Punta Arena
La primera que la Premio Novel chilena Gabriela Mistral publicó un libro le llamó “Desolación”. Gabriela vivió por entonces en Punta Arena. Dicen que la obra lleva el libro de una isla de la zona. Pero bien podría habérsele ocurrido una tarde ventosa como cualquiera de las de este sitio, donde el viento rige el peinado de las arboledas y el espíritu de la gente.
No obstante, será justo reconocer que Punta Arena se empeña en no caer rendida ante el gris bastante permanente del cielo. Los colores de sus casas que reúnen estilos modernos traídos por los gringos inmigrantes o chaperíos coquetos reciclados que ocupaban los pobladores originarios, le dan una impronta de ciudad portuaria y bien crecida, tanto que ya alcanza los 150 mil habitantes.
Dice un trabajador joven de los ventarrones del sur de Chile que “aquí en Punta Arenas, en un día se pueden hallar las cuatro estaciones del año”. Ya puede amanecer nevando o lloviendo, como puede salir el sol un par de horas después o refrescar con la caída de la tarde que, en verano, casi siempre es más cerca de lo que para los del centro sería la medianoche.
El puerto, la fuerte presencia de cuarteles militares en la zona, la condición de cosmopolita de toda ciudad portuaria, el aislamiento por su ubicación geográfica, conforman una urbe más que particular, donde la identidad pareciera tener que ser refrendada a cada momento, tanto que se expresa en cientos de banderas chilenas que flamean sea de los edificios públicos, como de los autos o los colectivos del transporte urbano.
Igualmente, Chile no es un buen partido hoy en día para los argentinos de bolsillo flaco. El cambio monetario es desfavorable y los turistas que en los 90 llegaban aquí a hacerse una pequeña América comprando en la zona franca, han tenido que dejar lugar a gentes de otras latitudes. Muchos extranjeros vienen a Chile, pero no del otro lado de la Cordillera, sino de la Europa de los euros fuertes que son los únicos que pueden hacerse valer por estas latitudes.
Según la historia oficial Punta Arena es territorio chileno desde los tiempos de la conformación de los estados de Chile y Argentina, porque la capitanía de Chile, dependiente de España, la tenía bajo su jurisdicción. Lo cierto es que hoy es un lugar estratégico y antes lo fue mucho más. Cuando no existía el canal de Panamá, todo el tráfico marítimo del mundo se veía obligado a pasar por su puerto.
A propósito de este, una alternativa insoslayable –si el viento lo permite- es un paseo por los bodegones de la zona, donde se venden mariscos frescos como si el tiempo en el que los piratas como Drake asolaban estas tierras, estaría más cercano, o como si la identidad de Arena se mantuviera inalterable a partir de la conservación de estos espacios donde pululan personajes de antología y el pisco es que suelta lenguas que tantas historias esconden.
Punta Arena es la capital de la Patagonia Chilena. Como alternativa turística así se promociona y tiene una política similar a la empleada por sus localidades vecinas de la Argentina. Una recorrida por una de las ciudades más lindas del sur chileno merece la pena. Igualmente, si el estrecho de Magallanes cesa su agitación, pronto le diremos adiós para cruzar a Tierra del Fuego.
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