PARQUE INDUSTRIAL PARA PYMES: UN NUEVO MODELO DE NEGOCIOS
Parado frente a una impresora Heidelberg Speedmaster, una joyita de última generación, Oscar Ramos cuenta que el enorme galpón industrial donde ahora se hacen bolsas de papel de gran calidad, estaba destruido. “Era Bosnia”, recuerda el gerente de Romi Pack. Es que aquí tuvieron lugar batallas campales, aunque no de las que se libran con armas de fuego. Fueron, las que se dieron por la supervivencia de esta legendaria fábrica metalúrgica, que abrió sus puertas en 1902 y cerró, en medio de una quiebra estrepitosa, 90 años más tarde: La Cantábrica. Enclavada en el corazón de Morón, esta empresa, que Evita recorrió a pie, supo dar de comer a 8 mil obreros.
Lo que se sucede ahora entre estos edificios de ladrillo, ocupados ya no con una sino con 37 fábricas, es la historia de un modelo de desarrollo hacia el futuro.
La Cantábrica es un parque industrial de pymes que nació de la cooperación entre el Estado y el sector privado. Pero, el Gobierno bonaerense, no subsidió ni dio asistencia: hizo de facilitador del emprendimiento.
Un día, un grupo de empresarios locales, entre ellos, el ya fallecido Néstor Errandonea, estaban esperando una cita con el intendente de aquel momento, Juan Carlos Rousselot, para pedirle que les bajara un impuesto. En eso, miraron por la ventana las ruinas de La Cantábrica. Y en una mesa de bar se pusieron a soñar un parque industrial. Pero, quien terminó vendiendo la idea al entonces gobernador, Eduardo Duhalde, fue Lorenzo Miguel, el histórico líder de las 62 Organizaciones. Todo sucedió en 15 minutos, un día de 1995.
Para crear el parque industrial hubo primero que hacer nuevas leyes y luego crear un ente público-privado, que se llamó Epibam. Después, la Provincia compró los terrenos de La Cantábrica por US$ 6,2 millones, que ahora, las nuevas empresas que ocupan el predio devuelven a cambio de los nuevos títulos de propiedad.
Edgardo Gambaro, presidente de la Unión Industrial del Oeste, dice que hay que tener mística para estar aquí. “Este es un proyecto asociativo, que no cierra para gente que no esté comprometido filosóficamente con este proceso. Un tipo individualista, no nos sirve”. Es que, en este parque, cada fábrica es como un vecino. Entre todos lo mantienen. Estar juntos les da la posibilidad de acceder a servicios que para una pyme sola serían muy caros, como una balanza para camiones, una escuela de capacitación, un auditorio para 250 personas, un restaurante para ejecutivos y un comedor para los obreros. A la entrada, donde aún se conservan los bustos de Perón y Evita, hoy hay una oficina de seguridad y otra del Banco Provincia. Las calles interiores están pavimentadas para soportar el tránsito pesado de los camiones. Cada industria, le dio su propio toque de gusto a su edificio, aunque preservando la estructura original. Esto funciona como una especie de barrio cerrado industrial, que emplea a 2.000 personas. Como la seguridad es fuerte, se trabaja con las puertas abiertas.
El parque abrió en 1999, cuando la recesión golpeaba con fuerza. Entonces, como criterio de selección se optó por aquellas industrias que tuvieran necesidad de instalarse en un nuevo espacio para expandirse, no para sobrevivir. Se quería crear “un polo de desarrollo para la región, no un gueto”, dice Gambaro, explicando que las pymes no eran necesariamente de la zona. Los nuevos ocupantes entraron casi todas al mismo tiempo, como forma de darles una identidad conjunta, única. “El 98 % de los que se instalaron aquí no sólo sobrevivió a la crisis, sino que terminó expandiéndose mucho más rápido que los que estaban afuera”, cuenta Alejandro Zamalloa, del Epibam. A muchos, ya sus galpones le quedaron chicos. Un ejemplo, es la empresa Good Food, que se dedica a fraccionar alimentos para catering: pasaron de 400 metros cuadrados en Castelar, a 3.500 en La Cantábrica. “A Ud. le tocan los baños”, recuerda Analía Bustamente que le dijeron a su padre, el dueño de la compañía. “Yo seré una pyme, pero no es para que me manden a los baños”, pensó el señor, sin saber que se trataba, en realidad, de enormes vestuarios, donde las paredes divisorias de las duchas eran de mármol.
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