Piedra y camino
Antes de las veleidades conquistadoras de los españoles, bastante antes que los incas le impusieran su jerarquía a los diaguitas y mucho antes de que el tiempo se llamara tiempo, la cultura tafí se respiraba en los valles calchaquíes, donde el aire se hace más gentil y se deja beber todo, donde los pueblos se hacen petisos por las montañas del Aconquija y éstas muestran su poder llevando bagualas hasta donde la vista del hombre no alcanza.
Hoy, enérgicos sobrevivientes de esos años que pueden contarse por varios de miles, siguen erguidos los menhires, piedras verticales de formas fálicas, talladas en ofrenda a la tierra, como símbolo de la fertilidad en una comarca donde el barro, el cuero y el pedregal dominaban la escena.
Claro que, el progreso, no sólo erradicó a los diaguitas, sino que cambió la disposición de las cosas. Los menhires tuvieron un derrotero que vale la pena conocer, como para saber más que hacemos los hombres de nuestro tiempo con lo que nos ha sido legado. La idea primera –porque a veces tenía ideas- fue del genocida Antonio Domingo Bussi. El dueño de la muerte en la Tucumán de los años duros ordenó extirparlos de sus sitios naturales, donde resistían la lluvia y el viento desparramados por el valle. Después, con algo más de sensatez, a alguien se le ocurrió conformar un museo.
Y allí están, en su nuevo emplazamiento, 125 piedras pre históricas, con imágenes humanas o de animales venerados talladas en su frente, representando la fortaleza del hombre que los escupió como si se negaran a ser olvido nomás para que los diaguitas sigan viviendo en ellos. A propósito, de hecho muchos antepasados de los pobladores originales lo saben, y establecen ciertas complicidades con los menhires.
En un sitio alto, por ejemplo, hay un reloj que escapó a la furia uniformadora de Bussi, acaso porque el dictador no sabía la hora. Una pared circular de piedras forma una suerte de olla y en su contenido, se aprecian cuatro menhires. Uno está ubicado en la mitad de un centro imaginario. Los otros tres se ubican frente al anterior, cerca del contorno de la olla de piedra de unos 20 metros de diámetro. Dicen y saben los lugareños que uno marca el punto exacto del sur y otro del norte y que las sombras se proyectan con perfección en forma recta sobre uno u otro según se inicie una nueva estación del año.
Conmovidos los que pueden mirar allí, si el día ayuda, también podrán ver hacia la cima del cerro Ñuñorco, cuyo vértice apunta hacia la Cruz del Sur y se utiliza como referencia para marcar esa constelación. El gobierno provincial de Tucumán tiene pasantes en el museo de los menhires, a los que no les paga ningún salario a cambio de enseñar, no les provee siquiera de una silla para sentarse y no les suministra fuera de temporada más que una folletería en inglés. O sea, a los menhires, no les dan ni la hora.
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