“¿POR QUÉ MATARON A MI MARIDO COBARDEMENTE POR LA ESPALDA?”
Santiago, de tres años y medio apenas se mueve. Como si no entendiera nada de lo que sucede a su alrededor. Alejo, su hermanito de un año, no se despega de su mamá, que parece abrumada después de un día interminable. Comenzó temprano con la inhumación de su marido, el agente Marcelo Ricardo Chávez. En la pequeña mesa de la cocina, sobre un mantel plástico, está la gorra del policía y la bandera argentina que le entregaron hace apenas una hora.
Lorena Carrizo tiene 24 años y hacía cinco que estaba en pareja con Chávez, que tenía 29. La casa en la que la mujer recibe a Clarín es la misma a la que el policía asesinado el lunes —durante un robo a la sucursal del Banco Río en Retiro— invertía cada peso que ganaba para poder terminarla.
Está sobre una calle de tierra, en un barrio humilde de Adrogué, muy lejos de Retiro. “Para ir al banco tenía que tomar un colectivo, el tren y el subte. Y si después iba al Cuerpo de Infantería, tenía que tomar otro colectivo más”, recuerda Lorena.
Durante la charla, la palabra que más veces pronuncia es: “Sacrificio”. “Marcelo pasaba muchas más horas trabajando que en casa. Queríamos terminarla y para eso se sacrificaba mucho. Eso le molestaba un poco, porque pasaba poco tiempo con nosotros”, dice la mujer.
La parte de la casa que ellos habitan (al frente del terreno hay otra, que todavía no está habitable) es tan humilde como el barrio. Dos pequeños cuartos, la cocina y muchos muebles amontonados. El jardín es un poco más amplio, gobernado por dos perros y un camino improvisado de ladrillos que llevan hacia el alambrado que da a la calle.
“Hoy me habló tanta gente. No recuerdo nada ni a nadie. Siento contención, pero el dolor es tan grande que no se que hacer”, dice Lorena mientras sostiene en brazos a Alejo.
Es inevitable volver a hablar de Marcelo. Sin derramar una lágrima y con la voz firme explica que “todos sabíamos el riesgo que corría. Pero bueno… era su vocación”.
Del momento en que mataron a su marido prefiere no hablar, pero asegura que es porque no sabe bien qué fue lo que pasó dentro de la sucursal. Se pregunta: “¿Por qué lo mataron cobardemente por la espalda?”. Esa pregunta sin respuesta la hace con tono de bronca. La expresión de su rostro cambia.
A dos cuadras de su casa está la de Benjamín Chávez, el papá de Marcelo. El hombre, un vidriero desocupado de rasgos bien pronunciados, tiene los ojos cansados y la voz aplastada. Su casa refleja el esfuerzo de toda una vida de trabajo, el mismo esfuerzo que, dice, le inculcó a sus seis hijos.
Una cortina roja separa a la cocina de un living. Detrás de esa cortina se escuchan los llantos de la mamá de Marcelo. “Se había tranquilizado un poco pero volvió a encender la tele y…”, trata de explicar Benjamín y no puede terminar la frase.
El hombre está tan dolorido como su nuera, pero con mucha más bronca. “No se que haría en este momento si entregan al asesino de mi hijo”, murmulla con los dientes bien apretados. “Fue una salvajada lo que hicieron”, agrega. Detrás de la cortina el llanto de su esposa sigue.
Benjamín Chávez reflexiona sobre cómo su tercer hijo se hizo policía. “Tenemos algunos parientes en la Policía, pero no es por una cuestión de tradición familiar. Creo que él entró a la Policía porque en ese momento no había trabajo”, explica.
Sin embargo, después dice: “A Marcelo le gustaba su trabajo. Se sacrificaba mucho laburando y no estaba nunca en su casa. Si no estaba en el Cuerpo de Infantería, estaba haciendo adicional en el banco o en alguna cancha”
Cuando recuerda los hechos del martes en el banco se frota la cara y su voz cobra cambia de tono. “Me contaron que se trabó en lucha para que uno de los ladrones no se escapara. Lo que no entiendo es como los policías tienen que esperar que les apunten para ellos poder tirar. Hay que cambiar esas leyes”, argumenta desde el dolor.
“La Policía me dice que ya tienen a los ladrones identificados. Dios quiera que los agarren. Nosotros vamos a seguir hasta las últimas consecuencias. El último consuelo que tenemos es el de Justicia”, se esperanza.
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