¿Qué número tienen los bomberos?
Es curioso, pero puesto delante del capot de un auto, de tu propio auto, con los cables humeando, haciendo un chisporroteo que saben a la antesala de un incendio, en medio de un camino provincial del desierto patagónico al que la lluvia reciente ha convertido en un lodazal, se te ocurren pocas cosas y algunas que, hasta minutos antes te parecían verdaderamente significantes, no tienen lugar en la agenda de quien puede estar a punto de perderlo todo.
Todo lo que se ve a derecha o izquierda, al norte o al sur, es un desierto de color ocre grande como la imaginación humana lo permita. Si algún diccionario moderno quisiera explicar qué es la nada, podría decir que de esto se trata. Los ñandúes y los guanacos que decoraron el paisaje hasta hace unos minutos también se esfumaron. Ni siquiera anda por ahí ese tatú mulita que a poco estuvo de perder la vida bajo las embarradas cubiertas del coche que ahora quiere arder.
Está por venir el asesino Bush a la Argentina; será en unos días. Esta nueva versión de Pekerman, mecanizado, buscando el empate fuera de casa. Ese intercambio epistolar entre Binner y Obeid, para alquilar balcones. Todo lo que a menudo a uno le ocupa buena parte del día no tiene lugar y eso que nunca tiene lugar es lo que ahora a uno verdaderamente lo ocupa: ¿andará ese puto matafuego?
¿La nota que iba a ser una empantanada vulgar que ya ni recuerdo, camino a Cueva de las Manos, acabará siendo la crónica de la muerte de un periodista ambulante incendiado junto a su compañera y su coche? El agua de un bidón y la taba que no quiere ser culo acuerdan que nada de esto suceda. El olor a cable quemado empieza a dominar el ambiente, pero estos ya no crujen, aún cuando la humareda flota dentro del vehículo.
Las especulaciones no se hacen esperar. Que pudo ser que el motor hizo tanta fuerza para subir esta empinada y enlodazada cuesta que se recalentó la instalación eléctrica. Que puede que un cortocircuito inoportuno nos vino a visitar justo ahora, cuando estábamos a 10 kilómetros de la Cueva de las Manos, un lugar en que hace 9 mil años, los tehuelches dejaron grabado su arte.
Todas presunciones de neófitos asustados. Lo concreto es que, con la certeza de que el fuego no lo devorará todo, que seguirá habiendo cámara y computadora portátil, carpa y crónicas, ahora lo importante pasa a ser otra cosa. ¿Que ahora sí cuentan Bush y su maldita cumbre, Pekerman y su nueva mezquindad, Obeid y Binner? No. Ahora urge saber, sin señal de celular ni teléfonos en la zona, quién puta nos podrá sacar de aquí.
Con las piernas embarradas hasta los tobillos y los nervios tensados hasta el desgarro es improbable calcular el tiempo que demoró la respuesta. Digamos que fue todo demasiado rápido, en un lugar donde el tiempo se cuenta según pasen los ñandúes y la amplitud térmica se siente según enseguida empiece a bajar el sol. La vimos llegar. Una combi blanca, en zigzag por la arcilla que supo ser una ruta.
Después, un chofer fortachón y un contingente de alemanes hicieron fuerza para sacar el auto del barro y dejarlo en un lugar donde no fuera víctima de alguna camioneta con piloto raudo. También colaboró una linga de acero que zamarreó el coche hasta colocarlo a un costado, más cerca de la banquina. Y después de semejante trastorno, que el incendiado espere que nosotros vamos a la Cueva de las Manos y luego volvemos por él. Serán sólo un par de horas.
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