Parques Nacionales
Están vestidos con su ropa de trabajo, campera marrón, pantalón al tono. El atuendo se mimetiza con la piedra y la madera del edificio de la Intendencia de Parques Nacionales y apenas una bandera, pintada a mano probablemente con aerosol, contrasta con el entorno. Dice que los guardaparques, los del traje como el paisaje, están en huelga. Y tienen sus motivos.
Cada uno de ellos tiene la responsabilidad de cuidar unas 30 mil hectáreas. En un país que se jacta de proteger el medio ambiente, parece poco. Sobre todo, si a cada uno de los trabajadores que tienen semejante responsabilidad se le remunera con unos mil pesos como promedios, o si se los precariza laboralmente bajo la figura de un “voluntariado” que no supera los 400 pesos de viáticos mensuales.
Y detrás del conflicto salarial se impone otra discusión. Los guardaparques velan –sostenidos por el estado- por lugares que el mismo estado se encargó de comercializar. Es común que dentro de las áreas protegidas con la jerarquía de Parques Nacionales se encuentren verdaderos barrios privados, estilo country, cedidos bajo el amparo de una ley escrita durante la dictadura y que suena bastante ambigua.
Cuando “Parques Nacionales”, como organismo, cumplió su centenario, el presidente Kirchner les agradeció a los guardaparques por haber defendido esos sectores contra la ola privatista y salvaje de María Julia Alzogaray. Ellos recuerdan con orgullo cuando instalaron en Buenos Aires un caballito de madera con un tapado de piel arriba, similar al que patentó la polifuncionaria de Menem.
Saben bien que la repercusión de esa protesta generó males mayores. Pero no entienden cómo el gobierno que los alabó, hoy no dirima la cuestión salarial o no tome los recaudos necesarios para que dejen de venderse los recursos naturales. Hace poco, en Bariloche, un grupo de vecinos acudió a la justicia porque se encontró con que una playa pública fue alambrada. Pero la iniciativa siempre viene de abajo hacia arriba, nunca al revés.
Aquí, en el sur, muchos temen que pueda suceder lo que pasó en Iguazú, donde el Parque donde están las Cataratas está administrado por una Unión Transitoria de Empresas con capitales extranjeros, que deja bastante que desear en cuanto a la preservación del medio ambiente. Por ahora es una huelga más; el tiempo dirá si ignorarla no contribuye a colaborar con la enajenación de lo poco que nos han dejado.
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