Peligro explosivo
La provincia de Mendoza tiene la particularidad de concentrar la mayor parte de su población (más de un millón de habitantes) en la capital y sus alrededores. Y buena parte del resto se ubica en San Rafael -280 kilómetros al sur- o en sus suburbios. De modo que los sanrafaelinos están cerca de ser doscientos mil y que, de la mano de una producción vitivinícola importante, son autosuficientes como para no depender del “centro”.
Algunos de los vinos más ricos del país se producen en San Rafael y se desparraman por el mundo. Además, ser la puerta de acceso al Cañón del Río Atuel, una de las bellezas paisajísticas más imponentes de la Argentina, supone también ser base de un desarrollo turístico que todo el tiempo está en franco crecimiento. Pero no todas son uvas para exprimir en la ciudad de calles anchas y diseño francés.
Dice un semanario de San Rafael que 16 de cada 100 chicos que nacen aquí tienen malformaciones o algún otro inconveniente físico, que puede ir desde la ceguera hasta el síndrome de Down. Dice que son datos oficiales obtenidos por el municipio y que la alarmante cifra supera en más del doble a las que se pueden encontrar en cualquier otro lugar del país.
Según los ecologistas, la cifra está íntimamente ligada a la mina de uranio que funciona a 35 kilómetros de la ciudad, en un paraje cercano a la comunidad de 25 de Mayo, que fuera el primer emplazamiento de la actual San Rafael. A diferencia de otras de nuestro país que están en manos privadas, la mina de uranio de la Sierra Pintada está administrada por la Comisión Nacional de Energía Atómica.
Pues vayamos a la mina. Preguntemos. Hay una barrera que impide el acceso al predio. Dice un gendarme que no se puede ingresar sin autorización. También agrega que “hay quienes dicen que la mina contamina pero esto no es así, porque si no estaríamos todos muertos”. De lejos se pueden ver los piletones donde el uranio se lava con ácido sulfúrico.
Cuando llueve en abundancia, los piletones se rebalsan y el ácido sulfúrico con el uranio se confunden con las aguas del río de montaña que unos kilómetros después acaba en las canillas de los hogares de los sanrafaelinos. Cualquier relación con la estadística del semanario, acaso no sea mera coincidencia.
Actualmente, sectores de ecologistas y otros vinculados al empresariado local han conformado una multisectorial con la idea de impedir que la mina vuelva a funcionar en plenitud. Los viñedos de la zona tiene dificultades para exportar porque los europeos (y los yanquis en menor medida) exigen normas de control de calidad que no se condicen con la cercanía de una mina de uranio.
Ahora el estado nacional tiene la pelota. Oficialmente dicen que es menester el desarrollo de la energía nuclear y que el uranio aporta para esto sin peligro. Sin embargo, el desprendimiento de gas radón en niveles mayores a los que el ser humano puede tolerar parece contradecirlo. Un puestero de la zona tiene cáncer y tiene miedo. Consultado por los cronistas pide que guarden la cámara porque podrían comprometerlo. Que le pregunten a los que tienen que dar respuestas. ¿Dónde están?
Este contenido no está abierto a comentarios

