Rebeldes, soñadores y fugitivos
Como usted, tienen o no una madre, un padre, una novia, una amante, un jefe con cara de traste, un mal día, un baúl de ropa, un grito dado, otro postergado o un sueño. Pero, y aquí sí son diferentes, estos personajes de San Juan dejan a la madre, o al padre, o a la novia, o a la amante, al jefe con cara de traste, a los malos días, a la ropa o a los gritos, todo por ese sueño.
Son artistas, músicos, titiriteros, poetas, cantantes, escritores. Lo son. Debe quedar en claro, sobre todo ahora que es el mercado el que determina, según la venta de discos, de libros o de entradas, quién es artista y quien no. Y lo bueno es que no tienen carné, que andan así por la vida, sin licencia para crear, sin frenos inhibitorios, con la patente sin renovar, sin entradas agotadas, a punto de chocar con el desalojo cada fin de mes.
Como usted, tienen un nombre, un apellido, un apodo, una nariz, una boca, dos ojos, un andar, un detenerse, un alcanzar, un día de locos, una tarde cualquiera o una noche. Pero, y aquí también son diferentes, a ellos no les importa el nombre, el apellido, el apodo, la nariz, la boca, los ojos, andar, parar, alcanzar, el día de locos, la tarde, si es que hay que vivir aunque más no sea una noche.
Tocan tonadas, mujeres, rock, charadas, cuecas, ilusiones. Las tocan. Debe quedar bien sentado, ahora que parece imposible tocar, desde que se inventó el chateo. Y lo bueno es que tocan por tocar, porque sí, porque hay que aprender a hacer lo que nos de la gana, o porque quizás otros no quieren que toquen. Porque molestar es preciso, sobre todo sabiendo quien es el que descansa.
“Mi tambor es el reclamo/de mi tierra mutilada/por mis venas corren ríos/envasándome tonadas”, dicen, tocan, cantan, mis amigos de San Juan. Hombres huarpes, latinos, criollos, inmigrantes. Dicen por los ancestros y por las semillas, pero más que nada, dicen por los que no pueden decir, por los que no se animan o por los que no quieren y ni siquiera se arrepienten.
Que la madrugada fría de San Juan se marche de una vez será irremediable y ellos se quedarán solos. Pero que no se le olvide a la noche –ahora que se han ido a dormir- guardarlos, protegerlos, esconderlos de los que andarán de día proponiendo ajustar los nudos de la corbata para asfixiar en el empleo público y en los bancos.
En un rato amanecerá y mucha gente irá a conocer la casa de Sarmiento. Una pena.
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