PELLEGRINI: A RENOVAR EL PASAPORTE
Cada título encierra un significado distinto. El que goza River representa la continuidad en paz de una idea arriesgada. Diferente. Lanzada más allá de la conquista de un torneo, pero —vaya paradoja— solidificada por una vuelta olímpica. El impulsor número 1, el presidente, José María Aguilar, sabe que podrá respaldar una temporada más a su principal apuesta futbolística desde que asumió, a Manuel Pellegrini, en búsqueda de la gloria internacional. Sabe que gambeteó la espinosa encrucijada de la sucesión. Sabe que dejará de soportar quejas de sus compañeros de Comisión Directiva apuntando al Ingeniero, por lo menos hasta que los resultados lo demanden.
Que no se abra la puerta
Cuentan voces muy pero muy cercanas a Aguilar que, en este último semestre, cada vez que un dirigente abría la puerta de su búnker situado en el primer piso del Monumental lo hacía para descargar alguna crítica al chileno. Pasaba en febrero, antes del adiós a la Copa Libertadores, el máximo objetivo que se plantearon la dirigencia y Pellegrini. Ocurría inmediatamente después del papelón con el América en Cali y en la previa del clásico con Boca, cuando seis dirigentes (dos de ellos, de los más pesados, de los que responden siempre al presidente) aseguraban por lo bajo que el DT iba a renunciar si no ganaba en la Bombonera, un off the récord que al trascender generó mucha bronca en quienes conducen el club y también en el entrenador. Sucedía después del empate con Boca y antes del triunfo contra Lanús que encaminó a River hacia el éxito final.
Los mismos que lo habían apoyado sin límite en la campaña hacia la Presidencia eran los que a Aguilar le cuestionaban la continuidad de Pellegrini. No había dudas en la mayoría que debía cumplir su contrato. El reclamo de cambio era a futuro.
¿Dónde hay un sucesor?
Claro que en la cabeza del presidente, en especial en el tramo Boca-Lanús, se agregaban otros matices. Una decisión estaba tomada: seguiría en la suya, con Pellegrini, si River era campeón. El problema era si no desembocaba en el epílogo del domingo: ¿quién sería el nuevo DT?
No encontraba respuesta Aguilar. ¿Mostaza Merlo? No conformaba por su personalidad (demasiado de barrio) ni por cómo hizo jugar al River que dirigió en el 89 y al Racing campeón luego de 35 años de sequía. ¿Daniel Passarella? Le gustaba, pero era imposible por sus coqueteos con Boca que golpearon el corazón del hincha de River y por los millones que ofrece el fútbol mexicano. ¿La dupla Hernán Díaz-Astrada? Tampoco cerraba por falta de experiencia. ¿Quién entonces?
No había un quien para Aguilar, alguien que cumpliera con aquella frase que estampó cuando anunció que a Ramón Díaz no se le renovaría el contrato aunque venía de ser campeón una vez más: “El de Ramón Díaz es un ciclo que ha terminado exitosamente. Pero queremos otro perfil, otra alternativa, otro camino. Pensamos que este era el momento para un cambio de rumbo. Como nunca antes había pasado en el fútbol, el técnico es la cara de la institución frente a la sociedad”.
Como no hallaba el sustituto justo ante otra frustración, Aguilar empezaba a recolectar argumentos para lanzar el operativo convencimiento entre sus pares de Directiva. ¿Convencerlos de qué? De que siga Pellegrini. Sí, más Pellegrini, campeón o no.
Sumando argumentos
No sería fácil seducir al resto de los dirigentes para que permaneciera Pellegrini aunque River no fuese campeón. Sin embargo, era una carta que Aguilar pensaba jugar, aunque a él también le habían molestado algunos hechos, como la insistencia prolongada con el “Doble 5”, como la titularidad exageradamente extendida a Buljubasich y como la salida de Cavenaghi en el primer tiempo ante Boca.
Haciendo una evaluación fría, José María Aguilar sacaba varias conclusiones en el tramo Boca-Lanús:
1) Logró armar un plantel solidario, unido. Cómo será que antes de la caída en Cali, el Secretario Deportivo Hernán Díaz había dicho: “Este grupo tiene mística”.
2) Siempre fue símbolo de equilibrio. No se desesperó cuando caminaba al borde del abismo ni se agrandó cuando el equipo no paraba de ganar.
3) Jamás en este segundo semestre desafió a la dirigencia con ninguna declaración pública. Además, mantiene una buena relación con el periodismo.
5) Como dijo un dirigente, “con Pellegrini se acabó el River menemista que había construido Ramón Díaz”. El Ingeniero no hace ningún tipo de ostentaciones ni siquiera con la vestimenta. Pellegrini no aparece en las prácticas en autos importados ni regala 4×4 a los jugadores.
6) Si River arrancaba la temporada 2003-2004 a los tropezones, sabía que en Pellegrini encontraría un hombre ubicado para abrirse del camino y aliviarle tensiones a quien más lo había sostenido.
Sin embargo, a José María Aguilar todo se le facilitó. Hubo vuelta olímpica y vía libre para este River de otro perfil.
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