Por amor al arte
Un día Elsa, la docente, la artista plástica, fue a llevar a un grupo de alumnos desde Salta a Santa Rosa de Tastil, a mirar la historia atacameña. Y ese día de diez años atrás la cambió para siempre. Luis, el que enseñaba, la conquistó y desde entonces viven en un lugar donde no hay luz eléctrica, ni agua corriente, ni gas natural.
“Tastil”, en quechua, quiere decir “piedra que suena”. Elsa hace sonar varias ahora, colocándolas en fila como si se tratara de un piano imaginario y entona una melodía. Está en el museo que regentea, donde los atacameños que poblaron el lugar apenas son momias o recuerdos de punta de lanza hechas con piedras obsidianas.
Luis ingresa al museo, casi irrumpe, cambia unas palabras con Elsa y sale. Entre los dos, mientras juegan al amor hacen la memoria. O a la inversa. Son los habitantes encargados de conservar un pasado al que hay que querer demasiado para ir a protegerlo allí, en ese lugar donde apenas hay una escuelita rural, una calle, un puñado de gente.
Elsa y Luis viven en una casa que también es un museo, pero pictórico. Las obras de Elsa –agudas y bellas observadoras del paisaje- se confunden con las piedras que Luis se encarga de que no pasen desapercibidas, porque el hombre sabe mirar, sabe desempolvar.
Allí también viven “el pastorcito de las nubes”, al que Barboza inmortalizó en una canción, y alguien que dice que tiene contactos extraterrestres.
Y no mucho más. Unos hippis que se vinieron desde Buenos Aires y unos chiquilines que se multiplican milagrosamente desde recónditos lugares cuando hay que hacer número para jugar un partido al fútbol. Pero fue así nomás. Tastil sonó como melodía en los oídos de Elsa y se quedó. Por amor al arte.
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