Pelloni: ¿No era que la verdad nos hacía libres?
Escucho con asombro las declaraciones de la hermana Marta Pelloni. Insiste en desconfiar en los resultados de las pericias en el caso de los “Mellizos de Zavalla”. Su palabra no es poca cosa. Es un referente de lucha dentro y fuera de la Iglesia. No sostiene su posición con nada. Sólo dice que “no cree” y no escucha a nadie que le diga lo contrario. Coni Cherep
Marta Pelloni no cumplió con la palabra empeñada. Había prometido que iba a pedir disculpas si se equivocaba. Y no. Prefiere insistir en una hipótesis destrozada por las evidencias y las certificaciones médicas.
Dice que no confía en la Justicia de Santa Fe, pero no consigue aportar ningún dato que vuelva palpable la hipótesis de Liliana Montenegro. Nada. Se limita a decir que no cree. Cae en la equivocación de confundir un parte de prensa del Ministerio Público con el propio informe que se cita. Exige firmas que obviamente un comunicado no tiene.
Repite como una autómata que cree en la palabra de Montenegro, mientras ésta desiste de continuar con la farsa y, mostrando una llamativa indolencia para una supuesta madre a la que le robaron dos hijos, dice “que hagan lo que quieran, yo no quiero nada más. Dentro de 20 años se van a dar cuenta” y se refugia en la defensa de un abogado caracterizado por representar a narcos. Ella ya va por su propia protección. Su falso testimonio, sumado a la causa que la involucra por distribuir estupefacientes en Rosario, puede destinarla a la cárcel.
Pero Pelloni ni siquiera escucha eso. Ni lee la historia clínica. Ni se da por enterada de que Montenegro tiene antecedentes de mitomanía graves. Ni acepta que los propios peritos cordobeses, los únicos que habían sostenido una leve hipótesis de embarazo, ahora entierren esa posibilidad descartando cualquier posibilidad de gestación y mucho menos de parto.
La hermana habla de un “sistema mafioso” instalado en la provincia. Pero no explica quiénes, por qué, dónde. No da nombres, no precisa, no aporta, no mira. Se limita a ensuciar. Parece una máquina que repite frases frías sin medir el daño que causa.
A ciegas, y con cierto tono mesiánico, avanza sobre la idea de que las cosas son sí o sí como ella las piensa o las imagina. No puede desmentir nada, pero igual lo desmiente.
Su comportamiento, y duele decirlo, es propio de una mente insana o de un alma resentida.
Juega con la “desaparición de dos bebes”, que es una de las cosas mas graves que uno pueda imaginar. Y avanza sobre la idea, sin reparar en todas y cada una de las contradicciones de la protagonista.
Pelloni es cómplice de una operación montada. Primero por una puntera política que efectivamente había prometido entregar a sus bebes, pero después no pudo concebirlos y eligió el camino de la mentira.
Pelloni parece una sombra de aquella mujer dura y tierna que movilizó en silencio a Catamarca durante la investigación de la muerte de María Soledad Morales. Parece haberse quedado encerrada en esa historia y traza una demencial ligazón entre aquella Catamarca medieval y esta Santa Fe, donde rige plenamente el Estado de Derecho.
María Soledad Morales fue asesinada, y aquella épica tarea de Pelloni la convirtió en heroína. Supo cambiar con la verdad, una realidad monstruosa.
Hoy la vemos llevando la bandera de una mentira atroz, abrazada a una operación política grosera.
No lo digo yo. Lo dicen TODAS las pericias. Lo deja entrever la propia fantasiosa mujer que inventó la historia, cuando se rinde ante las evidencias y se niega a ser revisada nuevamente. Lo dice la justicia.
Que pena, Pelloni. ¿La verdad no era lo que nos hacia libres? Eso lo aprendimos en Santa Fe, cuando lo echamos al abusador de menores, Edgardo Storni.
La monja, en su extraño laberinto, lo olvidó.
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