “qué le pasó a cada judío, a cada niño, a cada madre, a cada persona, a cada uno de nosotros. En el medio, apenas algunas imágenes de archivo de la época, fotos, y la música”.
“Y un día vinieron a la madrugada, rodearon nuestra ciudad, fueron con listas, casa por casa, y entonces nos sacaron, cada uno con su papelito en la mano”. Eugenia recuerda aún la muñeca que debió abandonar, su cuarto, su cama. “Teníamos miedo a la deportación —dice otro—. No podíamos pensar que la gente que iba con sus paquetes hacia los trenes iba hacia la muerte”. Y otro: “Un hombre llegó al gueto y empezó a contar lo que pasaba en Treblinka. Empezó a mencionar las cámaras de gas, los crematorios. Entonces lo tomamos por loco”. Pasan por los testimonios la resistencia en el gueto de Varsovia, y la lucha por la supervivencia en los campos de exterminio. “Después de ver los testimonios decidí no agregar ni un fotograma —aclaró Puenzo sobre su documental—. Decidí reducir mi participación al montaje. Y que los testimonios tuvieran la fuerza que tienen”.
“No estábamos para pensar. Estábamos para sobrevivir. La única cosa que teníamos en la cabeza era: ¿dónde podemos conseguir una papa?”. Pasan también el final de la guerra, la llegada de los aliados, la partida a lugares tan lejanos como la Argentina. Una Argentina donde la historia no termina. Porque Puenzo, que no en vano eligió para culminar su versión de La peste aquellas palabras de advertencia de Albert Camus (“…puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”) guarda algunas imágenes para los horrores de la última dictadura argentina. En palabras del más joven de los sobrevivientes: “Esto es algo a lo cual estamos todos sujetos, vivamos donde vivamos y seamos quienes seamos”.
Esta noche, entonces, la oportunidad de renovar y renovarse una promesa: nunca más.
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