Pellizcáme. ¿Un ovni?
Miremos bien. Esquina de Rivadavia y Pedernera. Sí. Así dice el cartel. Un cartel terrenal. Azul y blanco como la bandera de la patria, de esos que se ponen en las esquinas. Además, calle Rivadavia tiene que ser aquí, en Argentina. (Aunque en Londres le podrían poner una, ¿no?) Rivadavia es Bernardino. El dueño del sillón. Y Pedernera es nuestro. Criollo como el dulce de leche.
¿Es una heroína de la guerra sanmartiniana contra el imperio español? No, no parece. ¿Es una docente tipo Rosarito Vera Peñaloza o Rosita Ziperovich? Tampoco. Veamos bien. Aunque, cómo encandilan esas luces. Ya sé. Es Evita, porque en San Luis somos todos peronistas. No, no, error. ¿Es Manuela Sáenz, la amante de Bolívar, que aquí quiere homenajear el Adolfo? Nada de eso.
¡Uy! La veo bien. Volvé a pellizcarme. Es la estatua de la libertad. Igualita a la de Nueva York. Corramos, puede venir Bin Laden. Es ella. Bah, no, no es. Es una hermana más chica. Pero cuánto se le parece. ¿Y qué hace la estatua de la libertad aquí, en San Luis? No. No digo que no pueda estar. Claro que podría, si aquí manda el Alberto. Pero no, digo qué hace aquí, en el centro, a estas horas, con estas luces, con este frío, con los brazos descubiertos.
Vea, señora. Oiga, estatua, ¿qué hace aquí, gringa? Ah, que la pusieron. Bien, bien. ¿Y quién la puso ahí? Ah, que los dueños del casino. ¡Oia! No veo bien, por las luces y por el humo. No diga que esto es un casino. ¿Y puedo pasar yo, así como estoy vestido? Que nadie cobra entrada. Bien gracias. Mirá vos. Así que en el medio de San Luis hay una representación de la estatua de la libertad que en realidad es la entrada a un casino.
Y hay más. Crujen las maquinitas y traen copas todo a cargo de la casa, porque aquí en San Luis, siempre la casa invita. “Nueva York” dice, bien grande, en la puerta. Así se llama el casino, imagina uno, porque la estatua es poco comunicativa. Pero nada es igual que en el norte, Adolfo. Aquí, no hay negros acomodadores y uno tiene que entrar sin que nadie lo guíe.
Al menos hay un auto antiguo en la puerta. Semeja a un taxi y las tarifas se anuncian en dólares. Fortuna que no funciona. Es un adorno. Todo aquí es adorno. Deme 50 pesos en fichas de ruleta, señorita. Gracias. Muy amable. ¿Hace mucho que no sale el 32? Señor, conteste. ¡Uy! ¿Y ese puente? Es el de San Francisco. No, no. Si estamos en San Luis. Igualito. Pero no, tampoco. Porque estamos en San Luis pero el casino se llama Nueva York y San Francisco queda en el Pacífico. O en Córdoba.
Ya sé. Es el Puente de Brooklin. Ese mismo. Y también están las rubias que inmortalizó Carlitos Gardel. Carlitos, el que se peinaba para atrás, con tal de parecerse al Adolfo. Ahora no entiendo bien, perdón, ¿qué dice ahí? Ah, Money, Money. Bien, dinero quiere. Pero si recién compré 50 pesos. Ah, que el 32 no salió. Bueno, bueno. Aquí tiene 50 pesos más. Todo sea por estar en Nueva York.
¿Otra copa? Sí. Gracias. Muy atenta señorita. Cálido sitio Nueva York. Cualquier puntano puede acceder a Nueva York. Y nada de American Airlans ni ningún riesgo. No. Aquí, en Pedernera y Rivadavia. En el centro de una ciudad repleta de barrio de casitas de planes a pagar en largas cuotas. Casitas chatas, ciudad chata. ¿Qué no salió el 32? Ufa. Van aquí los últimos 50. Y se me acabó la plata del plan. Esta Nueva York está cada vez más cara. Pero bueno, no cualquiera la tiene. ¿No?
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