“QUE LA VERDAD NO ALCANCE, ME VUELVE LOCA…”
Es decir, interroga la relación entre datos objetivos de la realidad (verdad); interpretación y reparación del conflicto (justicia) y vivencias, sentimientos, conductas (salud mental).
La humanidad, en su devenir histórico, ha necesitado de la creación de La Ley, del Derecho, como contrato social que medie entre los conflictos humanos, los que de otra manera se resolverían, forzosamente, en la violencia del cuerpo a cuerpo.
Es decir, se necesitó precisar lo que está en juego en los conflictos y definir así las modalidades de resolución de los mismos. Modalidades de resolución que implicaron, necesariamente, la inclusión de la sanción como respuesta al daño producido. Dicha sanción no tendría por objeto la satisfacción de una necesidad de venganza, sino la reparación del daño.
La sanción reparadora, que para que sea verdaderamente reparadora debe ser justa, salda el conflicto, ya que enmienda material y socialmente el daño producido y a la vez, se constituye en un modelo eficaz.
La sanción justa, enseña que hay actos que no son correctos, es decir, enseña que no es correcto delinquir, también enseña que quien transgrede una norma, una ley, debe ser pasible de una sanción proporcional que repare el daño producido, y sobre todo, como modelo eficaz, enseña a no usar la violencia como respuesta al perjuicio sufrido.
La reparación justa genera además otro aspecto importante en el campo de los conflictos humanos, en particular de la salud mental, permite el inicio del duelo por lo perdido.
Por el contrario, la impunidad, la no sanción del crimen o de la acción que dañó a otros, no solo protege y resguarda al victimario, al agresor, sino que impide que la Justicia y la Ley cumplan las funciones de reparación simbólica, de normatividad y de cohesión social ya que subvierte el orden al que deben responder universalmente todos los miembros de la comunidad.
En su camino, la impunidad no solo diluye la distinción entre lo legal e ilegal, también diluye lo que es ético, lo que es moral e inmoral, pero por sobre todas las cosas, diluye la mediación entre la necesidad de justicia y lo prohibido, la venganza, la justicia por mano propia.
Cuando estas categorías se disgregan, no es sin consecuencias en la dimensión subjetiva, ya que se destruye el prisma desde el cual se leen los acontecimientos, quedando cuestionados los criterios, normas y enunciados que rigen en el presente el proceso social y regulan la relación entre sujeto y sociedad.
Cuando no hay Ley, todo pasa a ser posible. Las personas sienten que cualquier cosa puede pasar ya que no hay nada que las proteja. Cuando no hay Ley las personas quedan sometidas a la fuerza del mas fuerte y quedan sometidas al miedo de que vuelva a pasar eso que es terrible, siniestro.
Cuando no hay Ley, no solo se produce un daño en el mundo objetivo, también se produce un enorme daño en el mundo subjetivo, ya que se promueven intensos sentimientos de desamparo frente a la arbitrariedad a la que está sujeta la evaluación de los acontecimientos, con la consecuente fragilización psíquica.
La impunidad es un fenómeno complejo, que excede largamente el solo aspecto del beneficio directo que recibe el victimario por sobre el resto de la comunidad. La Impunidad, para poder actuar y legitimarse, promueve un profundo proceso de desmentida de la percepción, es decir, produce un fenómeno intenso de inducciones a través de las cuales se intenta cambiar la percepción del hecho punible, tergiversa leyes, niega acontecimientos, diluye responsabilidades.
El correlato psicológico de esta situación en las víctimas es la vivencia de locura, ya que lo que su razón comprende y lo que captan sus sentidos, producto del conocimiento de los hechos y de la experiencia vivida, no solo no alcanza para explicar la situación, sino que es desacreditado desde el mismo lugar de poder que debería mediar en el conflicto arbitrando justicia, rompiendo así la íntima relación que debería tener la verdad y la justicia.
Al cumplirse tres años de producida la inundación, el tiempo no ha pasado en una vana espera de justicia, los inundados y de ellos en particular los movimientos de inundados en lucha, junto a las organizaciones sociales, civiles y políticas que solidariamente los acompañan, han tenido la dura tarea, el largo esfuerzo de luchar tratando de imponer la verdad y la justicia por sobre la mentira y la impunidad.
Durante estos tres años, los inundados han tenido que ordenar meticulosamente los hechos que aparecían desarticulados, de encontrar los datos que sistemáticamente se ocultaban, de buscar y entender las causas y de señalar a los responsables.
Durante estos tres años, los inundados, las sencillas gentes de los barrios del oeste, en lugar de poder atender las tremendas heridas que les produjo la catástrofe, han tenido que ser ingenieros, arquitectos, abogados y legistas.
Durante estos tres años, los inundados, han tenido la ardua exigencia de tener que reescribir la historia para que el orden de los acontecimientos sea esclarecido y los responsables de la inundación puedan ser identificados y señalados.
Durante estos tres años, los inundados aprendieron de qué manera y por qué el poder se recicla.
Durante estos tres años, los inundados aprendieron muchas cosas dolorosas, pero también aprendieron que “las únicas luchas que se pierden son las que se abandonan”.
Durante estos tres años, los inundados han tenido que enfrentarse a las maniobras, muy bien aprendidas de la dictadura, de quienes los tratan de “loquitos” por que no se resignan y siguen buscando justicia.
Durante estos tres años, los inundados han enfrentado una dura batalla contra el dolor, el desamparo y la injusticia. Aprendieron que sin justicia en todos y para todos es imposible recuperar la tranquilidad perdida. Durante estos tres años los inundados aprendieron que les va le vida en ello.
(*) Directoras de la Primera Escuela de Psicología Social de Santa Fe, Dr. E. Pichón Rivière
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