Piedra libre
Por fortuna para los campesinos y los que viven del turismo, se entibió Misiones. Una atípica lluvia de marzo apagó el fuego y le guiña el ojo a los que sufren del calor. 866 kilómetros al noroeste de Santa Fe, un boulevar de tránsito desordenado, en una mañana que pone un manto gris al rojo vivo, conduce al Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz.
Del otro lado está Encarnación, la que dicen que ha contagiado de algunos hábitos a Posadas. Algunos, porque Misiones también tiene su ritmo de universitarios en la casa de estudios que ha pasado a ser una jactancia y ritmo de gran urbe en los paseos por la Costanera nueva.
Ahora, una treintena de automóviles, mitad chapa argentina, mitad patente paraguaya, aguardan en tres garitas que pedirán la documentación la documentación personal de los que cruzan y no tanto más.
Un gendarme que quiere sacudir su modorra pide que no filmemos. A desgano, el empleado de la garita devuelve el DNI. Unos metros más adelante, se apiñan los autos porque de las garitas salen de a tres y por el siguiente control sólo pasa uno. Algún desprevenido podrá pensar que el cartel que cae de una columna y dice “Argentina es un país que cuida la alimentación de sus habitantes”, es una broma de uno de los pavotes que cuentan chistes para Tinelli. Pero no, es para que nadie entre alimentos en mal estado, no sea cosa que entre tanta pudredumbre, también ingrese comida contaminante.
Ya escruta el vehículo otro gendarme. Uno le ofrece de ex profeso, como para ganar tiempo, la documentación del vehículo pero él dice que no hace falta. Diez minutos después, una estructura triangular de cemento que conforma una pirámide gigante de aire nos recibe. “República del Paraguay”. En la aduana apenas hay que pedir el papel que indica que será nuestro documento por unas horas. Nadie pide más nada. Encarnación se aparece al primer recodo del camino. Si Posadas tiene su mercadito como una romería, su hermana de enfrente es toda una feria que se copia de Ciudad del Este, donde la vida, como las cosas, vale muy poco.
“Vas a ir a Saigón”, dijo un amigo antes de cruzar. Santo remedio para el que escribe. Ninguna definición mejor.
– ¿Dónde queda la zona baja?
– Siga adelante amigo y se va a topar con ella, dice un vendedor de fundas para asientos de automóviles.
Dos cuadras camino del río, exactamente enfrente de Posadas, está “Saigón”. Como calle importante de ciudad paraguaya que se precie, la principal arteria de la tienda que se parece a una urbanización, se llama Mariscal Estigarribia.
Se ha dicho que hay que encontrar a Samir, porque nadie vende grabadores tan bueno y baratos. Como no cuestan ni por asomo los 150 dólares permitidos para cruzarlos, si damos con Samir y éste tiene la voluntad de vendernos el grabador a un precio que jamás podríamos conseguir, no habrá problemas en la aduana. Será una compra legal.
En Saigón todos pueden ser otra cosa de la que aparentan. Una parada de taxi se parece a eso, a una parada de taxi. Sin embargo, dice el presunto taxista que “oiga, no quiere comprar dólares…. dólares… pesos… guaraníes”.
Una relojería que se parece a eso, a una relojería llena de… relojes en las vitrinas, vende también… cigarrillos, a cinco pesos argentinos el cartón. Los puchos que se llaman “Eight” pueden no constituir ninguna garantía: vienen de Ciudad del Este. Una fumadora dice “que se llaman ‘ocho’ porque para sentir el efecto de uno de los buenos hay que fumar esa cantidad”.
Nelson vende baratijas. Tiene tantas enrededor de su cuerpo menudo que por poco no se lo ve a Nelson. Más que nada se le oye su oferta. Dice que puede ganar unos diez pesos argentinos por días pero, en los días que Dios está inspirado y quiere ayudarlo, la cifra puede quintuplicarse. Nelson ya dejó la escuela porque le gusta trabajar. Igual que Oscar, que también vende baratijas, pero en un puesto fijo desde la calle. A diferencia de Nelson, Oscar -que tiene más lugar- también vende medicamentos.
-¿De qué laboratorio son, amigo?
-Son de venta libre, señor, mire…
Hay pomadas que devuelven la salud, curan la jaqueca, la celulitis, devuelven la figura y acaban con los dolores musculares y la gripe. Oscar invita a probar la “mentolina para el resfrío”. Será mejor seguir avanzando y, sobre todo, no resfriarse. Samir todavía no aparece.
-Busco a Samir, señor.
-¿Qué le va a comprar a Samir?
-Un grabador y algunos casetes para una filmadora.
-¿A cuánto le deja Samir los casetes?
-A ocho pesos, señor.
-Yo puedo dejarle más barato.
-Disculpe, pero ya nos comprometimos con Samir.
Al lado de “Calzados Yassin”, que uno imagina de algún árabe, está “Vaquería Dolly”, que uno imagina un homenaje a la oveja clonada, la que a su vez está al lado de “Tienda Malvinas Argentinas”, que uno imagina de algún compatriotra nacionalista, la que a su vez está al lado del negocio que vende “Ropa oficial Puma”, que uno imagina que vende ropa Puma pero no hay, el que a su vez está al lado de “Novedades Juana”, que uno imagina propiedad de algún latino, cuando la imaginación ya no da para más, entre tanto cartel. Y Samir no aparece. Hasta que sí lo hace. O puede que no sea él, pero ya no importa. Sin embargo, sí que lo es. Samir atiende una casa de artículos para electrónica. Se presenta como brasileño, hijo de libaneses, criado en el Paraguay, que negocia con argentinos. Habla en libanés con su hermano Omar, por teléfono. Gesticula en porteño con un comprador. Acepta el regateo de otro en guaraní. Y tambien atiende al periodista ambulante. Dice que enviará la compra mañana rumbo a Posadas. Que hay que pagar y no hay que firmar nada porque “lo que vale es la palabra”.
Es la hora de comer y entra un tufillo a frito que nace en un puesto de comida callejero. De espiarlo a simple vista parece un mayorista de moscas. Samir no para de hablar en cuatro idiomas y gesticular como quien quema calorías en un gimnasio. Saluda cordial el libanés que tiene palabra, claro que tiene. Muchas tiene.
Ya es tiempo de regresar. Rumbo al auto que tiene alrededor tres gurises que cuidan y lavan, crecen y aprenden los oficios de la calle Mariscal Estigarribia, hay que pasar otras pruebas. “Afeitadora eléctrica, amigo. Mire, quince pesitos, pilas incluidas”. Gracias, no gracias. “Bueno, doce pesitos, amigo, que digo doce, digo diez amigos, ocho. Mire, por ser usted cinco….”. La esquina. “Calzoncillos, don?”. Al lado de la esquina. “Un metro de carpintero, jefe? “. A la vuelta. “Cigarrillo, dólares, mujeres, autos”. En Saigón, todo, absolutamente todo, menos la ley, es posible.
Por los vidrios bajos del auto sigue colado el olor a fritanga. Hay que creer en Samir que mañana cumplirá con el encargue. La aduana de regreso de Paraguay se pasa rápido como los últimos minutos de un partido que nuestro equipo va perdiendo. La aduana argentina tiene otro gendarme poco mirón que se acerca como de compromiso a espiar sin abrir ningún baúl. Dan ganas de decirle que perdone la molestia/que quizás alguien malo pueda pasar algo por ahí/que sería bueno un poquito más de atencion. Chau Saigón. Te esperamos mañana Samir, te creemos tanto como al cartel que vuelve a aparecer diciendo que Argentina cuida la salud de sus habitantes.
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