Que la virgen te ayude
Es otra vez la ruta 40. La de los mitos, la de las aventuras, la de la historia, la de los intrépidos, la de los fotógrafos, la de los camioneros. La ruta 40 no es cualquiera. No, en los términos que uno, desde un pensamiento urbano, concibe una ruta. Uno tiene la idea que una ruta se inicia en un punto y, más o menos en un tiempo prudente, conduce hacia otro punto, con algún recodo, alguna curva. Esa es la idea. Pero no, en la 40 no cuenta.
No cualquier ruta arranca en Ushuaia y termina en Canadá, recibe el mote de Panamericana y guarda semejante respeto. De modo que se ha ganado el prestigio. No cualquier ruta desaparece cuando quiere, vuelve a aparecer, es de asfalto, piedra o tierra según se le antoje. De modo que la 40 tiene, a diferencia de otras rutas, su propia personalidad.
Justamente en el tramo que va entre las localidades catamarqueñas de Santa María y Belén, se le da por pasar por dentro mismo de numerosos ríos y arroyuelos de montaña. ¿Qué cómo es esto? Bueno, las convenciones viales mandan que, ante la presencia de un río, se construyen puentes para salvarlos. Hay casos más pomposos –como el camino Santa Fe – Paraná- en el que se erigen túneles. Pero no, aquí no sucede.
Aquí, la ruta baja hasta los ríos mismos y hay que atravesarlos. Para colmo, la sierra que manda las aguas hacia la ruta se llama Sierra del Hombre Muerto, un nombre al menos intimidatorio para quien por primera vez y con un auto bajito, se atreve a viajar por el desierto de Saadi, tal como lo he bautizado, nomás para no perder el humor, en sitios donde se puede perder cualquier cosa.
Catamarca es católica por donde se la mire y a alguien habrá que pedirle si queremos atravesar ilesos esta ruta. Todos los lugares se llaman Santa Mariana o Belén o Jesús y en todos cuelgan imágenes de la virgencita del Valle, que tiene tantos devotos como pobladores existan en la zona. Las ermitas y los crucifijos aparecen a cada vuelta y las iglesias de varios siglos son edificios sagrados.
Ante semejante panorama, al menos hay carteles que advierten: “al pasar por los ríos, transite con precaución”. Y no es para menos. Nadie en su sano juicio pasaría un río con un auto a alta velocidad. Por fortuna, la mayoría de los ríos, no tienen agua. Algunos tienen un hilito y otros nada. Sólo que al llegar a Hualfin, un diminuto pueblo en medio del valle, rodeado de polvo y piedra, hay un riacho que sí tiene bastante líquido.
Ha quedado dicho ya que un viajero, tras varios meses en el camino, establece una comunicación con su automóvil. El coche ruge de un modo en el que uno puede distinguir que es lo que necesita y se para o acelera, más allá de lo que mande el pie, según lo que quiera comunicar. El y yo pensamos por un instante que algún río seco puede crecer de repente, como buen río de montaña, y ahogarnos ahí nomás. Pero ninguno dice nada.
Casualmente, frente al río de Huanfil, el auto carraspeó, como advirtiendo que algo malo podía suceder, pero yo no quise aparecer como blando de carácter y decidí imponerme. Demostrarle que, por más amigos que nos hiciéramos, no iba a hacer él el que dominara la relación. De modo que encaré hacia el río, con la vista mirando más lejos, advirtiendo que había dos ríos más en los metros siguientes. Y sucedió lo que tenía que suceder.
En medio del cauce descubrí que en realidad debía atravesarlo en diagonal, porque se bifurcaba la ruta y yo estaba tomando un camino secundario, equivocadamente. Pero fue demasiado tarde. El coche se mancó, como diciendo él también: “te dije que por acá sería complicado”. Y meta acelerar marcha atrás, meta acelerar hacia delante, se fue hundiendo cada vez más, como imagen política de Marcelo Alvarez.
Ya enterrado, lo miré sonriente, como implorándole al desierto de Saadi que me devolviera mi coche, que no se lo tragara, pero con la idea de aparentar la tranquilidad mayor. Hasta que unos jinetes que cabalgaban por la zona se acercaron para colaborar. Entre los tres, bien fornidos, probaron de levantar el coche del río. Pero no hubo caso. Él escupió arena y barro por los costados de ambas ruedas delanteras y se hundió aún más.
Un perro flaco miraba la escena con conmiseración y el sol hacía lo suyo para decorar la escena con rayos penetrantes que reflejaban en el agua. Unos tacos de madera también fueron infructuosos. Hasta que apareció un camionero con un cable de acero y en un par de minutos, dejó la situación nada más que en el lugar que se merece: una simple anécdota.
De todos modos, ahora que ya recorrí los 60 kilómetros de ripio que faltaban para llegar a Belén, ahora que estoy bañado y casi huelo a perfume fresco de la montaña, miro el techo de un albergue de paredes amarillentas y baldosas rojas y por la ventana se me cuela una imagen de la Virgen del Valle, suspendida en la montaña. Estoy a punto de decir que fue ella la que me ayudó. Pero no. Por suerte viene la casera y, antes que alucine, me aclara que es un efecto nocturno, de una imagen iluminada de la Virgen a la que podré llegar mañana caminando por el cerro. Entonces fue el camionero nomás el que me salvó. Y cable de acero.
claudio_ [email protected]
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