Parte de la religión
Para llegar a Ugarteche hay que tomar la renombrada ruta 40, camino al sur, como quien decide ir de la capital mendocina hacia San Rafael, el segundo conglomerado urbano más importante de la provincia. Unos 35 kilómetros después se podrán encontrar con lo que antes fue un caserío y hoy constituye una comunidad organizada, compuesta en su mayoría por inmigrantes bolivianos.
Es un buen día para estar aquí hoy. El 6 de agosto los bolivianos rememoran a Sucre, el lugarteniente de Bolívar que los declaró libres de España, cuando todavía no sabían que el saqueo recién estaba por comenzar. En Ugarteche, la comunidad boliviana elige el día de la Independencia para estar más cerca de una Bolivia a la que pocos pueden volver una vez que se afincaron en la Argentina.
Y la celebración se hace trayendo desde el altiplano una réplica de la Virgen de Copacaban de la que los bolivianos son devotos. Pero también –como en las verdaderas fiestas populares de antaño- tirando la casa por la ventana. Dos días seguidos celebrarán a la virgen los que el resto del año son jornaleros en las fincas de la zona, donde el precio de la paga nunca lo fijan ellos.
Los dueños de las fincas dicen que los bolivianos son verdaderamente buenos para el trabajo rural. A juzgar por lo que aquí se ve también son buenos para festejar. La virgen ha viajado 9 días y esta mañana se ha celebrado la misa. Pero en verdad, la organización del acontecimiento se inició el mismo día del año pasado en que terminó la última fiesta de Copacabana.
La tradición que va por el vigésimo año consiste en que un padrino (pasante le llaman) se encargue de recibir y pasear la virgen como así también de los detalles mayores de la organización, para la que todos colaborarán. El padrino lo hace junto a su familia: administra las donaciones con las que luego se servirá gratuitamente la comida y, el último día, determina quién será su sucesor, hasta el próximo año, cuando el padrinazgo volverá a cambiar de manos.
Además, el padrino muchas veces tiene que poner plata de su bolsillo. Porque los concurrentes donan dinero para la fiesta siguiente y la cifra tiene que ser exacta. Si el número no es redondo, el padrino cargará con la diferencia Ahora la virgencita está en un altar mientras los comensales se acercan al salón donde luego se almorzará y, sobre todo, se tomará en forma.
Un conjunto musical entona en su honor algunas canciones religiosas y, de vez en cuando, los que observan el espectáculo riegan el piso con cerveza en ofrenda a la pachamama. Es que la celebración tiene una mezcla de tradición religiosa aborigen con la clásica católica que le da un perfil genuino y auténtico. Se ve y se siente que este sincretismo es un acontecimiento popular.
De hecho, como no todo el pueblo puede concurrir al salón donde ha de haber ahora unas 500 personas, se realizan dos jornadas para que nadie se lo pierda. Aún a pesar de –dicen algunos asistentes- la implicancia que ha cobrado en la sociedad la iglesia evangélica, que ha cooptado feligreses y justamente hoy organizó cerca de allí un partido de fútbol, nomás para competir con su hermana, la católica.
Ahora en el salón ya humea la comida que los mismos fieles servirán a sus pares. Carne a la olla, empanadas, ensaladas, tradición boliviana con mucho picante. Más música. Los efectos de los primeros vinos y una sobremesa que no se alarga demasiado porque pronto habrá que bailar, que a eso también se viene a las celebraciones. El padrino recibe cientos de aplausos. También los colaboradores que erigieron el arco de ingreso –arqueros- para que pasara la virgen.
De un periquete las mesas se apartan y comienza la función. Mientras en el escenario se realizan números con artistas que casi siempre lucen atuendos típicos del altiplano, abajo se recolectan donaciones. Llega el turno de nuestro bautismo: un souvenir para el corazón que semeja un billete de cinco pesos con un gorrito tejido en lana que uno imagina de llama. Luego abundante papel picado en la cabeza.
La virgen de Copacabana mira desde un costado, como algo agotada. No es para menos, caminó 9 días hasta su destino. Pero estos hombres y estas mujeres que lucen felices, ataviados por prendas ancestrales, casi todos con una escarapela verde, roja y amarilla en el pecho, no se dan tiempo para aflojar ni para aburrirse. Ha comenzado el baile que finalizará recién mañana. Uno que no está habituado a este trajín se retira a tiempo.
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