Por fin…
No hay ninguna razón para ser optimistas en torno a la suerte de la lucha que encare el estado contra el narcotráfico. El crimen organizado alrededor de este comercio ilegal, sus mecanismos de corrupción, y sobre todo, su facilidad para incorporar a los sectores sociales atraídos por el dinero fácil, resultan mundialmente difíciles de reducir. Por Coni Cherep
No es un problema de la provincia de Santa Fe, ni de la Argentina. Es un problema de la humanidad, que no ha advertido la profundidad del conflicto y que no ha encontrado osadía suficiente, aún, para reconocer que la única manera de frenarlo efectivamente es la regulación del negocio y, de ese modo, “incluirlo” entre las actividades controladas por los fiscos y la salud social.
Mientras no se avance hacia soluciones efectivas, sólo quedará combatirlo en desigualdad de condiciones, sencillamente porque quienes efectivamente lo combaten carecen de poder suficiente y porque en casi todos los países donde explotó este flagelo, se hizo a partir de corroer económicamente a las fuerzas de seguridad y en muchos casos a los dirigentes políticos y judiciales que terminan siendo beneficiarios y/o cómplices, por acción u omisión; por conveniencia o por temor.
Aún así, hay que decir que mientras no se elija el camino de la visibilidad del negocio y no se derrumben los cercos del crimen que implica el tráfico y la competencia territorial entre bandas por fuera de la ley, no queda otra que insistir con la fuerza que se tenga. Y hasta ayer- sí, hasta ayer- en la provincia de Santa Fe, daba la sensación de que los responsables de combatirlo, estaban mucho más preocupados por aprovechar el tema para culpar a los adversarios, a los otros poderes o para provocar zancadillas en el accionar de unos y otros, que en unir fuerzas, dejar las especulaciones de lado y afrontar el conflicto que se cobra muchas vidas por día. No en Rosario, sino en todas las grandes urbes del país.
Ayer, cuando por fin asistimos a una acción concreta conjunta de los Estados nacionales, provinciales y municipales; cuando por fin vimos que se utilizó la inteligencia de la fuerza para desatar al menos un acto de presencia estatal en las zonas más complicadas de Rosario; cuando escuchamos frases pacificadoras desde todos los sectores intervinientes; cuando los vimos codo a codo, comprometidos en recuperar los territorios que fueron secuestrados a lo largo de décadas por las organizaciones mafiosas, se encendió una mecha de esperanza.
El megaoperativo y sus espectacularidades no van a resolver ningún tema si se queda en eso. Es apenas un punto de partida. El comienzo de una nueva etapa, que si se interrumpe por las especulaciones sectoriales, derramará en una mayor desilusión. Es ahora cuando debe aparecer más que nunca, la generosidad de quienes deben acompañar y la tranquilidad de quienes tienen que trabajar en el territorio, sabiendo que cuentan con aliados y no con enemigos en las espaldas.
No importa de dónde vengan, ni a quiénes representarán en las próximas elecciones. No importa, sencillamente, porque a la gente ya no le importa y es eso lo que deben apuntar. Una sociedad que degenera en comportamientos primitivos de resolución de conflictos, es una sociedad que empieza a dejar de creer en sus instituciones y en los hombres que las gobiernan. Y ese lodo de falta de credibilidad no tiene destinatarios partidarios, no distingue entre sanos y enfermos, no discrimina. Los pone a todos en el mismo lugar: el de la insuficiencia y la incapacidad.
El megaoperativo desplegado en Rosario no va a acabar con el narcotráfico, no. Ni en el GBA, ni en Córdoba, ni en ningún punto del planeta. Sencillamente porque nadie pudo hasta ahora en el mundo eliminarlo a base de enfrentamiento armado. Y aunque hay ejemplos de reducción, como en Colombia, no es menos cierto que eso costó la vida de centenares de miles de personas y un desgarramiento social que demandará décadas en recomponer.
Lo que sí supone este mega operativo es una señal clara a la sociedad de que hay tipos en los Estados que por fin entendieron que es un problema de todos y que todos deben estar de ese lado, si es que efectivamente están preocupados en defender a la gente y en devolverles credibilidad sobre las instituciones de la democracia.
La sociedad está hambrienta de señales y ayer, Berni, Bonfatti, los fiscales, los jueces y todas las fuerzas de seguridad que desataron los allanamientos y las detenciones, ofrecieron una.
Es un paso adelante, muy grande. Y ojalá sea el comienzo de una larga caminata conjunta. En la que no importan los nombres ni los partidos, sino la calidad de vida de la gente que los vota y necesita de su representación.
Era hora y todos los ciudadanos de bien tenemos la obligación de acompañarlos. Después vendrán las elecciones, que nunca son definitivas ni consagratorias de divinidades. El poder político es frágil. Se erige y se cae de un día para el otro si no ofrece significados para la sociedad.
Es un paso adelante. En medio de un camino que hasta ayer sólo ofrecía miserias y escándalos. Y hoy, por fin, ofrece una oportunidad.
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