Por tus calles, Chilecito
La mina La Mexicana era la vedette de esta zona de uvas torrontés allá por 1900 y los chilenos se empleaban en ella para extraer oro. Por eso eran mayoría en Chilecito y por eso este lugar se llama así, aunque ahora lo pueblen otras corrientes migratorias, con algunos criollos que se ufanan de su procedencia aborigen.
Chilecito es la segunda ciudad de La Rioja y, como buena riojana, vive del empleo público. Y como el empleo público no es nada rentable, son bien conocidas hoy, como sus vinos o sus dulces, las reyertas entre el gobierno inflexible y un gremio que no está dispuesto a concesiones.
Es que, La Rioja recibe fondos de la nación, fuera de la co participación, que llegan como gastos reservados para que los administre el gobierno provincial y se sabe que, con apenas el 10% de ese monto, se podría aumentar el salario de todos los empleados públicos de la provincia. Hasta que eso no ocurra, Chilecito, como las demás ciudades, seguirán sumidas en la pobreza.
Pero no siempre el bolsillo magro se lleva de acuerdo con las ideas o con la originalidad. Y aquí algo de eso ha quedado. Por ejemplo, es esta la única localidad de la Argentina que tiene un busto en homenaje al guerrillero heroico, Ernesto Che Guevara, en su plaza central. Normando Ocampo, titular de ATE en el pueblo, fue el autor del proyecto, en los tiempos que era concejal.
También a aquel concejo que hoy muchos rememoran con nostalgia, se le ocurrió darle a cada paseo de la plaza nombres ilustres que se escapan siempre con malicia de la historia oficial: Angel Peñaloza, Juan Facundo Quiroga, Felipe Varela, Eva Perón, entre otros ilustres, que hacen olvidar que una partecita también rememora a la uva torrontés.
En cuanto a las calles, aquí también son duros en Chilecito. Por ejemplo, es común ver en el sur argentino que se rememora a Roca, el mayor depredador de aborígenes, en todas las avenidas. Y aquí, para no ser cínicos, le pusieron Bazán –por un médico lugareño- a lo que hasta hace poco fue la Avenida Mitre.
Con casi 40 mil habitantes, muchos de ellos beneficiarios de planes sociales, los chileciteños se quejan de que viven en una ciudad cara. Y así parece, porque pese a que no tiene infraestructura turística, los precios se pueden comparar con los principales centros turísticos del sur.
Igualmente vale la pena una recorrida por la mina que supo dar el oro y el nombre al lugar, conocer las leyendas populares de la zona, como la del Vivorón o llegarse hacia la vecina Nonogasta, para ver cómo vivía Joaquín V. González o cómo viven los Yoma, dueños de la curtiembre del lugar. Yo me quedo.
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