PARA EL GOBIERNO, EL MERCOSUR SÍ LOGRÓ EMERGER FORTALECIDO DE ESTA CUMBRE
Al ALCA se va a través del Mercosur.” La frase no es de Néstor Kirchner, ni de Lula. Tampoco del canciller Rafael Bielsa o el brasileño Celso Amorim. La dijo el ex presidente (neoconservador) brasileño Fernando Enrique Cardoso, tras una reunión bilateral con Fernando de la Rúa, en la III Cumbre de las Américas, en abril de 2001, en Quebec.
Cuatro años después ser consistentes con ese juicio causó un terremoto político en la cumbre que acaba de finalizar en Mar del Plata, como si nadie hubiera podido prever que la discusión seguía estancada en las mismas peleas por los subsidios y las asimetrías que hace años ya frenan ese acuerdo de libre comercio.
Ayer, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, negó que el encuentro haya sido un “fracaso” para la Argentina y, en cambio, se mostró satisfecho porque “el Mercosur salió muy consolidado”. Más aun, resaltó que el Mercosur “no es un espacio más para la integración de Sudamérica y América, porque representa el 75 por ciento del PBI de Sudamérica, y esta unidad para nosotros es un dato importantísimo”.
Hasta ahí podría ser la previsible reacción de un jefe de Gabinete. En reserva, sin embargo, altas fuentes de la Cancillería coincidieron con él. Y esto no siempre es habitual. Luego aportaron, aun exhaustos —tras la maratón que significó el evento—, mencionar los argumentos que los dejaban satisfechos.
Un elemento esencial fueron las posturas planteadas por Lula y Amorim en los plenarios. Con el horizonte de una visita de Bush a Brasilia “no se salieron de lo acordado”, dijeron.
Al mismo tiempo, alguno no ocultaba la cuota de incertidumbre que provoca imaginar qué efectos podría tener haber exasperado a George Bush… si es que eso ocurrió, como dice una fuente norteamericana.
Ese es otro andarivel de la relación bilateral. Ayer repetían eso de que a Bush le molestó que Kirchner lo señalara como “hegemónico”, pero le gustó “que le dijera que no iba a ser alcahuete”. ¿Le gustó? Lo cierto es que quizás ése sea el registro de sus intercambios. “Crudo”, como dijo Kirchner, y seguro que sin azúcar.
Pero, al fin de cuentas, el documento final no sepulta un proceso de integración hemisférico sino que establece precondiciones atendibles. Venezuela firmó el documento sin objeciones, como podría haber ocurrido, y Bush aplaudió de buena gana a Kirchner en el duro párrafo de su discurso donde exigió al FMI reformas y reducir sus costos de funcionamiento.
Pero es claro que cada palabra de Bush comenzó a leerse como una consecuencia directa de la postura de Kirchner en Mar del Plata. Un elogio a Brasil es una crítica velada a la Argentina y cada cuestionamiento “a los líderes de la región” se entenderá dirigida a Chávez y ahora a Kirchner también. Los gestos de seducción de Washington hacia Brasilia se intensificarán pero no son nuevos.
Y todo porque a futuro lo ocurrido en esta Cumbre se convertirá, seguramente, en una pieza de consulta y memoria del momento crítico del hemisferio, uno que refleja con el realismo chocante que suelen tener algunas pinturas de vanguardia, realidades contrapuestas que no logran coexistir.
Si esto se transforma en la fractura del Mercosur —como temen unos o desean otros— en realidad, esto ocurrirá sólo si el bloque ya no sirve como tal a sus miembros.
Si, como sugirió el embajador de EE.UU., Lino Gutiérrez, a Clarín hace unos días, su país logra tentar con la manzana de un Tratado de Libre Comercio (TLC) a cada uno por separado y la partida de uno determina la suerte de los restantes, quizás eso sea lo que deba ocurrir. No habría respirador —ni documento de consenso— que mantuviera vivo al Mercosur.
Pero entonces cabría preguntarse si una cumbre tiene que llevar implícito el sentido de acuerdo; o si es exitosa cuando sirve para algo más que producir documentos anodinos. Porque ésa es la clase de hipocresía que ha puesto en crisis a la diplomacia multilateral.
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