POKER
UNO
Takeshi Kitano no es hombre de comparaciones. Cuando su cine llegó a la ‘strada’ de la fama con el León de Oro en el Festival de Venecia de 1997, los críticos advirtieron en sus filmes la influencia de Jacques Tati, Samuel Fueller, Quentin Tarantino, Buster Keaton. De pronto, sus escenas de ‘yacuzas’ eran deudas con los pistoleros de Sam Peckinpack, su ascetismo compositivo un trago pendiente con Robert Bresson. Cada toma tenía los ecos de la larga historia del cine japonés: Kurosawa en un costado, Yasujiro Ozu en el otro. Sin previo aviso, el comienzo de ‘Violent Cop’ era una cita con ‘La Naranja Mecánica’ de Kubrick y las peleas de Zatoichi bajo la lluvia eran un homenaje encubierto al Kurosawa de ‘Los siete samurais’. Cuando le preguntan por sus maestros, él responde: “Ninguno”. Cuando lo interrogan sobre su condición de espectador, contesta: “Prefiero hacerlas”.
DOS
De su biografía, se sabe que vivió en el mundo de sus películas. Como el Manhattan del jazz, el psicoanálisis y el absurdo de Woody Allen, el Japón de Kitano es el Imperio de mafiosos, alcohol y violencia.
Kitano nació el 18 de enero de 1947, en un barrio de obreros y ‘yacuzas’. Asociado por largo tiempo a la comedia y a la televisión a causa de su popular dúo ‘Two Beat’, Kitano es poeta, novelista, ensayista y pintor. Debutó de fulano de tal en “Feliz Navidad, Mr. Lawrence” del director Nagisa Oshima. El sadismo de su personaje cayó en broma para el público japonés. Juran que juró que en adelante haría serios y oscuros a todos sus personajes. Así fue.
Así fue, claro. En agosto de 1994, borracho por los callejones, al sentir el viento frío contra su rostro, se durmió en la incomodidad de su moto y chocó contra un poste de teléfono. Cuando salió del hospital, tenía la parte derecha de su cara paralizada y cicatrices varias, alguien diría, sendos homenajes al Bogart de ‘Casablanca’ y al ‘Scarface’ de Howard Hawks. Dejamos el crédito abierto.
TRES
Alguna vez un amigo me dijo tajantemente que si no se puede tener una vida digna, se debe tener una muerte digna. Creo que fue después de ver ‘Flores de Fuego’. No sé qué diría Kitano al respecto, sí sé que confío en una entrevista: “La combinación de amor y muerte tiene una gran atracción. Moralmente, uno no puede perdonar la violencia o la muerte pero, cuando se entrelaza con el amor, puede convertirse en algo sublime”.
CUATRO
Kitano no es hombre de concesiones. Cansado de la repetida pregunta por su antes y después de Hollywood, declaró: “Lo que encuentro problemático en Hollywood cuando hacen una película de acción, es que la violencia no necesariamente expresa el dolor que tiene en su esencia. Cuando pienso en una escena de violencia, me la imagino de la forma en que el dolor la acompaña. Creo que la violencia en la vida real es algo que no es placentero de ver. Y mi idea es ofrecer escenas de violencia de cierta forma en que al público le de aversión”. Para Kitano, la violencia no es gratuita. La mostración de la violencia es, esencialmente, la elucidación del dolor.
CINCO
La muerte no es dama de concesiones. Kitano entiende por muerte la forma final de la violencia. En su cine, el deseo de la muerte es el deseo de lo prohibido.
SEIS
Según el autor, un film es una función matemática. Cada personaje, una ecuación. Una obra es la búsqueda de equilibrio. Entre el vacío de la vida (lo no-deseado) y la muerte (lo deseado), el tiempo se instituye como un remanso. El tiempo narrativo es la suspensión del tiempo real. Ante la muerte prohibida, la suspensión del relato es el placer del texto, la forma de concretar el deseo en medio de lo no-deseado.
SIETE
En el sube y baja del film, el mar es la figura retórica opuesta al remanso, aunque ambas se unan performativamente. Es la ilusión de las tierras lejanas, es la incerteza que abraza el horizonte, es la serenidad tempestuosa o la tempestad serena. Inconmensurable, el agua, la vida, donde todo nace; la violencia, la muerte, donde todo acaba. Es la tensión entre la vida y la muerte. “Me gusta la tensión entre los hombres y el mar”, afirmó Kitano. “El mar es la pregunta por las consencuencias de la evolución humana. Mis personajes están generalmente frente al mar, no nadando en él”. El mar es el interrogante por la condición humana. Como los diablos de la conciencia, como las incertezas del destino, el mar es la danza del eterno retorno.
OCHO
Kitano es un poeta de la imagen. Su apuesta está en el modo de narrar los hechos. Tomas largas, diálogos mínimos y la violencia brutal cómplice del guiño humorístico. Su minimalismo, escriba del tiempo interno del relato. La cámara fija, testigo amoral de la crudeza de lo humano. Dentro y fuera del plano, el tiempo acumula el dolor.
El dolor en los rostros, en la mueca torpe, en la mirada atónita, en el destello de las metralletas. El dolor, fuera de campo. La ‘objetividad’ de los hechos se diluye en la subjetividad de los personajes. Kitano no nos dice qué observar precisamente. Su cámara nos hace testigos de sus personajes ensimismados y taciturnos.
En contraposición al contraplano occidental, Kitano ejecuta planos frontales, sobre todo durante los diálogos entre los personajes. Ha sido la Escuela de Críticos del Teatro, la que ha sentado por escrito una genealogía del antiguo teatro japonés. En sus anaqueles, una obra innombrable reza a la manera de un epitafio: “Aquí descansan las huellas del teatro ‘Nô’. En sus representaciones frontales y en su puesta de escena disimuladamente rítmica, Takeshi Kitano se entrega a los brazos maternales de la tradición nipona”.
Kitano es un pintor. Cada tonalidad de su acuarela es un significante emocional. En la ciudad del corazón de cemento y neón, de la rutina gris, brota de los pinceles sangre pastel y suave. En la orilla del mar, en la playa extensa, emana de sus artilugios la piel tornasolada de la naturaleza.
NUEVE
Sucede algo extraño con el film ‘Brother’. El personaje de Kitano llega a Estados Unidos desde su Japón natal a hacer pata ancha. Un universo extraño, de éxito rápido y resignaciones varias, donde a las flores de fuego de la felicidad, le sigue la noche sempiterna. Hay quien dice comparar. Hay quien dice que Kitano llegó a suelo americano con su arma de filmar. “No habrá fuegos artificiales ni habrá noche”, se infunde ánimo a sí mismo. Confiesa: “La única manera en la que reconozco que los films americanos me han influenciado es en aprender aquello que no se debe hacer”.
DIEZ
Se lo ve a Kitano en el film ‘Battle Royale’. Allí, en una isla, bajo la dirección de Kinji Fukasaku, haciendo de profesor emérito en homicidios, en un papel menor. Se comenta que saldaron viejas deudas. Kitano dirigió su ópera prima, ‘Violent Cop’, para suplantar al viejo maestro. “Conflictos internos”, argumentaron entonces. Ya no quedan rencores. Ahora los papeles principales se los adjudica en licitación propia. Después de todo, “podía dirigir fácilmente una película porque ya había dirigido cinco cámaras en simultáneo en mis propios shows televisivos”. Después de todo, entre Dolls y Zatoichi, siempre queda tiempo para un disparo al aire en las cintas de un viejo conocido.
ONCE
Tiene un gesto adusto Kitano. Algunos recuerdan a Harry el Sucio. Algún poeta ignoto escribió: “Kitano es Clint Eastwood y Buster Keaton encerrados en la cicatriz de un samurai”.
DOCE
No habla Kitano. Argumenta poder sobre las palabras. Si hay menos diálogos, cada diálogo se cotiza en alza. La imagen habla por sí sola. Entre sus hojas perdidas figura ilegible: “La película ideal sería una que hiciera llorar a los espectadores con sólo diez diapositivas mudas”.
TRECE
Juega Kitano. Con sus películas. Durante sus películas. Las armas no son un juego, las carga el diablo. Tal vez recuerda las apuestas de su padre Kikujiro en el bar de la esquina. No es un niño Kitano. Pero juega como uno. Egoísta, impulsivo, pasional, violento. Como la infancia. Con sus propios mundos. Sin regresar a ella. Escarbando para recuperar su risa.
Sus gánsters juegan como niños y matan como adultos. La tensión, otra vez. El equilibrio de la matemática. El juego es una excusa para mostrar el dolor. Sus personajes juegan entre el dolor, en el cosmos del dolor, en el cosmos cinematográfico, en la vera del mar, ante la interpelación existencial.
CATORCE
Kitano es un autor. Hay en su firma unidad estética y temática. En alguna revista francesa o en algún libro de teoría aparece entre miles de palabras: “Un autor es aquel realizador que a través de una puesta de cámara, ciertos elementos narrativos, que van desde objetos en la escena, la fotografía, hasta la dirección de actores, y las temáticas que suele tratar, plantean una visión del mundo, un enfoque particular a través de la combinación de todos estos elementos que idealmente deberían ser una especie de huella dactilar”.
QUINCE
Concluye el samurai en Zatoichi: “Ni siquiera con los ojos abiertos puedo ver lo que no se puede ver”. Ya se lo había Kitano a Martin Scorsese: “El cine es un enigma inexplicable e irresoluble. Cada uno lo resuelve a su manera”.
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