Ponéle la firma
Para encontrar al mayor hincha de Boca que alguna vez haya existido, y aún a riesgo de ofender a los más fanáticos, no hay que buscar en las adyacencias de la Bombonera, ni en los cuerpos tatuados de los jóvenes, ni en los para-avalanchas del mítico estadio, ni en la dirigencia ni en los pibes de las inferiores. No. El más bostero de los bosteros vive en el Puerto de la ciudad de Rawson, capital de Chubut, a 1379 kilómetros de ciudad autónoma de Buenos Aires.
Carlos Luis González, casado, nacido en Buenos Aires el 30 de setiembre de 1948. Cédula del MERCOSUR expedida por la Policía Federal Argentina. Número 7.821.617. Firma: “C. Viva Boca”. Así reza el documento con el que se presenta el más grande xeneize del que se tenga conocimiento, el hombre al el mismísimo Gabriel Batistuta acabó pidiéndole un autógrafo. Y con un condimento más que especial: su padre era hincha de River, como quizás lo era el policía que lo atendió aquel día en la Federal para expedirle la cédula.
Carlos Luis González vive frente al puerto de la ciudad de Rawson, donde tiene una marisquería que heredó justamente de su viejo, Marcelino, que se afincó por la zona en 1955. Pese al recuerdo latente de su papá, Carlos no dejó que sus hijos heredaran la sangre millonaria del abuelo y cada vez que pueden, los González viajan en clan a La Ribera para ver a la azul y oro, pero eso sí, no a cualquier cancha, “porque al gallinero no voy nunca”.
La “culpa” de que Carlos firme como firma su cédula de identidad la tuvo el novio de una tía. En los barrios proletarios de la Buenos Aires de los años cincuenta, como por ejemplo Pompeya, muchos eran bosteros. Y la tía Marta Colmeiro, si bien no se preocupaba demasiado por la suerte de los equipos de fútbol, se puso de novia con un músico que se había criado festejando goles de Franciso Varallo.
No sólo eso. Además, Donato, que así se llamaba el fanático, integraba la célebre banda del arquero cantor, Julio Elías Musimessi, que hacía temblar todas las vitrolas con el hit “Boca, Boquita de mi vida”. A Carlos no le quedaban opciones. Estaba fascinado por Donato y cuando éste lo llevó un día a la Bombonera, sintió un escozor que lo acompañaría por el resto de su vida y que se iría a repetir cada vez que un jugador de Boca moviera la pelota cortito hacia un compañero, dando por iniciado un nuevo encuentro.
Entonces Donato, el acompañante de Musimessi, ya no necesitó obligar a Carlitos a gritar Viva Boca, como cada vez que lo saludaba, sino que el canto brotó para siempre de la boca del muchacho que supo contagiar de esa pasión a todos los suyos y que la llevó incluso hacia el sur argentino, donde será muy difícil que le cobre un almuerzo a algún dirigente o jugador de Boca, y donde además preside la peña xeneize ubicada, como no podía ser de otro modo, cerca del puerto.
González es comerciante y se sabe que los comerciantes suelen manejarse con cheques. Por eso él tiene que tener siempre a mano su cédula federal. Hay muchos incrédulos proveedores que, cuando van a cobrar, piensan que este hombre de anillos y cadenas, con aspecto porteño, les está tomando el pelo. Él saca su documento y asunto zanjado. El desconfiado no vuelve a importunarlo y el lo mira socarrón, sobre todo si Boca pudo ganar el domingo anterior.
En cuanto a los otros protagonistas de esta historia. De Musimessi bastante se supo en las páginas deportivas y de espectáculos. Del policía que lo atendió aquel día en que González firmó la cédula federal tampoco se han contado grandes cosas. De Donato, nunca se comprobó si firmó alguna vez en el Registro Civil su compromiso oficial con la Tía Marta. Hubiera estado bueno porque a Carlos le hubiera tocado ser testigo de la boda y hubiera firmado el acta. “Viva Boca” iba a poner.
Este contenido no está abierto a comentarios

