Perdido en las cerrazones
Tanto ha venido creciendo Tucumán que pronto se va a salir de su caparazón de provincia más pequeña. San Miguel es hoy la ciudad que alumbra al norte argentino y, aunque Salta se ha aparecido con una política turística fuerte para disputarle la primacía, este es un polo comercial, industrial y agropecuario por el que más de un millón de personas desfilan a diario para ratificar por qué alguna vez fue sede de gobernación del Virreinato del Perú.
Y a 24 kilómetros de San Miguel, hay un sitio donde se ve mejor que en ninguna otra parte cómo es el paisaje del noroeste argentino, este costado de país que desvive a los europeos que lo visitan todo el año y cobija tantas historias de guitarreros montaraces y matronas cocineras de humitas y tamales. Es el Cerro San Javier el paraje donde un Cristo echo estatua brilla blanco en lo alto y la vista humana se da todos los gustos.
La zona del Cerro San Javier está conformada por 14.100 hectáreas en las que apenas se han censado 533 habitantes, de modo que es posible allí pensar las mejores cosas y mirar con atención distinguida. En el recorrido por el circuito chico, manda el verde: musgo en recovecos de un camino montañés de ensueño para conductores audaces; pradera en los sitios donde se filtra el sol después de hacer mucho esfuerzo entre la vegetación; agua en los vergeles donde vale suponer que si existe el paraíso no ha de andar geográficamente tan lejos de allí.
La subida hacia el cerro tiene una particularidad. A diferencia de otros caminos de montaña, no da respiros. Es común que los ingenieros que meten máquinas para asfaltar en medio de la naturaleza, tracen un recorrido con algunos descansos para que los motores y los cardíacos paren de sufrir. Pero aquí no. Aquí hay una subida serpenteante y angosta de 12 kilómetros que se disfruta más al valorarla una vez concluida que durante el recorrido.
El camino del cerro, lo que los operadores turísticos llaman el Circuito Chico, sigue por Villa Nogués, donde se ha ido a vivir la clase acomodada de los tucumanos, El Siambón y Raco, otro vergel que data del siglo XVII. Algo más lejos, en Burruyacú, se puede visitar un sitio conocido como Ramada de Abajo, donde José de San Martín se tomó una temporada de descanso en 1814, quizás pensando que luego, hasta liberar la patria ya no tendría vacaciones.
Y, francamente, viendo el lugar, a uno no le caben dudas que el Libertador no era ningún tonto, porque pasar un verano allí revitaliza el alma y el espíritu. A propósito de ello, este viajero pide disculpas y, emulando al General San Martín, deja su nota para echarse un rato en esta hierva, ante estos árboles, con esta vista, como si se tratara de algo merecido.
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