Quila Quina
Si un amortiguador o un neumático es el precio que hay que pagar para llegar en auto a Quila Quina, será cuestión de arriesgar, que el lugar lo amerita. Un recorrido de 12 kilómetros por un ripio exasperante y una arboleda exuberante, compuestas por cipreses, coihues, lengas y robles centenarios, hasta descender –ya en el corazón del Parque Lanín- a las orillas apacibles del Lago Lácar.
Es curioso ver en los árboles una planta parásita que se gana en todos los gajos. No habrá que preocuparse. Dicen los del lugar que se trata de “barbas del diablo”, y que si están ahí, es señal de que el aire es absolutamente puro, porque en otra parte no crecen. A juzgar por la cantidad, parece que aquí no hay contaminación alguna.
Unas vueltas después, de las cientos de vueltas que la ruta angosta ofrece, estamos en territorio de la comunidad mapuche Curruhuinca. Es curioso como varios de estos pueblos mancillados años atrás, hoy conviven con los “huincas” y, además, adoptan algunas de sus costumbres, como por ejemplo privatizar algunos lugares del Parque Nacional para cobrar acceso a algunos beneficios visuales.
A Quila Quina también se puede ir por el Lago Lácar, en embarcaciones que parten desde la costanera de San Martín. No obstante, el intento por tierra es tan o igual de atractivo y sensiblemente más barato. Navegar el Lácar una hora cuesta 25 pesos por persona y aquí, con unos pocos litros de súper y unas muchas dosis de paciencia, se llega a buen puerto, gozando de un paisaje único.
Es común que cuando el camino da descanso y no muestra montaña a un lado y precipicio al otro, los paseantes elijan matear al borde de alguna cascada de deshielo que volcará su agua pura en el Lácar. Es otra oferta económica y que vale la pena, sin tiempo, porque aquí, el tiempo parece contar poco y nada, parece trascender ese capricho tan del hombre de medirlo todo en horas o minutos.
Ya en el corazón del Parque se aparece el Lago Lácar y, en los lugares que aún no han sido alambrados, uno podrá acampar, probar paté ahumado de cordero o alguna otra exquisitez y –si lo prefiere- esperar allí todo el tiempo que sea necesario que se le cumplan todos los sueños. Si sus deseos no son concedidos, no le importará porque el lugar le hará olvidar de todo. Inclusive del neumático y del amortiguador perdidos.
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