POR QUÉ ESCRIBIR
Guillermo Saccomano nació en Buenos Aires. Actualmente no sólo se desempeña como escritor, también trabaja en el periodismo cultural, escribe en el suplemento Radar de página 12 y además es uno de los investigadores que más sabe de la historieta Argentina. Entre sus obras más importantes figuran los poemas de “Partida de caza” (1979); los libros de cuentos “Situación de peligro” (1986), “Bajo bandera” (1991) y “Animales domésticos” (1994); y las novelas Prohibido escupir sangre (1984), Roberto y Eva. Historias de un amor argentino (1989), “La indiferencia del mundo” y “El buen dolor” (1999).
POR QUE ESCRIBIR – POR GUILLERMO SACCOMANNO
Cuando mi padre me cuenta una historia lo hace con un fin pedagógico. A menudo repite que los medios y los fines deben tener la misma importancia. Los libros son medios para un cambio de conciencia, una superación, eso explica por que mi padre contempla con tanto orgullo su biblioteca en el galpón del fondo. Su biblioteca crece mes a mes cuando cobra el sueldo, quizás le importa más la cantidad que la calidad de los libros que acumula. Sus gustos son caprichosos, anárquicos, casi siempre autores extranjeros. La realidad le responde tanto al estoicisismo como a esa voluntad de superación. Los libros son para el como guantes para su hermano boxeador, una estrategia de ascenso social, casi un título.
Cuando la abuela le critica a mi padre lo que gasta en libros, la electricidad que consume, el la mira con rencor, la ignorancia es una enfermedad comenta. A mi padre le gusta emplear imágenes provenientes de la medicina, la ignorancia es un cáncer dice, detiene a los pueblos en su evolución, a diferencia de mi hermanos que los contaminó el arrabal, que los enfermó, a mi me salvó la literatura.
Una mañana de invierno en la cocina antes de salir para la sastrería al contar las monedas para el colectivo, a mi padre se la caen algunas, mi madre intenta agacharse para juntárselas pero mi padre no la deja, se agacha él, puteando por lo bajo, unas monedas fueron a dar abajo del aparador y están inaccesibles, si mi padre considera una humillación que ella se agache a buscar las monedas no me nombren la rabia que siente al arrodillarse, estirar un brazo bajo el mueble. Al recoger las monedas se le ensucia el puño de la camisa, mi padre putea, un título ideal para esta humillación, “Arrastrarse por monedas”. En esta anécdota dice hay una enseñanza moral, porque para mi padre cada anécdota mínima de lo cotidiano depara una enseñanza. Las novelas según él contienen un mensaje, aunque no resalte en la superficie hay que captarlo, la lectura es una actividad que tarde o temprano rendirá sus frutos, para el no cuenta ni el descanso ni la diversión, todo actividad es instrumental y en su concepción de la utilidad de la literatura se resalta la especulación y en eso se parece a la abuela, la abuela al reprochar el gasto en electricidad especula, mi padre al leer con voracidad también.
Un día decide que yo abandone la lectura de historietas, que los otros pibes del barrio las lean y las coleccionen y cambien en el negocio de rebusque es normal, los pibes del barrio según mis padres son rústicos, que queres con los peronistas, pan y circo, con eso quieren conformar a todos, acá, en esta casa dispones de la biblioteca me dice, las historietas no te dejan nada. Desde mañana vas a leer novelas, novelas juveniles dice, y poco a poco vas a ir formándote. Al día siguiente de vuelta de su trabajo me trae un libro de Salgari de regalo, para alentarme me cuenta la vida de Salgari, un escritor acosado por los problemas económicos, explotados por sus escritores, ganando miseria para alimentar a su familia. Salgari escribió todo el tiempo, día y noche creando sus aventuras y sus personajes memorables. Nadie describió los pasajes del mundo como Salgari dice mi padre, todos los mares, todos los continentes, todas las latitudes, no hubo paisaje que no describiera como la palma de su mano y lo más impresionante dice mi padre, es que este hombre no salió nunca de su cuarto. Todo fue obra de su imaginación, de su trabajo en una biblioteca. Después me pregunta: ¿sabes como murió Salgari? Acosado por la desgracia, sumido en la pobreza, resentido, alcohólico, sifilítico, con una mujer ninfómana que debieron internar por demencia en un manicomio. Seis días después de internarla Salgari intentó suicidarse a la japonesa, se clavó un cuchillo en el estómago, pero no alcanzó, así que manoteó su navaja y comenzó a darse navajazos hasta desangrarse, tenía 48 años. Dejó una carta destinada a los editores, ustedes se han enriquecido con mis libros, me mantuvieron a mí y a mi familia en la miseria, les pido que en compensación de cuanto les hice ganar paguen mi funeral.
Hace ya unos meses que mi padre consiguió trabajo en otra sastrería importante. A fin de mes cuando cobra el sueldo y vuelve a casa, baja del colectivo y se apura entusiasmado por las calles de tierra con un paquete de libros. A penas entra a la cocina pone el paquete sobre la mesa, le entrega el dinero del sueldo a mi madre y se concentra en desenvolver los libros. Lo hace con cuidado, sin rasgar el papel madera del paquete, que después usará para forrar cada libro cuando termine su lectura. En muchos de estos libros se hace necesario abrir las páginas con un corta papeles, abrir un libro siempre es un misterio, huelo cada volumen, aspiro ese olor seco que según mi padre es el de los árboles que sacrificaron su vida para que nosotros podamos elevarnos. Así como para mi padre los libros elevan, para la abuela pueden modificar la razón. A la abuela no sólo le preocupa el gasto de electricidad, que mi padre se quede hasta tarde de madrugada leyendo en la posición de la última lámpara, esa es la única luz de la casa que permanece encendida hasta tan tarde. La única luz de la casa y también del barrio, mi padre lee en posición constante, fuma y cada tanto cuando levanta la vista y considera la oscuridad que lo rodea piensa en la novela que va a escribir. Lo que también le preocupa a la abuela es que mi padre duerma tan poco, y al dormir tan poco pierda además del trabajo el juicio. Por la mañana mi madre nos despierta a mi hermano y a mi para ir al colegio, sobre la mesa de la cocina junto a la lámpara están los libros, una salutaciones, el mate todavía tibio y el cenicero repleto que dejo mi padre, señal de que otra vez fue a la sastrería sin dormir. Tengo miedo de que le pase algo, dice mi madre, esta como ausente. Un fin de mes, cuando vuelve del trabajo con su paquete de libros, mi padre saca un sobre del bolsillo y me lo muestra, el sobre tiene su nombre, y adentro hay billetes, lo que queda de su sueldo, son billetes nuevos, el papel esta flamante, la tinta fresca. La diferencia esta que un libro puede cambiar la vida de un hombre y de muchos, un billete apenas puede conformar la vida uno sólo y a veces ni eso. La platita dice mi madre, mi madre puede llamar al dinero platita, pero mi padre jamás va a denominar a los libros libritos y esta es otra diferencia, ya no entre los libros y los billetes sino entre ellos, entre mi padre y mi madre.
En la sastrería de pompier un capanga de la patronal según mi padre lo toma de punto, una de esas mañanas en que mi padre llega a la sastrería bostezando con sueño y un libro, el pompier le mira el libro, un ensayo, dice mi padre. El pompier le pregunta ¿así que usted es socialista?, mi padre le devuelve la pregunta ¿Por qué? El pompiere lo provoca, los socialistas comparten todo, las mujeres también las comparten, gente muy libre ¿Su mujer también es socialista? Mi padre lo agarra del cuello y es despedido, otra vez en la calle. Tiempo después, un sábado por la tarde, mi padre me pide que lo ayude a envolver una pila de libros.
Cuando terminamos de hacer seis paquetes, contando las monedas para el viaje salimos. En el colectivo mi padre viaja triste, vas a ver dice los libros no son sólo alimento espiritual, con sarcasmo lo dice, mi padre es amigo de un librero de corrientes, enfrente del negocio un cartel con letras rojas anuncia compra, venta, canje de libros usados. Al entrar nos envuelve una atmósfera polvorienta, hay mesas con ofertas, estantes repletos clasificados por géneros y por letra. El librero es un compañero de lucha me dice mi padre, mientras el librero desenvuelve los libros en el mostrador los clasifica no por letra sino por su estado, los más nuevos en una pila los demás en otra, después sobre la caja saca unos billetes y se los da a mi padre. Mi padre no comprende, nos despedimos con pena, caminamos hacia la salida, antes de salir a la calle el librero me chista, pibe, y me pregunta ¿a vos te gustan los libros? Digo que si, entonces no seas nunca librero y me da un libro llevatelo.
Sábado por la noche, la avenida iluminada, las marquesinas rutilando, los autos brillantes, todo tiene un aire de fiesta, la gente va y viene se los ve en los cine y en los restaurantes. El sábado a la noche en corrientes es una fiesta, pero nosotros no estamos invitados. Lo leíste le preguntó a mi padre, en la tapa se lee “Miserias Humanas” de Emilio Zola, mi padre no contesta.
Quince años más tarde, en los 70’, mi padre deja de trabajar como sastre, se emplea en la municipalidad es periodista en la sala de prensa y esto le da cierta tranquilidad, un sueldo a fin de mes, ahora va a escribir esa novela que viene postergando. Pero en 1976 apenas los militares asaltan el poder es sumariado por sus antecedentes, como consecuencia de esa sanción sufre graves trastornos neurológicos que termina postrándolo, tiene 54 años y se derrumba. La perdida de la memoria se le convierte en una obsesión, insiste en escribir. Ahora esta empeñado en escribir unos cuentos de infancia, cuando se pierde la memoria dice uno esta perdido. Entonces le preguntó ¿Por qué escribís? Para acordarte, tenés 30 sos un pibe, no sabes de que te hablo, acordarse, acordarse repite, de lo que viviste, quien sos, mi padre camina con torpeza rengueando y habla con dificultad, quien soy, le pregunto, quien soy. Uno es el que fue o el que imagina que fue en función del que es ahora acomodando la memoria para tranquilizar el presente.
Una mañana mientras mi padre espera el colectivo, un Falcon verde frena en la parada, cuatro tipos secuestran una chica, mi padre forcejea con ellos, uno de los tipos lo golpea con una pistola, mientras la cargan en el auto, la chica grita un teléfono. Mi padre llegó a casa llorando, olvidó el número.
Este cuento fue leído por el escritor en la mesa que trataba sobre “La experiencia narrativa en Argentina” que integraban Enrique Butti, Angélica Gorodischer, Guillermo Saccomanno y Coordinaba la profesora Silvia Calosso.
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