Pero qué bello es matar…
Qué belleza es ver morir a un joven de 17 años. Lo estoy viendo por YouTube. Un grupo de 20 uniformados le disparan desde una esquina. El joven cae, y los uniformados se limitan a requisarlo en el suelo. El joven está tieso. Los uniformados se dan vuelta. El cuerpo yace a sus espaldas, pero ellos prefieren seguir. Así debe ser: que mueran los distintos. La muerte es la espada divina que se clava en el corazón del ateo.
Qué bella imagen la de la chica trasladada en una moto al hospital con el cráneo ensangrentado. Aún más bello es el cuadro cuando nos enteramos de que la fina puntería del heroico para-policial que le disparó le ocasionó la muerte.
Qué estética asombrosa y cuidada tiene la muerte revolucionaria.
¿Qué importan seis o siete muertes, si finalmente el objetivo es cumplir con la sagrada escritura del líder que nos promete el final feliz, la patria liberada, el fin de las desigualdades?
¿A quién se le ocurre cuestionar el abuso, seguramente provocado por la pasión patriótica del oficial, o del no oficial armado, SÓLO por volarle los sesos a un transeúnte que tiene el tupé de protestar, encima desarmado, contra el modelo que lucha contra el imperio que mata?
Muerte, quiero muerte. Quiero colgados, quiero aplastados, quiero mutilados. La muerte es la herramienta del escarmiento. ¡Que a nadie se le ocurra cuestionarlo, por favor!
La biblia santa de los líderes del mundo perfecto que vendrá nos indica el camino: vamos a la muerte, hermanos, vamos. Matemos. Es la forma de que entiendan que las cosas o son así, o serán así. No caben otras voces.
Lo dice el señor que revuela como un pajarito diciéndonos en los oídos que si no matamos, vendrán a matar los que matan. Matemos porque sino van a venir los que matan.
Con la misma ceguera de los fanáticos religiosos, matamos. No necesitamos ver, ellos ven por nosotros. Sus ojos son los nuestros. Y si sus ojos apuntan y disparan… ¡Bien! Habrá caído un nuevo enemigo del maravilloso mundo de paz que vendrá cuando acabemos de matar.
Matemos. Con la certeza de cumplir un sacramento.
Con el odio por el otro, por el distinto. Matemos. Asesinemos. Hagamos guiso de cuerpos, tiremos al bulto, masacremos. Es la orden divina contra el horror del que osa pensar diferente.
Odiar y matar. Que lo otro vendrá en el futuro, cuando no queden diferentes. Cuando seamos todos iguales. Cuando el individuo no tenga ningún valor. Cuando nadie se atreva a pensar que las cosas pueden ser distintas.
Matemos, que la muerte es bella. Lo dice el señor de camisa roja, aunque no lo diga. Lo ordena el señor. Y nuestros santos vivos, y nuestros inmortales.
Y nosotros, tenemos que cumplir. Porque así son nuestros evangelios.
Porque así el la divinidad.
Matemos, asesinemos. Amen.
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