REABRE EL INSTITUTO DE CINE DE SANTA FE FUNDADO POR BIRRI
Quizá no sean muchos los mitos que tiene la ciudad de Santa Fe. Pero seguro que uno de ellos es su Escuela de Cine. Fundada en 1957 por el maestro Fernando Birri, el Instituto de Cine de Santa Fe fue clausurado por el gobierno predictatorial de María Estela Martínez de Perón en el 75. Con docentes como Adelqui Camusso, Juan José Saer, Salvador Samaritano, Simón Feldman y Agustín Mahieu, durante una década el Instituto Superior de Cine de Santa Fe formó a toda una generación de realizadores argentinos. Jorge Goldenberg –uno de los guionistas más prestigiosos de Latinoamérica–, Gerardo Vallejos, Mario Grasso, Dolly Pussi, Patricio Coll y Raúl Beceyro, entre otros, dieron lugar a una institución que hoy es casi una leyenda: la Escuela Documental de Santa Fe. Tire Dié, Los Inundados, Memorias de Nuestro Pueblo y el registro documental de las más importantes movilizaciones populares de la época -como el Rosariazo, el Cordobazo y la toma de Acindar-, le dieron a este pedazo de tierra y agua, un lugar en los anales de la historia del cine iberoamericano. A casi 28 años de la suspensión de sus actividades, el ICSF acaba de reabrir sus puertas. Con el apoyo de distintas entidades oficiales y no gubernamentales y, fundamentalmente, gracias a la inquebrantable voluntad de resistencia de quienes apostaron todo, a aquel sueño sesentista, el año que viene la capital provincial volverá ser sede una institución pionera en la historia de la cinematografía latinoamericana.
El “Birritín” (subtítulo)
En 1956 Fernando Birri volvía a su ciudad natal después de concretar sus estudios en el Centro Experimental de Roma, en dónde había estudiado bajo la guía de maestros como Vittorio de Sica y al lado de figuras como Gabriel García Márquez y Julio García Espinoza (actual director de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños). Invitado por un grupo de cinéfilos ‑entre ellos miembros del legendario Cineclub de Santa Fe‑ Birri brinda una serie de clases magistrales sobre su experiencia europea, conferencias que se convertirían en el puntapié inicial de un proyecto inesperado. “En ese momento presentó un fotodocumental con textos de Sabattini, uno de los padres del neorrealismo italiano ‑cuenta Rolando “Conejo” López, egresado de la Escuela, sostén del proyecto durante todos estos años y lógico director de la escuela que reabrirá sus puertas formalmente en abril del año que viene‑. El fotodocumental era prácticamente un invento suyo; un modo muy económico de hacer cine: una cámara, una lapicera y muchas ideas. Tan embalada quedó la gente con todas estas novedades, que pronto se armó el primer curso. Para ello, la Universidad de Litoral cedió un pedazo de su instituto de Sociología”. Inmediatamente Birri puso manos a la obra: armó la escuela y consiguió que se oficializara su título. Un centenar de interesados empezaron a estudiar y trabajar sobre fotodocumental. Más de una docena de proyectos se filmaron por aquellos días. Uno de ellos era Tire dié, con tomas de los chicos que junto al puente sobre el río Salado, al paso del tren pedían a los pasajeros una moneda. Este trabajo sería el antecedente de la legendaria película de Birri, que junto a Los Inundados pasarían a formar parte de la historia de la cultura de la provincia, pero también, por su impresionante vigencia, de la conciencia colectiva de los santafesinos. Pronto, la cantidad de alumnos y el movimiento que se generaba desde la escuela, le daría a la institución su propio espacio: una hermosa casona en Salvador Caputo 3161.
Pasar la posta (subtítulo)
“Cuando yo llego a la Escuela, en 1967, ya hacía rato que Birri se había ido a Italia”, cuenta López, un muchacho oriundo de Villaguay que en aquél momento llegaba a “la gran ciudad” para estudiar cine en la prestigiosa escuela de Birri. “Vine en el peor año; apenas después del derrocamiento de (Arturo) Illia y cuando acababan de matar al Che”, apunta López, quien se recibe bajo la dirección de Adelqui Camusso. Autor de films como Memoria de Nuestro Pueblo y Fronteras Adentro -escrita sobre Las Venas Abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano-, López recuerda con amargura el momento del cierre. “Después de recibirme trabajé todo lo que pude, porque enseguida se cerró. Pero el instituto estaba desde hacía tiempo en la mira de los sectores retardatarios, en alza por aquellos momentos. Las películas que se había hecho y que todavía se hacían en el Instituto, no eran muy bien vistas por aquellos días”.
Y es que a pesar de la ausencia de Birri, docentes como Edgardo “Cacho” Palero (actualmente miembro del Comité de Enseñanza de América Latina) ejercían gran influencia en el alumnado. “Cuando yo llego a la escuela Palero ya era un profesor sin cátedra, ya lo habían empezado a marginar –cuenta López–. Cacho nos traía los manifiestos del cinema novo brasileño, las películas de Glauber Rocha y Nelson Pereira Dos Santos; él, junto a otros maestros, nos abrieron la cabeza a toda una generación, en un momento en el que era indispensable estar abiertos: pleno año 68. A partir de ahí empezamos a hacer registro documental de lo que nos pasaba. Filmamos el Rosariazo, el Cordobazo, la toma de Acindar, etc.
Víctima de persecuciones casi desde el comienzo de su actividad ‑‑a lo largo de sus ocho años de actividad sufrió varias clausuras provisorias por los más desopilantes motivos‑‑, la escuela cierra definitivamente sus puertas el 30 de diciembre de 1975, bajo el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Una resolución del rector interventor Julio Argentino García Martínez comunicaba: “suspéndanse las actividades hasta nuevo reordenamiento institucional. Por lo tanto cesan en sus actividades todo el personal docente y de investigación”. La noticia que llegó a los 16 profesores del establecimiento el primer día de 1976, casi como un preanuncio del oscuro período que apenas tres meses después se abriría en la Historia Argentina.
Cuando en 1984 la Universidad Nacional de Entre Ríos abre la Escuela de Comunicación Social en Paraná, López es convocado junto a algunos docentes -Sergio Solomonoff y Miguel Montes, entre otros- para armar el área audiovisual. “Pero paralelamente seguíamos bregando por recrear el instituto”. A pedido del entonces secretario de Cultura, Jorge Guillén, el trío armó un proyecto de escuela. Pero la fugaz gestión de Guillén, quien falleció prematuramente, derivó el proyecto hacia otros fines. “Al final el proyecto que hicimos se usó para promover la escuela de Cine y Televisión de Rosario, porque la provincia entendía que con la llegada de la democracia la Universidad reactivaría el proyecto del Instituto en Santa Fe y se iban a superponer”.
El sueño (subtítulo)
Entusiasmado con la posibilidad de la reapertura del Instituto, Birri volvió a Santa Fe a mediados de los 90’s “y Fernando hasta se hizo una casita en San José del Rincón, pero no le fue muy bien. Usaron mucho su nombre y su prestigio, y de la escuela nada –cuenta López–. El quería que abrieran una escuela, no ya para nosotros, que estamos viejos, sino para los pibes. Así que se volvió a Italia diría que muy descorazonado. Tanto, que siguió todo este proceso con muy poco optimismo”.
Desde aquella visita, López y Birri comenzaron un diálogo estrecho y mucho más fluido. “A pesar de que yo lo tenía al tanto de los logros, él no creía que lo fuéramos a lograr. Pero como yo no quería que se cayera, un día le escribí y le dije: ‘Mirá Fernando, si ninguna institución nos da bolilla, vamos a hacer al costado de la ruta, ahí donde a veces se instalan los inundados, un rancho con los gauchos de la zona y ahí vamos a montar la escuela, ¿qué te parece?’. Afortunadamente la próxima carta fue para contarle que se había aprobado el proyecto. “¡Daba sapucais de alegría!”.
Con el apoyo de la Federación de Escuelas de Cine de América Latina y el respaldo de la Legislatura, desde la misma dependencia provincial, donde un equipo encabezado por López -en el que se destacan colaboradores como Daniel Hechén y Luis Cazes- resistió al olvido con un modesto curso, que este año llegó a tener una treintena de estudiantes y que no contó con ninguna clase de reconocimiento oficial ‑ni académico para sus alumnos, ni económico para sus profesores‑ se generó el programa de resurrección.
Con un plan de estudios renovado pero fiel al espíritu de la letra del original, la Tecnicatura Superior en Artes Audiovisuales comenzará a funcionar el año que viene. “Pero ya desde ahora estamos organizando un seminario de Introducción al Cine y las Artes Audiovisuales que se va a organizar durante los meses de octubre y noviembre de este año y que va a contar con figuras tanto de Santa Fe como del resto del país y Latinoamérica –cuenta el hiperactivo “Conejo”–. Queremos ante todo que este sea un ámbito abierto, pluralista. Aunque esto tiene más que ver con lo histórico que con la coyuntura, pensé que no iba a salir. No sé que puede pasar con todo esto, lo único que pretendo es que esto siga, conmigo o sin mí. Como le dije a Fernando: ¡ya está la nueva escuela, ahora me puedo morir tranquilo! y sabés que me contestó: ¿cómo te vas a morir si con esto a mí me devuelven una parte de la vida?”.
A pesar de que no faltaron los que quisieron subirse al tren cuando ya estaba arribando, pretendiendo figurar como artífices y defensores de un proyecto que incluso ‑y en más de una ocasión‑ habían intentado desarticular, el decreto 1992/03 del Ejecutivo Provincial es claro y contundente al respecto, cuando en su punto número seis explicita que será objetivo de la carrera “rescatar la tradición y el espíritu de la Escuela Documental de Santa Fe, fundada por Fernando Birri, pionera y referente nacional y latinoamericano en la formación de realizadores comprometidos con la problemática de su comunidad y con los valores culturales de la región”.
Poco importa hoy si el proyecto de reflotar la vanguardista experiencia de la Escuela de Cine de Santa Fe ha prosperado porque alguien lo usó como ariete político, porque algún filántropo descubrió la tarea de este grupo de trabajadores intelectuales o simplemente porque se coló entre las grietas del anquilosado aparato burocrático. No importa. Sólo importa que a pesar de tantos y tan difíciles años, el sueño pionero de Birri sobrevivió. Y sobrevivió para que el maestro, y aquel puñado de maestros que él formó, puedan seguir enseñando, generando, produciendo y, sobre todo, haciendo punta desde el siempre relegado interior del país.
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