PINCHADO
Se sube, ilusiona, contagia fiesta en su tribuna. Se baja, decepciona, provoca bronca en su gente. Así de ciclotímico es Racing, este equipo que se sube y se baja del campeonato, este grande que se pone y se quita la chapa de candidato. Con un triunfo podría haber pasado el domingo, aunque suene a una proclama de hereje, rezándole al Diablo para que pierda Boca, justo ante Independiente, para soñar con el título a sólo dos puntos del líder. Pero no pudo ser. Perdió otra chance, una de las últimas que le quedaba, como sucedió la semana pasada cuando empató en Avellaneda ante Nueva Chicago. Y la noche de La Plata terminó con un éxito de Estudiantes, el primero después de siete fechas de agonía…
Lo peor de todo para Racing es que jugó muy mal y, por momentos, estuvo descontrolado. Ni siquiera generó una sola situación de gol frente a Martín Herrera, raro en un equipo que hasta ayer había hecho goles en todos los partidos. Estudiantes terminó justificando el resultado porque aprovechó las desinteligencias de su rival y pudo haberlo liquidado en el segundo tiempo, cuando Mariano Pavone parecía incontrolable y con dos zurdazos obligó el esfuerzo de Mario Cuenca, quien le tapó dos remates de media distancia.
Racing pagó muy caro por jugar al ritmo de Estudiantes. Consciente de la velocidad de los delanteros visitantes, Bilardo dispuso en la cancha muchos volantes de combate para cortar el partido y hacerlo friccionado. Y la postura del equipo de Fillol fue netamente contragolpeadora, aunque nunca pudo encontrar los huecos para vulnerar a la defensa platense. En el primer tiempo, apenas inquietó con un tiro libre de Gastón Fernández que murió en la barrera. Esa jugada ni siquiera llegó a ser clara. Después, sólo hubo aproximaciones. Una de ellas, a cinco minutos del desenlace de la primera etapa, terminó en un penal de Fabbri a Lisandro López que el árbitro no cobró. En el complemento, se vio desbordado y tuvo su mejor chance, al cabo su único remate al arco, en un tiro libre de Mirosevic que contuvo Herrera. Y en el final se lo perdió Gastón Fernández.
El gran problema de Racing pasa por sus individualidades más que por el funcionamiento colectivo. Cuando los ligeritos están enchufados, es un equipo capaz de desequilibrar hasta hacerle la vida imposible a sus rivales. Pero depende mucho del vértigo y no tiene un conductor, un enganche, un jugador que se haga responsable de generar fútbol. Abusó de los pelotazos frontales de Rimoldi que terminaron favoreciendo a los defensores locales. En el segundo tiempo asumió la responsabilidad Mirosevic, pero no fue trascendente. Y tampoco cuenta con un goleador, un número “9”, un futbolista cuyo sinónimo en el área sea la contundencia. Los desbordes de López o Mariano González no encontraban un receptor frente a Martín Herrera.
Estudiantes no hizo mucho más en la primera parte. Pero al menos buscaba con remates desde lejos. Un disparo de Carrusca pasó muy cerca del travesaño. Y otro zurdazo de Aquino fue atrapado por Cuenca.
El partido no era atractivo. Para nada. Pero a los treinta y cuatro minutos Estudiantes encontró la felicidad. Carrusca ejecutó un tiro libre desde la izquierda, Aquino le ganó a Mariano González (hubo un leve empujón del volante local) y con un cabezazo dejó sin chances a Cuenca. Otro gol en contra de pelota parada, justo a un equipo de Fillol que se supone trabaja en ese aspecto. Y se supone, hay que decir, porque el técnico ensaya sus variantes tácticas a puertas cerradas…
Estudiantes encontró en Gelabert, un cinco clásico con mucha clase, su bandera para jugar. Y Racing se quedó con un hombre menos, por la expulsión de Tambussi. Ya nadie se acordaba de las quejas de Bilardo y Fabbri por los arbitrajes, a pesar de que Brazenas cortaba demasiado el juego y se equivocaba a favor del local. La fiesta era, finalmente, de Estudiantes. Para Racing, esta vez, sólo quedaban los lamentos por tanta irregularidad…
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