PROPONEN HABILITAR UN PARADOR PARA NIÑOS QUE SE GROGAN EN LA TERMINAL
Qué hacer con los chicos que viven en las calles cercanas a la terminal de ómnibus y aspiran pegamento es un dilema planteando muchas veces desde estas páginas, a través de las propuestas individuales y experimentales de distintos organismos del Estado.
La pregunta obligada es entonces: ¿por qué pasan los años y los menores permanecen en el mismo lugar, con los mismos hábitos, degradando cada vez más su salud y anulando expectativas de un futuro distinto?
Ana María Elvira es secretaria social del Juzgado de Menores Nº 2, donde trabaja desde hace 30 años, y candidata firme a ocupar el cargo que dejó vacante el ex juez de menores Julio Rogiano. Sobre su escritorio descansan 42 expedientes de chicos de la calle que deambulan por la zona del microcentro, la mayoría adictos al poxi-ram.
Aún sabiendo lo difícil que resulta abordar el tema con vistas a avanzar en soluciones reales, el año pasado presentó un proyecto sobre esta problemática en la Comisión Provincial para la Prevención y Erradicación Progresiva del Trabajo Infantil -creada por decreto 231 por el gobernador Jorge Obeid en marzo de 2004-, la cual integró.
Su propuesta es habilitar una casa -que llama “parador”- medianamente céntrica, mejor aún si está ubicada en inmediaciones a la terminal, adonde los chicos encuentren refugio cuando lo necesiten.
“Que la puerta se abra cuando llegue la noche, sientan hambre, frío o estén cansados. Que puedan recibir una taza de leche caliente, bañarse y acostarse en una cama abrigada, y no se poxirraneen. Pero que al otro día cuando se levanten, la puerta vuelva a abrirse si ése es su deseo”, detalló.
Esto sólo no es suficiente y debe entenderse como un primer paso indispensable para lograr un acercamiento. “Esta casa tiene que estar atendida las 24 horas del día por un especialista que realmente quiera a los chicos y que los conozca para empezar a trabajar la individualidad de cada menor de forma integral”, remarcó como prioritario.
Libres como pájaros
Si algo tiene claro Elvira es que en la ciudad de Santa Fe no hay instituciones preparadas para brindar respuestas a estos niños. De allí la necesidad de crear una en la que imperen nuevos métodos de abordaje.
En primer lugar, son adictos. Y todos los centros que tienen convenio con la Dirección de Drogas exigen, para recibirlos, que el menor tenga voluntad de curarse. “Ninguno de los chiquitos de la terminal quiere curarse, y están muy lesionados por el pegamento”.
A esto se suma la ausencia total de hábitos, los problemas de salud producto de la mala alimentación y la falta de higiene, el desinterés de los padres y los problemas sociales.
“Los papás no quieren tenerlos y nos dicen que nos arreglemos nosotros. Como no vuelven nunca a sus hogares, la Dirección de Minoridad los deriva al Centro de Admisión (Buenos Aires y San José) desde donde a las pocas horas nos informan por fax que se fugaron. No los podemos poner presos porque son menores, hay que respetarles todos sus derechos y muchas veces no cometieron ningún delito. No podemos llevarlos a una institución común porque no pueden recibir el mismo abordaje que un chico que tiene hábitos, que sabe que tiene que bañarse, lavarse los dientes, ir a la escuela. Ellos han sido excluidos de todo y son libres como pájaros. No soportan el encierro, no duran en ningún lado y terminan escapándose”, describió para mostrar lo complejo de la situación.
Desde el amor
Por eso, apela a las instituciones del poder administrador y a quienes manejan los recursos de ese poder, -Minoridad y Familia, Municipalidad, Dirección de Drogas, distintos Ministerios, Secretaría de Derechos Humanos- a que busquen esta casa céntrica que al menos tenga una habitación y un baño porque “no basta con que los operadores de calle los conozcan; se necesita una institución que dé respuesta a la problemática que los santafesinos estamos teniendo, y el poder administrador lo sabe”, apuntó.
Es avergonzante escuchar que “los vieron cuando tenían 10 años, que los conocen, que los tienen identificados, y hoy tienen 13 y siguen tirados en el mismo lugar. Esto pasa porque no se entiende que hay que abordarlos de una manera distinta. Y mientras no exista un lugar para empezar a trabajar la individualidad de los menores, no se los puede poner en los lugares tradicionales”.
El amor, el afecto, el respeto son claves para mostrarles lentamente a los chicos que otro futuro es posible. Más allá de que las lesiones serán imposibles de borrar.
“Cuando alguien los quiere de verdad el chico lo huele. Por eso, puede hacer mucho más una persona que esté capacitada y los quiera realmente y no un técnico famoso que no va a entablar nada con los chicos, que necesitan sobre todo muchísimo afecto, que los quieran y que consideren que son alguien importante”.
Todos somos culpables
Ana María Elvira trabaja en el Juzgado de Menores desde hace 30 años y asegura que hace 10 apareció esta problemática en la ciudad.
Con el paso del tiempo, observó con preocupación que cada vez es más baja la edad de los chicos que eligen la calle para vivir y el pegamento para subsistir.
Hace 5 años “los poxirraneros” tenían entre 14 y 17 años; después fueron menores entre 10 y 12 años; y ahora hay chiquitos de 8 y 9.
“Las instituciones tradicionales de Santa Fe no sirven para atenderlos porque fueron diseñadas para chicos que uno dejaba y se quedaban. Estos se fugan”.
Una década parece no haber alcanzado para crear un lugar adecuado para darles tratamiento. “No hay de parte del Estado un abordaje integral de esta problemática y es quien primero destruyó sus derechos porque no los protegió desde que nacieron. En definitiva, todos somos un poco culpables: el Estado, la familia, el barrio, la escuela y la sociedad que mira para otro lado”, sentenció la muy probablemente futura jueza de Menores.
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