¿QUIÉN NOS HABLA DE PERDÓN?
El silencio era denso. Era el silencio de una Nación envilecida y la angustia, su peripecia. Un ejército devoto esperaba en Plaza de Mayo –espacio harto testigo de clamores populistas teñidos de ovaciones históricas– el vitoreo glorificante. Mientras tanto, lejos, en el archipiélago austral otros Ejércitos provocaron los combates del estruendoso plan de legitimación bélica.
Pocos minutos antes de las 9, en la mañana lluviosa del 11 de junio, el general Leopoldo Fortunato Galtieri se persignó junto con los obispos todos de Latinoamérica. Apenas un par de semanas de preparativos y vino el gesto tan recordado frente al edificio central de Ezeiza: el Santísimo beso a la tierra argentina después de que el Pontífice Juan Pablo II, según Su propia descripción, arribara “impulsado por el amor de Cristo”. Con pasos moderados, Karol Joseph Wojtyla descendió del jet de Alitalia llamado Galileo Galilei –curiosa coincidencia con el científico cuyo reconocimiento sería rehabilitado eclesiásticamente en 1992, a 376 largos años de la reprimenda original presidida por la Santa Inquisición–.
En la Baja Edad Otoñal de 1982, desde los balcones de la Casa de Gobierno, la máxima autoridad moral por incuestionable designio divino se ubicó, vaya paradoja, a la derecha de Galtieri y pronunció las palabras inaugurales de Su bendición masiva. Batió un apoteósico record de dos millones de personas reunidas en aparente unanimidad, que fue siguiendo Sus pasos durante las 31 horas de la estadía. Entre la multitud, elevaron sus plegarias personajes reconocidos por el espíritu de época como los periodistas Mariano Grondona y Bernardo Neustadt; monseñores Calabresi, Aramburu y Pironio; la empresaria Amalia Fortabat, el general Jorge Rafael Videla, el cantante Palito Ortega, el canciller Nicanor Costa Méndez, el general Alejandro Agustín Lanusse, el general Roberto Eduardo Viola, el ministro del Interior Alfredo Saint Jean, el Jefe de la Armada Armando Lambruschini, el ministro de Economía Roberto Alemann, y la lista continúa.
Todos decían (o sea, los medios dijeron) que el Papa vino como portador de un mensaje de paz. 14 días antes de Su primera llegada a la Argentina hizo una gira por Gran Bretaña “con estricto carácter apostólico”.
Posteriormente, en Roma, estuvo en una audiencia con el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica Ronald Reagan, principal aliado de los británicos en la guerra. Años después, para festejar la caída del Muro de Berlín, volvió a reunirse con el neoliberalismo de Reagan y Margaret Thatcher. Por eso, al margen de las pacifistas excusaciones, algunos panfletos anónimos acusaban al Pontífice de haber entregado el canal de Beagle “queriendo adjudicar las Malvinas al enemigo”. Este acontecimiento se remite a 1979, cuando la urgencia de frenar la potencial guerra entre las dictaduras militares de Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet condujo a Juan Pablo II a intervenir en la disputa, mediado por el cardenal Antonio Samoré, para buscar “las posibilidades de una honorable composición pacífica de la controversia”. Casi en sincronía con los primeros ataques, el conflicto entre la Argentina y Chile consiguió esquivar el fuego.
La opinión pública encumbraba el ficcional triunfo del Argentinazo como reflejo de su chauvinista ilusión moldeada a través de la enorme influencia mediática. La querida perla austral recibió, entre la mayoría del pueblo, aprobaciones que ignoraban su negligencia y enfatizaban el intencional olvido del contexto antidemocrático de la guerra y la desigualdad de fuerzas en disputa. Con el fin de invocar la paz a 48 horas del triunfo de las invasiones inglesas y para disipar sospechas de parcialidad en los motivos de la concurrencia papal, el Vaticano dejó en claro que la estadía del vicario de Cristo encerraba, desde un principio, el deseo único y a la vez universal de “construir una cadena de oración más fuerte que las cadenas de la guerra”. Por el infalible carácter pastoral de Su arribada, la Nunciatura y el Episcopado local excluyeron algunas que otras solicitudes en función de la brevedad de la visita.
Los Organismos No Gubernamentales defensores de los Derechos Humanos, agrupaciones que se originaron para revelar el Terrorismo de Estado, solicitaron con urgencia un encuentro con el Papa. Sin embargo, en la Iglesia Católica Apostólica Romana, la división social del tiempo occidental y cristiano es un tema de litigios reiterados. Que Sus brazos sostengan a la nieta de Galtieri para una foto quizás no agilice soluciones pero, en segunderos reales, es inversamente proporcional al período que demandaría una reunión con señoras de incansables pañuelos blancos y muchas cifras que contar y abominables denuncias que expresar. El pedido que en 1979 las Madres de Plaza de Mayo pidieron para ser escuchadas no fue atendido hasta 1997; sin embargo, en esta oportunidad, la inversión numérica y la tardanza no resultaron paliativas para el azar que los derechos tienen entre algunos humanos. Tampoco los Movimientos Ecuménicos recibieron el apoyo de sus correligionarios. La monarquía exhala dogmas y obedece fundamentalismos alérgicos a la liberación: Su Santidad había sepultado las ideas democráticas impulsadas por el Concilio Vaticano II en los escondites subterráneos de la Iglesia piramidal.
Después de “orar con el pueblo argentino por la paz y el cese del conflicto bélico en el Atlántico Sur”, Juan Pablo II se acercó apaciblemente a Galtieri. El típico bamboleo lento de Su túnica llegó a rozar el traje de civil con el poncho cruzado del general. Estaban tan cerca que podían respirarse. Hasta hubo quien aseguró que “parecía que hablaban con las miradas”. Era el nostálgico momento de la despedida. El Papa que más ha peregrinado y a más santos, beatificado y canonizado, terminó Su estadía en la Ciudad de Buenos Aires. El 12 de junio un avión de Aerolíneas Argentinas lo elevó al cielo con Sus reacciones y plegarias, tras Su manto de neblinas. El rostro emocionado de Galtieri fue Su última conquista. Se inclinó con gracia hacia él y, justo cuando el general estaba por besarle el anillo pontifical, el Papa se apresuró al ritual y acercó Sus labios a la mejilla castrense. Una última mirada y media vuelta con el andar relajado por las escalerillas de embarque.
Dos días después se produjo la derrota final de la primera “guerra limpia” argentina del siglo XX. Y 23 años más tarde, casualmente también un 2 y de abril, desde la habitación más nombrada y desconocida de Roma, cada minuto fue acercándose a los resquicios de la vida más reincidente por su consabida notoriedad. Mientras el Papa Juan Pablo II fue alejándose de la agonía planetaria, el más acá del gobierno de Néstor Kirchner preparaba una carta de sentidas condolencias y duelo nacional.
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