PARA NO OLVIDAR A SANDRA
Macarena escribió el nombre de su madre sobre un vidrio empañado. Cuando Claudia Lucero, actual dirigente de Ammar (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) evoca ese gesto de la hija de Sandra Cabrera, su voz es aún más baja que de costumbre. Claudia cuenta que fue a visitar a la nena a San Juan –de donde era oriunda su madre–, el invierno pasado. Macarena vive allí junto a su abuela y sus dos hermanos. “Ella está bien y pasó de grado. Pero viste que era medio eléctrica y después de esto, está más eléctrica todavía”, agrega Lucero con una sonrisa algo desconsolada. Sandra pidió protección policial para ella y su hija cuando, en octubre de 2003, recibió una amenaza telefónica en ATE Rosario, donde funciona la sede local de Ammar. En ese momento, ella era la secretaria general de la asociación y eran públicas sus denuncias sobre la relación entre los manejos policiales y la situación prostibularia en la ciudad. La protección se levantó tres meses más tarde.
Sandra apareció muerta con un balazo en la nuca el 27 de enero de 2004.
El crimen sigue impune y por esa razón se convocará a una nueva movilización cuando se cumpla un año del asesinato. En octubre del año pasado, la Cámara Penal revocó el procesamiento del oficial de la Policía Federal Diego Parvluczyk como autor del hecho. Aunque está libre, el hombre continúa como único imputado en la causa. Si bien se logró la remoción de la división policial de Moralidad Pública –acusada de pedir coimas a las trabajadoras a cambio de no molestarlas–, aún también queda pendiente la reforma del Código de Faltas. En especial, los artículos vinculados a la penalización de la “prostitución escandalosa”. Sucede que la venta de sexo no es un falta, excepto que se realice de esa manera, y así se traza una frontera difusa que deja al criterio arbitrario de la policía establecer cuándo las chicas hacen escándalo y cuándo no.
“Para nosotras, conseguir justicia por el crimen de Sandra es el reclamo fundamental que nos hace seguir en pie. Seguimos pensando que no hay un único responsable, que la policía anda detrás de esto y que alguien de más arriba los protege. Y no nos vamos a dar por vencidas hasta que se conozcan las tramas de complicidades”, afirma Lucero.
Tras el asesinato, Lucero reconoce que fue muy difícil continuar. De hecho, Elena Reynaga, secretaria general de Ammar a nivel nacional, fue clara en ese punto: o se disolvían o luchaban con más fuerza. “Empezamos a trabajar a los ponchazos”, reconoce Lucero. “Pero parece que la gorda (por Sandra) nos dio fuerza y aquí estamos, pidiendo justicia, armando proyectos, participando de actividades en todo el país. Hasta tenemos una computadora nueva”, agrega.
Ammar tiene filiales en distintas provincias –como La Pampa, Salta, Jujuy, Río Negro, La Plata y Entre Ríos– y nuclea alrededor de 2.500 afiliadas. La sede local reúne a 101 chicas.
“Lo fundamental es que las chicas que trabajan en la calle conozcan sus derechos y puedan sindicalizarse pero, claro, la policía trata de impedir eso. Y después de lo que pasó con Sandra, las chicas tienen miedo”, explica la dirigente. No obstante, Ammar impulsa proyectos ligados a la dignidad de las trabajadoras sexuales. En febrero lanzarán a la calle “Ammar te cuida”, junto a la Fundación Promusida, un programa que incluye el reparto de preservativos en las zonas de trabajo. Y también lograron que se implemente al nivel nacional un proyecto que ellas armaron sobre Género y Violencia “dirigido a mujeres que trabajan en la calle, para que sepan cómo defenderse”.
“Sin embargo, la violencia que más sufrimos siempre fue de la policía”, continúa Lucero. “Si bien se disolvió Moralidad Pública, los aprietes y los pedidos de coimas siguen”, agrega.
“Ellos pensaron que si mataban a Sandra se les terminaban los problemas. No contaron con que iba a haber otras mujeres que iba a seguir, un grupo que se les iba a plantar”, reflexiona Lucero. Y otra vez la policía es el enemigo de todas y cada una porque, según la dirigente, “se encargan de maltratar a las chicas y denigrarlas como lo peor”.
“Eso es lo que aprendí de Sandra, a sentirme persona. Cuando salía a trabajar la policía me metía adentro cada dos por tres. Sandra me enseñó que yo no le hago daño a nadie, que esto que hago es un trabajo porque la sociedad no me dio otra oportunidad, y con el dinero que gané pude mantener a mis hijas y darles una vida digna”, murmura con firmeza.
Lucero tiene dos hijas, de 22 y 17 años. La mayor ya formó su familia y transformó a Claudia en joven abuela; la menor está en el polimodal y sueña con ser arqueóloga. La lucha que llevan adelante las mujeres de Ammar está fundada en el derecho a la justicia y la dignidad propia. También, en la necesidad de fundar un estado que no deje en orfandad a sus hijos, que no los obligue a escribir los nombres de quienes ya no están sobre ventanas heladas.
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