Rabo de nube
Una vez, viajando en avión, un amigo provocador empezó a leer por el aire un libro de accidentes aéreos, quizás para asustar el paisaje, acaso para descomprimirse de un propio temor oculto. Recuerdo perfectamente el estupor de los interlocutores de mi amigo, su cara de orate enardecido al leerlo en voz alta y la frase con que empezaba: “todo estaba aparentemente tranquilo en el vuelo 5142 de la compañía tal, cuando de repente…”
Y todo estaba aparentemente tranquilo en el derrotero del cronista, seducido por la idea de conocer el lugar donde fluyen las aguas surgentes que luego se convierten en Mineralizada Villavicencio, el agua de la selección argentina, o el Parque de Cacheuta o las Ruinas de Jaramillo, hasta que de repente, se apareció un rabo de nube, diría la poesía de Silvio Rodríguez, una nube de la gran puta, diría uno pasmado.
Y no fue en cualquier sitio que se nubló. Fue exactamente cuando alcanzamos los 3200 metros de altura en la sierra y empezamos a recorrer el camino conocido como “del año” porque tiene 365 curvas. Aquí estamos entonces, con 365 curvas por delante, sin ver absolutamente nada, sin poder detenerse y suponiendo en algunos momentos que esto es lo que Víctor Sueyro nos prometió como el cielo, en realidad, un sitio muy poco acogedor.
Cuando uno está en peligro echa mano a recursos ridículos. Por ejemplo, para estar más cerca del volante, del vidrio y de la nada, adelanté el asiento y miré mejor. Pero mirar mejor era lo mismo, o peor, porque alcancé a divisar un cartel que decía “peligro de derrumbe”. A menos, digo a mi compañera que desafinaba temas de Sabina para insuflarme ánimo, ningún cartel dice “peligro, animales sueltos”.
Más adelante hay piedras. Piedras en todas partes, claro, porque es la montaña. Pero estas que digo están sobre el camino, que se ha hecho increíblemente angosto. Entre atravesar una piedra arriesgando que pegue en el tanque de nafta o esquivarla arriesgando caer hacia el vació elijo lo primero. Salimos airosos. Debemos ir por la curva 250 y han de faltar 115. Pero claro, nadie está para contar curvas.
La odisea continúa, ahora en silencio. Tenemos tiempo para pensar que es mejor el infierno, si es que esto es el cielo. De volver a rememorar a Sueyro, porque aquí podría filmarse la película de su vida. O de su muerte. Ahora parece que empieza a clarear. Al menos podemos ver a ese auto que viene de frente. Hasta parece una camioneta y también parece que no nos va a chocar. Así fue.
Bajamos. No será la última crónica. ¿Será que nadie acepta un periodista ambulante ahí arriba? Más vale no preguntar. Abajo llueve levemente pero la lluvia es una canción. A propósito de ellas, ya nunca más, en las noches de soledad, tararearé ese tema de Silvio Rodríguez que dice “si me dijeras pide un deseo, preferiría un rabo de nube”. Os lo juro.
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