POR CADA DIEZ PAREJAS QUE SE CASAN EN ROSARIO OTRAS SEIS PIDEN EL DIVORCIO
El año pasado se casaron en los registros civiles de Rosario 3.934 parejas, mientras otras 2.385 se divorciaron. En términos matemáticos eso indica que, por cada diez nuevos matrimonios, hubo seis disoluciones. Si se analizan los datos de los últimos seis años, se advierte que el crecimiento de los divorcios no se detuvo: en el 2000 hubo 1.581 parejas en esa situación, cuando el año pasado la cifra trepó a 2.385, el 51 por ciento más. En cambio, los casamientos registraron una caída brusca entre el 2000 y el 2002, luego empezaron a repuntar y durante el 2005 se mantuvieron estables respecto del año anterior, con sólo cinco bodas más. Aun así, hubo 314 casamientos menos que al inicio de la serie. ¿Qué significa eso? ¿Que la gente se quiere menos? ¿Que está menos dispuesta a soportar el malestar? ¿Que el matrimonio como institución civil ya no es sagrado? Para reflexionar sobre el tema La Capital consultó a varios especialistas: un juez de familia, una abogada especializada en esa rama del derecho, y a una psicóloga que atiende, entre otros casos, crisis de pareja.
El total de casamientos y divorcios durante el 2005 -relevado por el portal Tiempo de Justicia a partir de los datos del Registro Civil y los tribunales colegiados de Familia de Rosario- muestra que las tendencias advertidas hace unos años en todo el país se mantienen. Eso significa que cada vez hay más disoluciones matrimoniales y menos bodas, aunque el aumento de los hijos de uniones de hecho también indica que, con otras formas, la gente sigue formando familia.
Aunque el titular del Tribunal Colegiado de Familia Nº3, Darío Cúneo, prefiere no manejarse con números estadísticos que “pueden ser inclinados interpretativamente de un modo u otro” y admite que lo que vive “diariamente en el despacho tiende a ser confirmatorio” de las cifras oficiales.
Para el magistrado, los cambios en la valoración del matrimonio como institución son una de las claves para entender el fenómeno. “La gente ya no sigue atada a la vieja figura del matrimonio como una cuestión institucional a la que no puede dejarse de lado”, ni concibe la disolución como un “pecado”, afirma.
Por su parte, para la abogada especialista en familia y docente del posgrado de Derecho de Familia de la Universidad Nacional de Rosario Marta Carnielli hay que analizar las transformaciones que acompañan el fenómeno del aumento de divorcios y la caída de casamientos para comprenderlos.
Como dato “llamativo”, registra “la gran cantidad de parejas jóvenes, sin hijos y con pocos años de convivencia”, que optan por divorciarse. No son las únicas, aclara: también se acerca a su estudio gente con “años y años de mala convivencia” que un buen día decide cortar por lo sano.
Entre los factores que inciden en esas decisiones menciona el hecho de que la mujer ha ganado autonomía económica y ya no ve al matrimonio como forma excluyente de vida, y que al interior de las parejas se advierte una escasa capacidad de tolerancia. “Hoy por hoy, nadie quiere aguantar de más”, dice, por lo que los procesos de “negociación” se dan mucho menos que en generaciones anteriores.
Una vez que el divorcio se ve como única salida, la pregunta es cómo se transita. De hecho, durante 2005, los de común acuerdo (1.339 casos) superaron a los contenciosos (1.046), con todas las ventajas que eso trae. Al respecto, Cúneo advierte un aumento de las “posibilidades de no dañarse”, aun cuando aclara que “eso no significa que hayan desaparecido las relaciones enfermizas, tanto en la convivencia con malestar como en el divorcio hiriente”.
También Carnielli cree que “hoy se acuerda mucho más entre las partes antes de llegar al divorcio”. Por eso para la profesional, que tiene más de 35 años de experiencia, “todo lo que se pueda consensuar sin judicializar (cómo se van a ver a los hijos, con quién van a vivir, cuál será aporte de cada uno) resulta fundamental para los jueces, para los defensores y fundamentalmente para las partes”.
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