“Para las grandes masas no hay horizonte más allá del capitalismo”
— ¿Qué piensa de los que propugnan el fin de la historia?
— El relato sobre el fin de los grandes relatos es también un gran relato. Creo que la filosofía del fin de la historia debe ser puesta en cuestión. Sin embargo el efecto ideológico que tuvo y tiene es muy fuerte y tiene que ver con el éxito del capitalismo neoliberal y del pensamiento único, con la desaparición de cualquier alternativa creíble al capitalismo. No basta con que haya malestar en el capitalismo o que seamos críticos respecto al mismo. Hoy no queda claro cómo sería posible y viable un orden no capitalista que no cayera en el callejón sin salida de lo que fueron los socialismos reales. Porque si bien Bolivia y Venezuela están inmersos en procesos de transformación muy profundos, nadie en su sano juicio diría que no son países capitalistas. En la medida en que el pensamiento alternativo sea más bien teórico-político y no se haga viable en una experiencia concreta, el discurso sobre el fin de la historia va a seguir teniendo una relativa eficacia. Hoy para las grandes masas no hay horizonte más allá del capitalismo, y es aquí donde creo que se encuentra atascado el pensamiento de izquierda.
— ¿Se puede pensar todavía en el establecimiento de una política de izquierda?
— Es cierto que uno podría decir que así como el orden burgués no nació de un siglo para el otro, el socialismo también necesitó de los ensayos fallidos del siglo XX. Creo que el siglo XIX fue el siglo de la promesa, el siglo XX, la realización fallida y el siglo XXI será el siglo de la realización concreta de la promesa, aprendiendo de la experiencia fallida de los socialismos reales. Pero lo cierto es que las generaciones que estamos pensando una alternativa al capitalismo tenemos muy cerca la derrota de estos socialismos y la experiencia de la capacidad de recomposición que tiene el capitalismo.
— ¿Por qué los intentos de implementar políticas de izquierda no funcionan?
— Las grandes masas hicieron una experiencia en los socialismos reales que terminaron rechazando y repudiando, incluso pidiendo restituir no sólo las libertades políticas, sino también la libertad de mercado. En los países latinoamericanos donde hubo ciclos populistas muy largos, también fueron las propias masas las que se cansaron de los modelos populistas estatistas, con grandes sistemas de empresas estatales tremendamente burocratizadas, ineficientes y con servicios públicos que funcionaban mal; y avalaron, como por ejemplo Argentina con el menemismo, las reconversiones capitalistas salvajes bajo el signo del neoliberalismo. Después, en los 90’s, estas mismas masas fueron castigadas por las políticas.
— ¿Pero no cree que el ciclo del neoliberalismo se está agotando?
— Sí, aunque no está derrotado. Hemos salido del auge de los 90’s, pero la alternativa para las masas no va a ser volver a las viejas empresas estatales burocráticas. Me parece que hay una necesidad de inventar formas de gestión colectiva. Desde la izquierda tenemos que pensar empresas del Estado que recuperen su visión y su sentido público, que se democraticen internamente, donde el servicio que se le brinde a la ciudadanía sea un servicio de alto nivel. El gran desafío es pensar una instancia superadora; no una vuelta a las formas estatistas que conocemos porque eso tampoco funciona. Hace falta una transformación del sentido de la gestión pública en función de una mayor transparencia, un mayor control ciudadano, con un presupuesto participativo, por ejemplo.
— ¿Existen propuestas concretas en este sentido?
— Hay un proyecto de la izquierda europea que es el de los “ingresos ciudadanos universales”. Es un sistema que intenta romper con el sistema clientelístico del Estado y, en lugar de dar asignaciones a desocupados o por ejemplo lo que son acá los planes “jefes y jefas de hogar”, la idea es extender una asignación universal a todos los ciudadanos. Por ejemplo, poniendo un impuesto muy pequeño al flujo financiero, uno podría generar un fondo económico que permitiera universalizar una asignación. Si la lógica del capitalismo consiste en expulsar estructuralmente a las personas del mercado de trabajo, la propuesta consiste en, por un lado, reducir la jornada de trabajo para que puedan trabajar todos los que tengan ganas y, por otro, extender una asignación universal, que vaya de los jóvenes a los viejos, y que ese básico le permita a una persona vivir dignamente. Esta situación haría disminuir la presión que tiene un trabajador para aceptar un trabajo en negro o mal pago, ya que tanto él, como su mujer y su hijo a partir de los 18 años contarían con una asignación básica, por lo que estaría en condiciones de elegir. Esto llevaría a aumentar los salarios y reducir las jornadas de trabajo. Hubo un debate entre intelectuales acerca de si esto generaría un mundo de vagos. Pero ahí está en lo que cada uno entiende por qué es la sociedad y qué es el hombre. Si uno parte de la premisa de que una persona tiene sus necesidades básicas satisfechas, difícilmente salga a robar o matar. Probablemente busque ocupar su tiempo en una actividad creativa o comunitaria. Pero también habrá algunos que no se conformen con la asignación y digan “quiero un auto”, “quiero viajar”, bueno, entonces esos tienen la posibilidad de trabajar y ganar un plus.
— ¿No suena algo utópico?
— Sí, pero también debe haber sonado muy utópico el aguinaldo o las vacaciones pagas a principios del siglo XX. Hay toda una serie de estudios que demuestra que sería viable. Igualmente, hoy estamos lejos de esto, todavía estamos muy cerca de la derrota capitalista, recién estamos remontándola y pensando otras vías de salida.
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