PRESENCIA ENTRAÑABALE DEL CIRCO
Un acróbata, un malabarista, un payaso, un trapecista, una cama elástica, un hombre bala… una carpa. Sí, hacía falta una carpa y una decena de carromatos estacionados alrededor que hablaran de kilómetros y kilómetros recorridos, para decir que había un circo. Ni hablar de la emoción que provocaba ser testigo privilegiado del armado de esa tienda enorme a la que se ansiaba entrar para ver si era cierto lo de la mujer barbuda. Pasaron los años, pero los circos dejaron de hacerlo. ¿Habrá sido por la crisis? ¿Cuál de todas? ¿Será que la ecología se hizo fuerte y ya no es tan bien visto tener decenas de animales que levantaban la patita?
Lo cierto es que de esas rutinas de la niñez hoy queda poco más que la nostalgia. Una nostalgia que se puede contrarrestar con nuevas rutinas -muy circenses, por cierto- que se sacudieron las carpas y los carromatos de encima, para salir a las calles, a las plazas y para meterse en los teatros. Es paradójico, pero en una época en la que sería sencillo suponer que el circo tradicional (al menos por estas tierras) está dando sus últimos y agónicos coletazos, se puede afirmar que el “nuevo circo” está más vivo que nunca, tanto que no para de hacer travesuras: como colarse en cuanto espectáculo infantil le da lugar.
Es así que con la sola presencia de un circo tradicional en la zona oeste del conurbano bonaerense (Daktari, de descendientes de la familia Stevanovich), la estética circense sobrevuela de manera tangencial, en algunos casos, o muy contundente en otros, más de una docena de espectáculos para chicos en estas vacaciones de invierno.
“El circo tardó en aggiornarse, se quedó enclaustrado en sí mismo y se quitó la posibilidad de reflexionar. Cuando ya conocés cómo sigue la rutina, lo que te van a contar, dejás de ir. Por eso la aparición del Cirque du Soleil fue tan fuerte. Con ellos el circo arrancó de nuevo, renovado”. Marcelo Katz, director de la Compañía Clun rescata la influencia que ejerció el grupo canadiense en la construcción de lo que se denomina “nuevo circo”, una vuelta de tuerca sobre las disciplinas circenses con un tratamiento más plástico y sin la presencia de animales en escena.
De hecho, Katz dirigió -junto a Gerardo Hochman- La Troup, uno de los primeros referentes locales de esta nueva tendencia.
Por estos días de niños pululantes, la Compañía Clun tiene en cartel dos espectáculos teatrales en los que lo circense cobra un rol protagónico: en “Allegro ma non troppo” los que llevan adelante la historia (con tonos tristones) son tres clowns. “El del clown es un trabajo teatral en el que prima la búsqueda del propio ridículo, en el que se reaprende a jugar. No se hace pensando necesariamente en un público infantil, es un entrenamiento que te vuelve a conectar con la espontaneidad, tiene que ver con sacarse las máscaras, con dejarse llevar a un estado más primario”, detalla Katz.
“Guillermo Tell”, la otra propuesta de la Compañía Clun, es una versión inspirada en la ópera de Rossini. Aquí el circo llega de manera muy concreta -con acróbatas aéreos y todo- a la feria del pueblo donde se cuenta la historia. Pero los aplausos fuera de programa se los llevan dos clowns (Diversa y Teasisto) que, invisibles a los ojos de los actores, ubican los objetos de la escenografía, tienen guiños de complicidad con el público a la vez que hacen de relatores de parte de la trama.
Con escuela propia
El otro responsable de lo que fue La Troup, Gerardo Hochman, también tiene dos espectáculos en cartel eminentemente circenses: “Ronda” y “Vibra”. El primero se instala en una plaza de pueblo como un circo rioplatense que se mueve al ritmo de candombes, murgas, tangos y milongas. “Es un circo muy bailado -dice Hochman-. Aquí, danza, acrobacias y malabares están fusionados. Es lo que venimos trabajando desde hace mucho tiempo: mezclar el circo con la danza y el teatro, pero creo que en este espectáculo están más indivisibles que nunca. Las piruetas y los demás movimientos están en el mismo plano”, dijo el director cuando se estrenó el espectáculo que ya lleva varios meses en cartel a sala llena (800 butacas) en el Centro Cultural San Martín.
“Vibra”, por su parte, es el espectáculo de graduación (así podría decirse) de los ahora ex alumnos de la Escuela de Circo La Arena, que dirige el propio Hochman.
Otros que se valen de las artes circenses para salir a escena son los responsables de “Canciones para mirar”, show musical en el que las melodías de María Elena Walsh son recreadas, cantadas y jugadas por Fabián Gianola y sus secuaces cirqueros y murgueros.
Pero si hay que hablar de payasos, no se puede dejar de lado a Piñón Fijo, uno bastante particular si se tiene en cuenta que no hace “payasadas”. “En realidad, yo empecé como mimo, pero como me gustaba la música y quería cantar, a ese mimo le agregué la boca para poder sacarlo de su mutismo. No soy un payaso convencional, de hecho no tengo nariz roja, ni tengo rutinas propias del payaso. Debería decir que soy una mezcla de mimo, payaso y duende”, explica Fabián Gómez detrás de su infranqueable disfraz.
Aunque falten las carpas, es claro, que el espíritu circense sigue vivo.
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