Playas doradas
Chubut, sobre el lado del mar, podría ser una oferta tentadora de avistaje de fauna y aguas calmas. Sólo que nosotros ya la disfrutamos “bajando” hacia el sur y ahora apenas nos detuvimos una noche a descansar en la siempre sugerente Puerto Madryn. El resto será andar. Todavía no hemos llegado a destinos previstos: este de Río Negro y La Pampa. A propósito de la primera de las nombradas, aquí paramos.
Sierra Grande es un lugar que se hizo dos veces famosos para los que, como nos llaman aquí, somos “norteños”. La primera vez fue por la prosperidad de la mina. La segunda, ya en la Argentina “noventista”, cuando la mina cerró dejando un tendal de obreros en la calle y a un pueblo que se preciaba de próspero, poco menos que en la ruina. Ese pueblo, hoy es una ciudad de 12 mil habitantes, en un punto medio entre lo que fue al principio y lo que fue luego.
Pero Sierra Grande está sobre la ruta 3 y, hacia el mar, hay un lugar del que los rionegrinos ya hablan y que, aspiran, pronto hable el país. Playas Doradas es un nombre que, de por sí, convoca. Para comprobar si, en efecto, el nombre es acorde con lo que la oferta, vale desviarse 30 kilómetros de ripio (nos juramos que para nosotros serían los últimos), a donde el golfo San Matías baña de aguas mansas a este pueblo.
Los que conocieron Las Grutas –el balneario top rionegrino- juran que antes, ese pueblo de playas paradisíacas, era como es este. O sea, un lugar donde apenas viven 50 personas durante todo el año, con plazas para albergar bastante más gente que la que mora, con una construcción constante y un dilema: se apuntan los cañones a convertirla en una plaza turística fuerte o se respeta la naturaleza a rajatabla, casi como no se hace en ninguna parte.
Aunque algunos amantes de los atardeceres rojos y refrescados por las olas y cortados por el viento se opongan, parece que la segunda consideración será la que prime. En efecto, Playas Doradas –aún cuando está nublado- tiene cómo disputarle a Las Grutas el liderazgo, o lo tendrá en algunos años, de proseguir el ritmo de inversiones tal como está. Para eso, ya hay una fuerte política del municipio que, por ejemplo, vende lotes pero obliga a los que los adquieren a construir en un plazo de 90 días, so pena de retirarles el terreno.
En este pueblo alejado del ruido, un domingo a la noche apenas hay un comedor familiar abierto, una rotisería y un salón de juegos electrónicos para los más chicos. Nada más. La luz artificial es tenue, en contraste con una luna llena contundente que ilumina el mar como un sol blanco y nocturno. Lo demás: casas vacías y obras que pronto serán casas que, todos lo suponen, se van a llenar.
Unos kilómetros más al sur, sobre un muelle que apenas se divisa desde la costanera de Playas Doradas, hay una compañía china que explota la mina de hierro y promete también hacer explotar el lugar, pero con inversionistas. Algunos se regodean, otros no están tan seguros de que vaya a resultar provechoso. La mayoría apuesta a esperar, a comprobarlo con el tiempo.
Mientras, un grupo minúsculos de vecinos, que no quiere esperar nada, ha organizado una cooperativa y aspira pronto a convertirse en suministradora de servicios para una comunidad que espera crecer. Una corriente de agua cálida, arenas blandas y finas y la paz que pocas veces se encuentra en las ciudades es la fórmula de Playas Doradas. Conocida fórmula, pero siempre eficaz.
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