Que las hay, las hay
La vida del campo es, más que nada para los que venimos de la ciudad, sumamente esforzada. Si como periodistas ambulantes elegimos vivir en cada sitio como vive la gente del lugar, pues ahora que hemos llegado al campo, deberemos hacerlo, aún en perjuicio de un físico que está acostumbrado a tareas menos livianas, por no decir casi nulas.
Un campo de vid a un costado, la cordillera blanca al otro, atardeceres lilas y bordó y amaneceres dorados suponen un costo, claro. Porque a la vid hay que regarla, los huertos sembrarlos y –aquí sí los urbanos vamos muertos- los cómodos servicios a los que tantas veces les reclamamos ineficiencia, aquí directamente brillan por su ausencia. Lo que en la ciudad es un segundo, abrir una canilla, prender un mechero, llamar por teléfono, en el campo es más tiempo.
Pero nos vamos acostumbrando. Prender la bomba de agua a tiempo. Conseguir señal telefónica en un determinado lugar. Jinetear, que aquí es indispensable. Buscar leña para calentar el hogar y combatir las temperaturas precordilleranas de bajo cero. Claro que, si encima que a uno le cuesta, también recibe trabas del destino, o del más allá, todo puede comenzar a complicarse.
Fue anoche. Lo recuerdo perfectamente. Fue en la sobremesa. El anfitrión, tomador y conversador como todo amigo lo debe ser, dijo el nombre que jamás debió decir. Fue un segundo. Una fracción de segundo, acaso. Hubo un silencio siguiente, la tardía puesta en práctica de antídotos que hablan de tomarse la zona baja o cruzar los dedos. Pero no alcanzó. El amigo anfitrión lo nombró.
Lo dijo así, como quien invita otra copa o comenta sobre el tiempo. Como algo trivial. Lo nombró y no así nomás. Dijo nombre y apellido. Y hasta sus discos.
Es bien conocido que hay en Santa Fe un famoso cantautor al que se le atribuyen poderes sobrenaturales para arruinarle el día al menos supersticioso. Y este buen hombre, mi amigo, lo nombró.
No sólo eso. Agregó que era fanático de este otro buen hombre que anda siempre con guitarra y suele vestir de gaucho. Como nadie atinaba a nada lo siguió nombrando y agregando qué temas y qué discos eran sus favoritos. Después vinieron las explicaciones inútiles y este día de hoy, en que ya nada volvió a ser igual. O normal. O moneda corriente.
Ciento sesenta y tres días después mi fiel auto apareció con una goma pinchada. Anduvo por picadas y nada. Por tosca y nada. Por la arena y nada. Por la nieve y nada. Pero ahora sí. Y fue justo la mañana siguiente en que lo nombraron a él. Y más. Una manguera de radiador se pinchó y todo el anticongelante fue dar con el pasto. Se hizo escarcha y luego humo. Ahora taller para el fiel. Justo, justito, después de anoche, cuando él fue tema de conversación.
Pero como uno debe tomarse todo con calma en la ruta, un baño suele ser reparador. Siempre que no sea esta ducha de hoy, una ducha que no fue. ¿Qué cómo? Bueno, que tres grados bajo cero dicen en la radio. Y que después del jabón y del shampoo se terminó el agua. Toda el agua de las acequias mendocinas se terminó. Y yo ahí, a grito pelado, herido de hielo.
Ahora estoy escribiendo desde la puerta del taller, donde van a reparar el coche y el pelo comienza a secarse, aunque ya me visitan los primeros estornudos. Lo de la cubierta no fue nada, apenas una caminata de 4 kilómetros hasta el puesto de auxilio más cercano. Y el gato andaba, porque no es cosa de ensuciar a un pobre tipo con estos motes de mufa o yeta. Que no, por favor. Es dura la vida de campo. Acá tengo los discos del sujeto. Se los robé a mi amigo. Ahí veo un container.
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