¿Quién sos, Pedro?
La mañana se ha llevado el frío impropio de esta estación y el rocío toca a las telas de la carpa como un despertador implacable. Martín Sosa me prestó su canción para identificar el viaje y la estoy tarareando no casualmente en esa partecita que dice que “la mañana que me espera será de cualquier manera”. Por ejemplo, no soy capaz de imaginar que estoy por conocer a Pedro…
Unos pocos kilómetros ya bastan para reestructurar la disposición del equipaje. Todo se corre a un lado y otro y la ansiedad se ha corrido ya definitivamente. Ahora sí el sol abraza como si quisiera recordar a cada paso que esto es la mesopotamia argentina y que estamos en verano. La Paz es más la paz en el mediodía caliente y vale retomar la ruta 12.
Un policía que duerme una larga siesta correntina en un puesto caminero muestra sin querer que ya estamos en la Tierra del Taragüí.
Me invade un miedo: el paisaje de las costas del Paraná es tan familiar para quienes crecimos a un costado de la Setúbal que siento que los ojos, por costumbre, se van a perder de mirar bien profundo.
Esquina, un pedacito pesquero de Corrientes que tiene la particularidad de lucir calles sin ochavas, se aparece con los contrastes que son casi una marca registrada argentina. A un lado las cabañas casi ostentosas de los que explotan el turismo pesquero y al otro los que ya no pueden ni explotar de tanta miseria.
Cerca de una parroquia unos pibes juegan a la pelota. Quizás los padres soñaron que un día podrán salir ahí, como se fue un viejo poblador de la zona que se radicó en el sur del Gran Buenos Aires: Don Diego Maradona. Los esquineros pueden decir que el mejor jugador del mundo fue gestado con sabia correntina. Uno de los pibes, que espía la cámara, dice “hey, yo soy jugador de fulbo”; con orgullo de egresado de La Sorbona y carita pecosa de olvidado de este país.
Ahora viene Goya. Pero ya quedó dicho. En la ruta las cosas no siempre son como uno las planeó. Mientras el Gauchito Gil, omnipresente, mira desde otro templo como el periodista ambulante busca agua para el mate despavilador, en San Isidro, una nadita en medio de otra nada gigante, está Pedro.
Pedro atiende un bar, su bar, que el mismo construyó con cien maderas y dos manos tozudas y laburantes.
Pedro quiere hablar. Quiere contar que él pudo torcer el destino de su madre analfabeta y que, por el Gauchito Gil o por vaya uno a saber quien que lo iluminó, sabe bien que el destino de todas madres del lugar está cruzado por los estancieros que son los dueños de la tierra y de los que la trabajan.
Pedro nos espera mañana con la lengua afilada y unos ñoquis caseros que saben a ricos nomás por la calidez del anfitrión. Ahí estaremos. Es que, hay que retomar el camino a Goya, hay que volver a la Ruta 12 porque no hay viajero que no olvide parte de su equipaje y el periodista ambulante carece de algunos accesorios de la cámara filmadora.
En esta ciudad, la segunda de la provincia del Taragüí, la que debe su nombre a Ña Gregoria, una almacenera del puerto prepotente que llegó a darle el mote de “La París Argentina” a esto que ahora es un gran olvido, conseguimos lo que falta. Y ya no queda más que descansar.
Se sabe que la ruta cansa y mañana hay que desandarla para ir a buscar a Pedro, el que tiene ganas de hablar. Él no sabe que será la primera nota del camino. No importa, queda dicho que sabe otras más importantes y que las quiere contar.
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