REBELIÓN AIMARÁ EN BOLIVIA: HABLA EL PUEBLO QUE LINCHÓ A SU ALCALDE
Los vientos se contradicen en Ayo-Ayo. Y forman remolinos pequeños que arrastran el polvo en este pueblo del altiplano boliviano. Pero no tocan las cenizas que quedan al pie del monumento al Tupac Kafari, el máximo héroe de los aimara, en la plaza principal. Las cenizas quedan pegadas al suelo y todavía se pueden ver unos botones y hay olor a carne humana chamuscada. Son las cenizas del alcalde del pueblo, Benjamín Altamirano, que el martes pasado fue arrojado allí medio muerto y le prendieron fuego. Los vecinos de Ayo-Ayo, todos campesinos aimara, dicen que Altamirano les venía robando desde hace 4 años, que era un corrupto, y que a pesar de las denuncias el alcalde continuaba en su puesto. El martes decidieron aplicar la “ley comunal” y lo quemaron vivo.
Son las nueve de la mañana y en esta puna hace 4 grados bajo cero. Las cholas parecen ser las únicas que trabajan. Están agachadas esparciendo los papines que van a dejar secar. Con las papas más dulces harán “chuño”, que una vez deshidratado puede aguantar hasta tres o cuatro años a la espera de un buen guiso. Y con las papas amargas harán “túnta” que también aguantará otros dos o tres inviernos y que es buena para acompañar carnes. Los hombres de Ayo-Ayo parecen haber desaparecido.
Tuve que buscarlos por casi una hora. Cada vez que preguntaba por uno de los dirigentes campesinos del pueblo, las cholas me miraban con cara de nada. Tuvimos que cambiar de estrategia. Entramos en uno de los almacencitos que están frente a la plaza y comprar una bolsa de hojas de coca. De esa manera pudimos obtener algún dato más concreto mientras masticabamos las hojas secas para combatir el “soroche” (el mal de altura) que para entonces ya casi no nos dejaba mover. Cuando llegué a la casa del principal comunero, Cecilio Huanca, sólo salió un perro a ladrar. El pacto de silencio de los vecinos de Ayo-Ayo, juramentado en una asamblea el viernes, parece ser una barrera más alta que el Illimani que deja asomar su cumbre nevada en el horizonte.
Al regresar a la plaza principal estaban casi formados frente al monumento de Tupac Kafari cuatro representantes de la comunidad. “Esta desgracia viene de la impotencia”, dice Augusto Mejía, un hombre de piel de cobre oscuro, gordo, con chambergo negro y unos anteojos enormes. “No hubo más remedio. Existía mucha corrupción con el finado Altamirano. El pueblo ha sido muy tolerante, hemos esperado la justicia sin pasar la legalidad, hemos estado en la fiscalía, en el ministerio, y nunca hubo respuesta. Finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir”.
“Lo mataron por corrupto”, agrega René Mita, otro de los comuneros del pueblo. ¿Cómo que lo mataron? ¿No lo mataron ustedes? “No, habrá de ser gente de afuera”. “Se lo merecía, pero no sabemos quién lo hizo”.
Ese es el clima de Fuenteovejuna que arrastran los vientos de Ayo-Ayo. Los casi 7.000 habitantes de la comuna aplicaron la ancestral justicia aimara, pero nadie lo asume. Hay dos detenidos, Saturnino Apaza, que era un enemigo político de Altamirano y Guillermo Mamani, un dirigente del Movimiento de los Sin Tierra. Y los comuneros aseguran que si no los sueltan para mañana, comenzarán a tomar más acciones violentas. “Vamos a explotar el gasoducto que pasa por atrás de nuestras tierras, vamos a cortar la ruta, vamos a tirar las líneas de electricidad que pasan por acá cerca”, asegura Ramiro Silva, un comunero que habla alargando las palabras y marcando las zetas. Los comuneros exigen la libertad de los detenidos, la entrega de subsidios y la restitución de US$ 500.000 que supuestamente se habría robado Altamirano.
Casi las mismas reivindicaciones que lanzan sus hermanos aimara del otro lado de la frontera, en Perú. Allí también, en el pueblo de Ilave, a orillas del mítico lago Tititcaca, lincharon hace dos meses al alcalde por corrupto. En otros doce pueblos en los dos países, los intendentes tuvieron que huir antes de que los mataran turbas de mujeres collas que los iban a buscar para entregar a los comuneros que aplicarían la “ley incaica”. El viernes, al menos cinco personas resultaron heridas, entre ellas una bebé de dos meses, cuando la policía quiso impedir que mataran a golpes al alcalde de Caraz, en el noroeste peruano. Y todo esto, en un clima general de retroceso de la democracia. En Perú, el presidente Alejandro Toledo tiene más del 90% de desaprobación y todos los sindicatos y partidos de oposición llamaron a una huelga general para el 14 de julio con el objetivo de derrocarlo. Su colega boliviano, Carlos Mesa no está en mejor situación. Asumió tras la destitución por inepto de Gonzalo Sánchez de Losada y ahora, el 18 de julio, debe enfrentar un referéndum por la explotación de los hidrocarburos —Bolivia tiene las segundas reservas de gas de la región con 54,9 trillones de pies cúbicos— al que se oponen todos los indígenas. Los aimara exigen la re-nacionalización del petróleo y el gas.
Otros aimara —son 1.250.000 del lado boliviano y otros 350.000 del lado peruano— no linchan a sus alcaldes pero expresan su descontento cortando las principales rutas del país. Ya lleva tres semanas cerrado el importante paso de Desaguadero en la frontera peruano-boliviana. Hay más de 800 camiones varados y con sus cargas pudriéndose. Los indios del lugar les exigen que entreguen la mercadería.
Al mismo tiempo, los aimara se preparan para recibir el equinoccio del año nuevo (Intiraymi) en las faldas del cerro Khunu, en el sitio sagrado del Tiwanaku, a 60 kilómetros de La Paz. Desde la medianoche del domingo, hasta las seis del lunes, miles de indígenas y turistas esperarán el comienzo del año 521 de la Quinta Era. Una celebración que puede traer paz o más guerra. En el pueblo de Ayo-Ayo dicen no saber qué vendrá. “El sol no los dirá el lunes. Por ahora vamos a recluirnos a pensar cómo vamos a terminar de una vez por todas con estos corruptos”, dicen los comuneros. El tiempo no es para ellos un problema. Llevan más de 12.000 años en el altiplano, llegaron antes que los propios incas. Y si sumamos las cinco eras que transcurrieron desde entonces, mañana van a recibir el año 22.112.
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