¿QUIEN MATÓ A CONSTANTINO RAZZETTI?
Su investigación apenas mereció un expediente de 138 folios en los que no se siguieron las pistas ni tampoco se tuvo en cuenta que era el vicepresidente del Banco Municipal
. Varios de los entonces compañeros del bioquímico asesinado prometieron reabrir el caso, cerrado en 1981, pero nunca hicieron nada. De acuerdo a la investigación periodística, los motivos que originaron una nueva impunidad de la crónica política regional van desde el miedo a la complicidad con sus matadores intelectuales. El fondo de este recorrido no está constituido solamente por el enfrentamiento interno del peronismo de los años setenta, sino también por el rol desempeñado por poderosos sindicatos, como el de la Carne. El caso Razzetti no habla del pasado, sino del presente. De allí la importancia de conocer algunos de sus detalles.
Primavera del ‘73
El martillero Vicente Ferrero venía en su automóvil Torino Coupé, cerca de las ocho y media de la noche, el sábado 13 de octubre de 1973, con destino a su casa, ubicada en bulevar Oroño al 8 Bis. Era una noche clara y muy agradable. La primavera rosarina se presentaba con su mejor vestido. En el Teatro “El Círculo”, Federico Luppi representaba al Túpac Amaru de David Viñas, mientras que en el Gran Rex se exhibía “Hermano Sol, hermana Luna”, de Zefirelli, en homenaje a San Francisco de Asís. Las publicidades de Robel y Calzacuer tentaban a los rosarinos. Una delegación de presidentes extranjeros comenzaban a despedirse de Perón. Entre ellos, Richard Nixon y Dorticós, de Cuba. Era una hermosa nochecita de primavera, volvió a pensar Ferrero, a bordo de su Torino.
De pronto lo pararon tres jóvenes entre dieciocho y veintidós años. Primero le robaron su reloj de oro y su anillo de sello, después mil quinientos pesos y por último lo bajaron en Arijón y circunvalación. “Somos del ERP”, se presentaron.
Le dijeron que al coche lo iban a utilizar para sacar a dos compañeros que estaban presos cerca de la ciudad de Córdoba y otro en la Capital Federal.
-Cuando estemos todos libres vamos a boletear a un fulano y después también al propio Perón porque no cumplieron con nosotros. Ahora bajate y quedate piola.
El Torino se perdió hacia la zona de Ovidio Lagos, buscando el sur.
La noche de aquel sábado seguía inalterable en sus perfumes y con su airecito reparador.
Minutos después de las veintiuna, en el corazón del barrio Casiano Casas, en Anchoris y Aráoz, la seccional 10ª del Partido Justicialista, iniciaba la cena con la que festejarían la asunción del viejo General a la presidencia de la Nación.
Hasta allí llegaron Nélida Gitrón de Razzetti; su esposo, el entonces vicepresidente del Banco Municipal de Rosario, Constantino Razzetti; y uno de sus tres hijos, Luis, de veintiún años. Formaban parte de un grupo de casi ciento cincuenta comensales convocados por la Unidad Básica “Coronel Cogorno”, en homenaje a aquel militar peronista que murió en el levantamiento de junio de 1956 y que terminara en la “Operación Masacre” que describiera Rodolfo Walsh.
A eso de las diez empezaron los discursos. El anfitrión, Luis Scarazzini dio la bienvenida e invitó al bioquímico Razzettti, de 58 años, para que se dirija al público.
-Hay que tener los ojos vigilantes, uno atento y puesto en la tarea de la reconstrucción nacional. El otro vigilando y mirando a nuestro lado para que nos avise adónde está la traición, dónde están los agentes del enemigo. Se los acusa a los muchachos de la JP de ser rojos y lo único rojo que tienen es la sangre que han aportado en pos de la liberación nacional -dijo uno de los principales referentes del peronismo rosarino.
Nélida, su mujer, se dio cuenta que un grupo de hombres que se hallaba en la cabecera de la mesa no aplaudió. Cuando Constantino volvió junto a ella le comentó por lo bajo: “No se para qué nos invitaron acá”.
Después fue el turno de Anita Mercedes Fared de Mansilla y el cierre le correspondió al entonces diputado provincial, Juan “Chancho” Lucero, uno de los míticos fundadores de las Fuerzas Armadas Peronistas que tuvieran su bautismo de fuego en los montes tucumanos de Taco Ralo.
Lucero tampoco se sentía cómodo.
“Ahí estaba sentado López Quiroga y otros jóvenes que eran de la Confederación Nacional Universitaria. Habían fundado el movimiento Tacuara, todos lectores del libro “Mi lucha”, de Hitler. Eran de probada militancia neofascista pero metidos en el peronismo”, recordó.
Cuando Razzetti destacó la sangre derramada de la JP en la lucha por la liberación y por una sociedad más justa, Lucero vio que en esa mesa hubo movimientos inquietos y cruces de miradas inocultables.
A la una de la madrugada del domingo 14 de octubre de 1973, la familia Razzetti decidió retirarse.
Lucero lo abrazó. Le contó lo que había visto en la mesa y le ofreció acompañarlo.
Constantino lo retó. El diputado provincial insistió, le pidió que no fuera desarmado. Le quiso dar una pero el vicepresidente del Banco Municipal no aceptó.
-Yo ya había sufrido atentados y desde el primero empecé a pensar que más que nunca a Dios hay que ayudarlo. Entonces me puse un poncho rojo y debajo una metra y cuatro pistolas -rememoró Lucero.
Razzetti se subió al Valiant junto a su mujer y su hijo. Anita Mercedes Fared y su esposo, Amado Ramón Mansilla, les pidieron que los acercaran a su casa. Los dejaron en San Lorenzo y Corrientes.
Alrededor de las 1.30, la familia Razzetti llegó al domicilio de San Lorenzo 2674. Luis abrió la puerta, fue hasta el comedor, encendió la luz y dejó las llaves sobre una mesita. Fue entonces que escuchó los estampidos y los gritos de su madre.
“Un sujeto amparado por la oscuridad le efectúa varios disparos de arma de fuego que hacen impacto y lo hiere mortalmente, no obstante eso, al ver la presencia de la señora también le efectúa disparos sin dar en el blanco. Luego de esto el individuo se da a la fuga”, dice el expediente judicial.
Sobre la calle se encontraron siete cápsulas de proyectiles calibre 9 milímetros, un plomo de calibre ignorado y anteojos de color negro con vidrios recetados, anotó el entonces comisario principal Juan José Raffo, titular de la seccional séptima.
-Era un hombre morocho, alto, con ropas oscuras. Me acuerdo que mi marido le dijo: “¡Qué hacés aquí!”. No tiró ni con una pistola ni con un revólver. Era una metralleta -contó Nélida Gitrón de Razzetti.
Y dijo mucho más: “Nunca recibió anónimos ni amenazas escritas o verbales, pero si dijo que tenía temores de un atentado en la casa o a los familiares. Me dijo que estaba marcado por bregar en la línea de la JP pero que iba a seguir adelante hasta las últimas consecuencias”.
Repitió que en la cena, Constantino no estaba a gusto.
La primavera rosarina del ’73 había sido herida de muerte.
El hombre
Constantino Razzetti había nacido en Pincén, departamento de General Roca, en la provincia de Córdoba, el primero de junio de 1915. Formaba parte de una familia de tres mujeres y dos varones.
A principios de los años cuarenta, ya instalado en Rosario, se recibió de farmacéutico y luego de bioquímico. Militante original de grupos nacionalistas, Razzetti adhirió al nuevo movimiento surgido el 17 de octubre de 1945.
Instalaron un laboratorio en el consultorio odontológico de quien fuera la compañera de toda su vida, Nélida Gitrón, diez años menor que él, en Córdoba y Santiago.
Ganó un concurso por lo que se lo nombró Jefe de Bromatología del Puerto rosarino, cuando más de quince mil personas trabajaban en sus muelles.
Fue jefe de trabajos prácticos de Semiología, en la Facultad de Medicina y
también colaboró en el Hospital Centenario.
Se ocupó de construir el Círculo de Profesionales Justicialistas y junto a su mujer crearon el Centro de Distrito de Salud Oral 2 de Santa Fe, entre 1946 y 1955.
Hasta que llegaron las bombas de los aviones de la Marina alimentados con combustible inglés, el golpe del 16 de setiembre, la desaparición del cadáver de Evita y la cacería de militantes peronistas.
“El peronismo era el hecho maldito del país burgués”, dijo un ex diputado nacional llamado John William Cooke.
Aquella dictadura fusiladora no le perdonó su ascendencia y su declarada adhesión al peronismo.
Fue preso junto a otros dirigentes rosarinos, como Osella Muñoz y Tarico. En los calabozos de la Jefatura de Policía, en Santa Fe y Dorrego, recibía las visitas de su mujer y sus hijos.
Lo cesantearon en todos los cargos que había ganado por concurso.
Adujeron incapacidad científica e inmoralidad política.
Cuando recuperó la libertad, hacia principios de los años sesenta, con el peronismo proscripto, Razzetti fue uno de los cofundadores de San Cristóbal Seguros, al mismo tiempo que brindaba sus servicios de bioquímicos a la obra social de la Unión Obrera Metalúrgica de San Nicolás, de los vitivinícolas y de la Unión de Trabajadores y Empleados de Entidades Deportivas y Civiles. También fue uno de los fundadores del Instituto Antirrábico de Rosario y de la escuela Luis Braille para chicos ciegos.
Eran tiempos de la CGT de los Argentinos, de proletarización de la clase media y de acciones radicalizadas. El Gran Rosario era, en aquellos días, el segundo cordón industrial más importante de América latina después del de San Pablo. Las plumas flamígeras de las fábricas iluminaban la noche de la ruta 11 y en Ovidio Lagos al sur, el mítico del tercer turno en los talleres metalúrgicos y mecánicos impulsaban la leyenda de la ciudad que nunca dormía porque siempre estaba trabajando.
Razzetti fue convocado por Perón a una reunión en España y otra en Italia.
Era el máximo referente del justicialismo en la ciudad considerada la capital del peronismo.
En 1969, estando en Europa, se encuentra con Antonio Demecio Pizarro, otro dirigente del peronismo rosarino vinculado con los sectores ortodoxos. Le prestó 5 mil pesos y cada uno siguió su camino. Para la familia Razzetti el dinero ascendía a 80 mil pesos. Pero más allá de las diferencias en cifras, Pizarro y Razzetti se volverían a encontrar en el corazón del huracán de la interna peronista de principios de los años setenta.
“Al doctor Razzetti lo separaron del Movimiento por inconducta partidaria y tener nexos con gente comunista”, diría Pizarro ante los Tribunales Provinciales rosarinos en noviembre de 1973. Aquella “expulsión” se dio “en cumplimiento de instrucciones precisas del General Perón de no mezclar el Movimiento con ningún movimiento extrapartidario”, sostuvo Pizarro. Hablaba de la maniobra de 1969, meses después de que el propio Razzetti lo había salvado en Europa. Pizarro fue delegado del Movimiento Nacional Justicialista entre 1968 y 1971 en la ciudad de Rosario.
Razzetti fue defendido por el abogado Juan Bernardo Iturraspe y no solamente recuperó su lugar dentro del peronismo rosarino sino que a fines de los años sesenta se lo señalaba como el seguro candidato a la intendencia cuando se recuperara la democracia.
Su hijo Carlos recordó ante la justicia que “en la faz política, por el lado sindical, no era mirado con buenos ojos por algunos dirigentes” y que “es de conocimiento público que en cierta oportunidad fue provocado por parte de Pizarro y Bonino”, los hombres del peronismo ortodoxo rosarino.
Cuando el General decidió que el candidato a gobernador fuera Carlos Sylvestre Begnis, Razzetti decidió rechazar la posibilidad de conducir la intendencia rosarina.
Su paso al costado, sin embargo, no lo convirtió en un desplazado de la arena política. Era el principal referente para la marea humana que confluyó en la llamada Juventud Peronista y, en forma paralela, su conducta era respetada por los demás sectores internos.
Al asumir Héctor Cámpora la presidencia de la Nación, el 25 de mayo de 1973, al doctor Constantino Razzetti le devolvieron todos los cargos y le quisieron pagar lo adeudado en materia de salarios y aportes a la obra social. El bioquímico los rechazó. Le parecía inmoral hacerle pagar a la ciudadanía una deuda generada por quienes usurparon el poder desde 1955.
Sin embargo, el peronismo rosarino no era algo homogéneo.
Nélida Gitrón fue desplazada de su cargo en la obra social de la Unión Obrera de la Construcción y allí se vio la mano de los sectores políticos que estaban por detrás de poderosas organizaciones sindicales.
Aunque las diferencias florecían en las distintas seccionales rosarinas, dos grandes bloques discutían el manejo del peronismo en la ciudad abrazada por el río marrón: el que se constituyó alrededor del Sindicato de la Carne, cuyos principales representantes eran Osella Muñoz y el entonces ascendente Luis Rubeo; y la JP, en la que confluían Montoneros, las Fuerzas Armadas Peronistas y las agrupaciones de superficie.
Estaban discutiendo el poder en la entonces poderosa municipalidad de Rosario.
El primero de junio de 1973, a días del golpe de derecha que fue el nuevo regreso de Perón a Ezeiza, Constantino Razzetti fue designado vicepresidente del Banco Municipal.
En el acta número 3595 del libro 33 de la institución se puede leer que el intendente Rodolfo Ruggeri impuso en sus cargos a Emilio Ernesto Aufranc, como presidente, y a Constantino Razzetti, Segundo Araujo y Manuel Vázquez, como vocales.
Se aprobaron créditos hipotecarios para la Asociación del Personal de la Universidad de Rosario, la Unión Obrera Maderera y diversas donaciones a distintas instituciones.
“Recuerdo que FAP-MONTONEROS y MJP apoyamos al doctor Constantino Razzetti para que fuese vicepresidente del banco Municipal. Supe que Luis Rubeo acusaba a Razzetti de que le había trabado un crédito”, sostiene Juan Lucero, por entonces diputado provincial del peronismo.
Razzetti estaba destinado a controlar los créditos para los llamados sectores intermedios de la sociedad, según se desprenden de las actas del Banco Municipal que, por otra parte, nunca fueron tenidas en cuenta por la justicia provincial.
Hacia finales de agosto de 1973, en el acta 3.604 se puede leer que se detectaron maniobras dolosas en el llamado sector de créditos pignoraticio, es decir aquellos dineros que resultaban entregados a cambio de las prendas depositadas en el banco de empeño que siempre tuvo el Municipal.
“Falta de organización administrativa del sector producto de la carencia de normas precisas que regulen los procedimientos operativos y las funciones específicas de cada uno de los agentes en sus distintas responsabilidades jerárquicas”, decía el acta y concluía en la necesidad de reorganizar el sector prendario.
El acta 3.610, del 11 de octubre de 1973, volvía a incluir un nuevo pedido de descubierto del Departamento Ejecutivo Municipal.
Fue la última reunión de directorio a la que concurrió Constantino Razzetti.
El mismo domingo 14 de octubre, el acta describía un acto de característica “extraordinaria” convocada por “el presidente del Directorio con motivo del asesinato del que fuera víctima su vicepresidente, doctor Constantino Razzetti”.
Los créditos otorgados y los pedidos durante ese breve lapso que media entre la asunción y el asesinato del bioquímico, jamás fueron analizados en los tribunales provinciales. Parece que nadie reparó en que Razzetti ocupaba la vicepresidencia del Municipal.
Los dichos
“Evita presente junto al pueblo combatiente”, decía el cartel que la JP colgó sobre calle San Lorenzo al 2600, a las pocas horas de saberse el asesinato de Constantino.
-Un peronista de la primera hora, auténtico, leal, insobornable, un romántico y un idealista. Estaba al frente en la primera línea en los momentos más difíciles, abrazó la causa del peronismo en su juventud y fue un soldado de Perón y de su movimiento hasta su muerte. En los instantes más duros, en plena época de la dictadura, cuando muchos estaban ocultos o haciendo buena letra, o pactando ventajas personales entre el enemigo, Razzetti estaba dando la cara, en la calle, con los jóvenes, con los obreros, levantando la bandera de combate por el retorno de Perón, por la recuperación de la patria, justa, libre y soberana -decía un documento conjunto de la Juventud Peronista Regional II, la Juventud Trabajadora Peronista, la Agrupación Evita, la Juventud Universitaria Peronista, la Unión de Estudiantes Secundarios y la Agrupación Peronista “17 de octubre. Marcial Martínez”.
Los funcionarios de la Facultad de Medicina decidieron imponer el nombre de “Constantino Razzetti” al aula magna y lo mismo ocurrió en la Escuela de Psicología y Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía porque entendían que el bioquímico asesinado era “fiel intérprete del proceso de liberación” de la patria, “militante activo y luchador inquebrantable ejemplo” para la juventud.
La JP Regional II denunció a los “traidores infiltrados al servicio del imperialismo” y prometía ser “inflexible” ante los que pretendían destruirla.
Otro documento, cargado de profetismo, era el de la Asociación Gremial de Abogados y Procuradores de la provincia de Santa Fe que decía de la necesidad de “poner coto al terrorismo de la antipatria, investigando y desmontando tan siniestra maquinaria de muerte”.
Eso es, exactamente, lo que no se hizo.
La siniestra maquinaria de muerte continuaría su marcha…
El expediente de la impunidad
La causa 911 que contiene la agrupación de datos dispersos que solamente una generosidad intelectual puede llamar investigación sobre el asesinato de Razzetti, tiene solamente un cuerpo y 136 folios.
El 5 de mayo de 1981 se dispuso “el cese de toda orden de captura o pedido de colaboración”.
La carátula del expediente decía Juzgado de Instrucción de la sexta Nominación y dos imputados: Miguel Angel Minicucci y Juan Domingo Frutos por el delito de homicidio de Constantino Razzetti. El lunes quince de octubre de 1973 se iniciaron las actuaciones. El juez a cargo se llamaba Raúl Itrurraspe y el secretario era Jorge Baclini.
La autopsia del cadáver la practicó el doctor Víctor Friggeri y el oficial ayudante que trabajó en los proyectiles encontrados, tanto en el cuerpo de Razzetti como en el Valiant III y en la calle, fue Benedicto Matía, un hombre que con los años llegaría a ser jefe de la Unidad Regional II de La Santafesina SA.
Alrededor de las nueve de la noche de ese lunes, el diputado Juan Lucero acercó una birome Morrison con capuchó verde y un pañuelo blanco con manchas de sangre que estaban sobre la vereda donde se asesinó a Razzetti. Los policías que supuestamente habían protegido el lugar pasaron por alto esos detalles.
En las primeras páginas del expediente se leía con insistencia que no había testigos presenciales.
Esa misma noche, el entonces Ministro de Gobierno de la provincia, doctor Roberto Rosúa se hizo presente en la comisaría séptima para saber qué cosas se realizaron.
A casi veinte años del hecho, Carlos Razzetti lo increpó a Rosúa que, nuevamente estaba al frente del ministerio.
-Ustedes prometieron que iban a investigar hasta las últimas consecuencias. Y nunca hicieron nada. Son patéticos.
-Lo que pasa que uno daba algunas órdenes y después la policía seguía otra -fue la respuesta del ex funcionario.
El testimonio que más se repitió fue el de la mujer del bioquímico, la odontóloga Nélida Gitrón y la mayor cantidad de páginas se la llevaron los resultados de la pericia balística y las fotografías previas a la autopsia.
El martes se presentó el martillero Ferrero a quien le robaron el Torino Coupé horas antes del asesinato.
Esa fue la única línea de investigación que se seguiría.
Aunque en las inmediaciones de la casa, Carlos Razzetti encontró a tres hombres en actitud sospechosa, Juan Carlos Joullier, Adolfo Cilento y Enrique Rossito. Dijeron que estaban esperando tres chicas que habían conocido en el Parque Independencia. Un día después los tres recuperaron la libertad.
Aparecieron después las declaraciones formales de Américo Eusebio Ruiz, administrador del Club Casiano Casas; Luis Scarazzini, secretario de finanzas de la Unidad Básica “Coronel Cogorno” y se pidió la citación del matrimonio compuesto por Anita Fared y Amado Mansilla quienes pidieron ser llevados por Razzetti hasta San Lorenzo y Corrientes.
También declaró Elio Ludovico Pacor, secretario general de la Unidad Básica y se mencionaba la aparición de un sobre dirigido a Angelita Pereyra, domiciliada en San Juan 536, donde un supuesto Comando Peronista “José Rucci” dejó un panfleto.
Aquí comienzan las curiosidades sobre los panfletos que rodean el asesinato de Razzetti: en el expediente se habla de ellos pero no están, no se encuentran. La investigación periodística, realizada 29 años después de los hechos, pudo recién ahora reconstruir los conceptos de algunos de aquellos panfletos.
Angelita Pereyra era una mujer que tenía mucho dinero y apoyaba el desarrollo de la JP. Pero su figura trascendía al sector y era reconocida en toda la provincia.
-Ese panfleto era una lista de siete nombres en los que se incluían los de ciertos concejales y otros integrantes de la JP. En la base del escrito decía: “Están todos muertos”. El primero de aquella lista era Constantino Razzetti -dijo una inobjetable fuente que decidió mantener el anonimato porque todavía siente temor a las posibles represalias.
Luego vino el informe de la sección scopometría en torno a las vainas servidas y las balas encontradas, siendo muchas de ellas de producción 1973, es decir, nuevas.
Después apareció una carta anónima en la que se señalaba a Pizarro como un hombre que gritaba contra Razzetti por estar supuestamente entregado al comunismo. La letra decía que el delegado del peronismo del 68 al 71 trataba al bioquímico de bolche.
El 20 de noviembre, Antonio Pizarro declaró ante los tribunales provinciales. Contó, a su manera, el encuentro con Razzetti en Europa y dijo que cumplía precisas órdenes del General Perón.
Pero se quejó con vehemencia sobre los panfletos que circulaban por toda la ciudad y que no estaban en el expediente: “En la actualidad se haya circulando un volante del Ejército Revolucionario del Pueblo (comunicado número 3) en el que se dice que en su próximo comunicado se informará al pueblo sobre los directamente implicados en el asesinato del doctor Razzetti”, expresaba la declaración de Pizarro.
El hombre “se siente agraviado por el hecho de haber sido citado y fichado por la policía en averiguación de un hecho en el que nada tiene que ver; que pide encarecidamente que se levante el papelerío”, exigía en los tribunales sin que después se lea ninguna advertencia de parte de los integrantes del poder judicial.
A fines de noviembre, el automóvil del martillero fue encontrado en la ciudad de Santa Fe. Se concluyó que fue robado por Miguel Angel Minicucci y Juan Domingo Frutos.
Y allí se cerraría la supuesta investigación judicial.
Aunque los anónimos seguían apareciendo en el expediente.
Un escrito aseguraba que el matrimonio Mansilla se había ido a Buenos Aires luego de recibir el pago de un millón de pesos.
Otro texto anónimo anotado en letra cursiva sobre una libreta de apuntes mencionaba a hombres del Sindicato de la Carne, como Cabrera, “Ojos de Oveja” Garbarino, Contreras, “El Zorro” Aguilera, José “Piquito de Oro” Echeverría y Gracilazo de la etiquetadora.
A Elio Pacor le preguntaron si había gente del Sindicato de la Carne en la cena del sábado 13 de octubre. “Piensa que no han estado, por lo menos el dicente no los vio y tampoco los conoce personalmente”, contestó ante el comisario Avila, un hombre con el tiempo integraría el grupo de represores que comandaba Agustín Feced.
Según Pacor, Razzetti era “un ortodoxo” del peronismo.
El 29 de noviembre de 1973, en el folio 111, la pista sobre los hombres del Sindicato de la Carne pareció tomar cuerpo. Ese día se libró un oficio desde el juzgado para que el comisario de la seccional 25ª, de Pueblo Nuevo, logren el paradero de las siguientes personas: Cabrera, Aguilera, Echeverría y Gracilazo. Un detalle era que el pedido no se hacía al gremio, sino al frigorífico Swift. Era la confirmación judicial del texto del comunicado número 4 del Ejército Revolucionario del Pueblo que llegó al Concejo Municipal. Los datos del ERP eran seguidos por la justicia provincial.
El cabo primero Wenceslao Balbuena confirmó la existencia de los nombrados y verificó las direcciones. Era el paso previo a la citación en Tribunales.
Nunca concurrieron, nunca fueron citados.
En el folio 118, se puede leer la desgrabación de una llamada interceptada por la Empresa Nacional de Telecomunicaciones dirigida a la viuda de Razzetti.
Una voz le decía “de dónde sacó el millón de pesos que tiene en el bolsillo” la señora Mansilla y le pedía que le preguntara “cuántos tiros mandó a pegarle a su marido”.
El 15 de marzo de 1974, se le encontró a Juan Domingo Frutos, “prima faccie” responsable del asesinato de Razzetti.
Declaró que ese sábado 13 de octubre “estuvo trabajando hasta las cinco o seis de la tarde” y que “se encontraron con Minicucci y fueron a buscar a las chicas Gago, como ya estaban combinados con ellas, para salir en el automóvil Torino que había traído Minicucci y con las chicas se fueron hasta la ciudad de Santa Fe; que con Minicucci se encontraron, previamente, en un bar ubicado en Santiago y Mendoza o en el Splendid de calle Pellegrini y Corrientes”.
El 5 de abril de 1974, Frutos ofreció su última declaración, según consta en el expediente, a pesar de que la señora Nélida no lo reconoció en la rueda de potenciales asesinos que le presentaron el 20 de marzo de aquel año. Era el folio 133. Cinco meses después se escribiría la siguiente página, el epitafio de la llamada investigación.
El 3 de setiembre de 1974, en el folio 134 del asesinato político más importante que haya tenido la historia rosarina hasta ese momento, se ordenó archivar las presentes actuaciones y con respecto a Miguel Minicucci y Juan Frutos “debiendo proseguir la causa según su estado”.
Dos folios y siete años después, el 5 de mayo de 1981, se ordenó el cese “de toda orden de captura o pedido de colaboración”.
El expediente iba al archivo de los Tribunales Provinciales y el asesinato de Constantino Razzetti ingresaba en el territorio de la impunidad y del olvido.
En la escasa cantidad de páginas no hubo una sola mención a la posible línea de investigación que abría su desempeño como vicepresidente del Banco Municipal entre junio y octubre de 1973.
Tampoco se siguió con el trámite iniciado en el folio 111 que disponía la próxima citación de los integrantes del Sindicato de la Carne. Es llamativo que habiéndose pedido la localización de estos hombres, nunca fueron llamados a declarar.
A pesar de los careos entre la señora Nélida y su hijo Luis con el matrimonio Mansilla, no se volvió sobre el rol que desempeñaron estas dos personas en la noche del asesinato.
No hubo, además, voluntad de reconstruir, aunque sea, la lista de los comensales que participaron en la cabecera de la mesa que ocupó el matrimonio Razzetti.
En forma paralela se dejaron de investigar las potenciales relaciones entre el matrimonio Mansilla, Pizarro y los hombres del Sindicato de la Carne.
Es curioso que el contenido del expediente pareciera avanzar de acuerdo a los indicios que presentaban los volantes del ERP y los distintos anónimos pero, sin embargo, ninguno de ellos figuran en el cuerpo judicial que, por otra parte, presenta una doble y hasta a veces una triple foliación.
Tres veces mataron a Constantino Razzetti.
En la madrugada del 14 de octubre de 1973; el 3 de setiembre de 1974 cuando se ordenó el archivo; y durante la democracia, cuando sus viejos compañeros y admiradores prometieron reabrir el caso al formar parte de gobiernos nacionales y provinciales.
Pero, ¿por qué no se investigaron los asesinos intelectuales de Razzetti?.
Memoria y verdad histórica
-Acá la mayoría de la gente está viva y son de temer. El crimen no se investigó porque eso es lo que se decidió en una reunión que se hizo días después. Teníamos miedo -dijo uno de los principales dirigentes del peronismo provincial, veintinueve años después del asesinato de Constantino Razzetti.
Su memoria coincide con el expediente.
Angela Pereyra recibió una lista que incluía siete nombres, el primero de ellos el del bioquímico. Una condena a muerte. Eran integrantes de los sectores vinculados a la JP, concejales, diputados provinciales y otras autoridades partidarias.
-Fue entonces que se hizo una reunión en una Básica entre todos los representantes de las distintas líneas del peronismo. Allí se hizo hincapié en que también los militantes de la JP tenían poder de fuego. Hubo hombres que después formaron parte de la Triple A, acá en Rosario. Pero todo eso se desató después de la muerte de Perón, el primero de julio de 1974 -rememoró el dirigente.
Aquella reunió se hizo en Corrientes y Cochabamba, una extensión de lo que se conocía como el plenario “23 de setiembre”, llamado así en obvia alusión al triunfo electoral que determinó la tercera presidencia del General, acompañado por María Isabel.
-Para nosotros, el volante del ERP decía la verdad…-sostuvo.
El comunicado denunciaba los dichos de Pedro Saucedo, hombre del Sindicato de la Carne y que fuera detenido por una célula del ERP para averiguar quiénes y por qué mataron a Razzetti.
-Nosotros aspirábamos a lograr una unidad estratégica con las organizaciones armadas del peronismo. Por eso colaboramos en el esclarecimiento del asesinato y también queríamos desmontar la estructura fascista instalada en el Sindicato -relató uno de los sobrevivientes del Frente Gremial de la Carne del entonces Partido Revolucionario de los Trabajadores, estructura de base del ERP.
“El doctor Razzetti fue asesinado por ser un peronista revolucionario, honesto e insobornable, un luchador consecuente por la defensa de los intereses de la clase obrera y el pueblo. De esta manera, su crimen forma parte de toda la campaña desatada a nivel nacional por los sectores derechistas del peronismo y la burocracia sindical. A un mes de este injustificable asesinato, la justicia burguesa y la policía, como en todos los casos anteriores, se ha mostrado inoperable y pasible de sospecha en colaboración con los asesinos”, decía el documento.
Otro sobreviviente del ERP recordó que “esos comunicados estaban basados en la más estricta verdad. No se mentía en nada. Era una forma de trabajar en el campo de la denuncia con el objetivo de ganar adeptos. No se exageraba ni se mentía”, relató.
El volante acusaba a los mismos que la justicia provincial señalaba en el folio 111 del expediente como personas a las cuales se las debía encontrar: Gracilazo, Aguilera y Echeverría. Y además acusaba a Gerardo Cabrera de “promover, solventar y armar las bandas fascistas” y lo declaraban “enemigo del pueblo argentino”. Cabrera no quiso hablar con este cronista sobre los años sesenta y setenta. Sin embargo, los mismos sobrevivientes del ERP destacaron que “en realidad se acusaba a Luis Rubeo como el que manejaba el destino político del Sindicato de la Carne, pero se mencionaba a Cabrera porque era necesario ensuciarlo porque estaba al frente del gremio”.
-Rubeo no mata por un crédito -dijo otro sobreviviente de los años setenta y de las mazmorras de la dictadura pero de filiación peronista de izquierda, echando por tierra la idea de un crédito rechazado por Razzetti para el sector que conducía el que después fuera senador y diputado nacional durante los años de la democracia del `83 en adelante.
Para algunos abogados memoriosos, el crimen de Razzetti fue la carta de presentación de la Triple A en Rosario; para otros se trató de una manera de decidir el manejo del poder estatal del peronismo en la provincia.
Los que prometieron investigar, no lo hicieron por miedo, por complicidad o por indiferencia.
La familia Razzetti, ya sin Nélida, pide que Angel Baltuzzi, Rubén Dunda, Roberto Rosúa y los actuales funcionarios del Ministerio de Gobierno reabran el caso y que el nombre de Constantino reciba un homenaje permanente.
Como una postal del amor, de la gambeta al odio y al olvido construidos, el nombre de Constantino Razzetti, escrito en aquellos días finales del ’73, aflora en las paredes del patio de la Facultad de Humanidades y Artes en estos crepusculares tiempos de 2002.
Una señal de rebeldía que reclama justicia, más allá de las formales prescripciones y de los espurios pactos de impunidad que todavía arrojan suculentas ganancias a los que derramaron sangre en los setenta.
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