Piedra libre
¿Será posible que uno tenga entre sus manos una piedra apareció hace 400 millones de años, con la era volcánica?
Dante Miguel Villena, minero, ex combatiente, trabajador en la calle, jura que es así. Su historia nació en Colonia Caroya, en Córdoba, se desarrolla ahora en Iguazú, Misiones, pero se desarrolló también en Mozambique, en Potosí, en Calcuta o en Salta.
En todas partes Dante juntó piedras. Ahora nomás dice que viene de Wanda, la localidad anterior a Iguazú llamada “la capital de las piedras semi preciosas”.
Dice que ha encontrado allí una mina. Todavía en Wanda, algunas minas son del estado. Se queja que las multinacionales que ya merodean la zona no gustan de que tipos como él se entrometan en las minas. Para poder extraer minerales deberá llevar adelante un largo trámite administrativo. “Las piedras son nuestras, pero para buscar y encontrar las mejores, hay que saber”, aclara.
Después de la Guerra de Malvinas, este hombre que está acá clamando para que nuestro país deje de venderlo todo, se dedicó justamente a saber de piedras. Contratado por compañías de orígenes diversos recorrió todos los continentes posibles. “En Potosí y en Jamaica ya no hay nada para sacar”, levanta la voz. Y teme que suceda lo mismo en nuestro país, porque según Dante no hay una política estatal de protección.
Ahora palpa sobre su mesa trozos trabajados de amatistas, jaspe, cuarzo celestial, fluorita, rodocrosita, topacio. Se apasiona y se detiene con una ágata. “De las 113 variedades de esta piedra en el mundo, 48 se pueden encontrar en Misiones”.
Dante no para. Charla con un amigo vendedor ambulante. Tasa un jaspe. Habla con el cronista. Tiene una fuerte idea de lo nacional, de ahí que reclama planificación. Y maldice los precios que se pusieron en los noventa, cuando todos se llevaban piedras para Europa, por unos pocos dólares.
La rodocrosita lo entretiene algo más. “Es que es la piedra Argentina”, explica. “No hay ningún lugar en el mundo que tenga rodocrosita. Sólo se halla en Catamarca, bien alto porque más alto está, mejor es”. Para sentar precisiones sobre sus conocimientos se explaya con que “se ubican en Andalgalá, a más de 3800 metros de altura”.
El hombre no quiere a los europeos y tampoco a los que ahora se vinculan a la minería como un negocio. Para él es pasión. “Los europeos se llevan todo lo que compran barato para allá. Hay empresas extranjeras llevando piedras en todo el país. En cambio yo, -se jacta- las veces que fui allá me traje lo que pude para que quede acá”.
Cae la noche que sirve para que escampe una tormenta que invadió dos días la zona. Brillan las piedras que pulieron las manos de Dante. Él sigue despotricando contra la falta de cuidado. Como si se hubiera hartado de su propia queja, baja los decibeles y casi en un susurro vuelve a la rodocrosita, como esta pudiera cedarlo. Dice que era llamada “rosa del inca y del amor”. Lo primero porque los antiguos pobladores del Perú se hacían revestir sus bastones con este mineral. Lo otro porque, en la ceremonia del casamiento, el varón y la mujer incaicos eran unidos por un brazalete de rodocrosita. Luego le suministraban drogas para hacerlos entrar en éxtasis y, si la reacción, bajo los efectos, no era de rechazo, se autorizaba el matrimonio.
Dante sigue vendiendo con su señora, con la que, aún prescindiendo de la ceremonia incaica, ha quedado unido por las piedras. Los dos la trabajan y de eso viven.
Para el final nos deja un pensamiento inherente a la fecha. Se lo consulta de cómo lo dejó la guerra en el aspecto psicológico. Sonríe y lanza que “muchos nos dicen que estamos locos, pero locos son los que no combaten todos los días”. Y no habla sólo de Malvinas.
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