RECUERDO INCOMPLETO DE UNA NOCHE TRÁGICA
Y, por fin, el acusado del doble crimen de Funes dijo su verdad, una verdad-rompecabezas a la que faltan piezas fundamentales. El pibe de 17 años que mató al padre y al hermano menor y que atacó a balazos a la madre y a la abuela declaró en Tribunales que tiene conciencia de parte de la secuencia trágica aunque no de acciones clave como la búsqueda del arma y los disparos posteriores. Además, se reconoció adicto a las drogas, pero no será alojado en una clínica especializada –como pretendía su abogado– porque el juez Juan Artigas rechazó el traslado. Igual, el chico podrá recibir un tratamiento en su lugar de detención, por ahora la Jefatura.
La audiencia duró más de tres horas y, en forma inédita, fuera de todo reglamento, el acta se guardó en una caja fuerte. No será incorporada al expediente por pedido de la defensa y del asesor de menores, con la anuencia de la Fiscalía y de cara a proteger al adolescente y a su familia.
Una fuente del caso comentó que T. “hizo un relato de los hechos aunque, en aspectos, de manera parcial”. Otro allegado al sumario deslizó que “todavía no hay certezas” sobre la culpabilidad del adolescente, sumando intriga al caso. Por la mañana se había filtrado que, a seis días del intento de exterminio familiar, el acusado estaba en condiciones de declarar y que sus recuerdos eran más abundantes que a principios de semana. Entonces, la versión que se conoció por medio de su abogado, Jorge Bedouret, fue que las remembranzas eran meros “flashes” que impedían armar una historia. El lunes T. había preferido abstenerse de la indagatoria.
Ayer, diez minutos antes de las 16, llegó a la esquina de Moreno y Montevideo en el asiento trasero de un Renault 19 de la Brigada de Homicidios. El acceso de detenidos al Palacio de Justicia estaba plagado de periodistas, incluso de medios nacionales, que lo esperaban y que se amontonaron sobre el coche en procura de alguna imagen. Pero el adolescente estaba recostado y oculto bajo una campera azul de la UR II. Lo flanqueaban dos agentes de civil.
El jefe de Homicidios, Daniel Corbellini, lo acompañó al juzgado de Menores donde sería interrogado por el juez Artigas. Estuvieron presentes además el secretario penal, Daniel Papalardo, y una empleada del juzgado, el asesor de Menores Luciano Corvalán, la fiscal Alicia Donni, el abogado defensor y, por un breve lapso, el psiquiatra forense Carlos Elías. Ningún familiar lo acompañó.
La declaración comenzó a las 16.15. Mientras esperaba que se cumplieran los trámites de rigor y se iniciara el acto, alguien que pudo verlo lo definió “tranquilo, como incapaz de matar una mosca”. Vestía una remera de mangas largas que llevaba por fuera de un jean gastado y ancho, “estilo rapper”, profundizó la fuente. De vez en cuando se tocaba un pequeño aro que tiene en la ceja derecha “sin hacer gestos, con rostro neutro”.
La guardia periodística se mantuvo impasible hasta las 19.40, cuando el auto subió la rampa del estacionamiento. T. estaba nuevamente en el asiento trasero bajo una campera policial, rodeado de dos agentes. La salida generó encontronazos entre algunos hombres de prensa esforzados por conseguir un centímetro de ventaja para filmar al adolescente.
Integrantes de equipos porteños se enfrentaron con los locales y un respetado cronista de la televisión rosarina terminó golpeado en el rostro. Mientras esto pasaba, las autoridades que asistieron a la audiencia dejaron el tribunal por otra puerta.
El registro del acto ya estaba bajo llave en una caja de seguridad debido a que, lo que es un hecho inusual y extraño que no figura en ningún Código, la declaración no será incorporada al expediente. Cuando las partes la quieran ver, explicó un vocero, deberán pedir su exhibición al secretario del juzgado. Se trata de la única copia existente: hasta se borró el archivo original de la computadora. El argumento fue evitar la difusión pública de los dichos para proteger al joven y a su familia, argumentaron Bedouret y Corvalán, con la adhesión fiscal y el visto bueno de Artigas.
En cambio, el juez se negó al traslado a un instituto especializado en el que T. pueda ser rehabilitado de su adicción a las drogas. Algo que él mismo reconoció ayer a la tarde, cuando afirmó que consumía marihuana, cocaína “y otras cosas”. En el minipenal de Seguridad Personal podrá recibir un tratamiento.
Según el informante, T. “contó lo que fue su vida el viernes y el sábado, además de la relación con su familia y las armas. De a poco va teniendo conocimiento de lo que hizo aunque no se vio tomando el arma (de la mesa de luz del padre) o gatillando”. De acuerdo a la agencia Télam, T. refirió asimismo que desde hace un tiempo se llevaba mal con el padre, Alberto Adorna, a quien le enrostraba su condición de mujeriego. Contó que los padres estaban por separarse y responsabilizó de esa situación al hombre a quien liquidó.
Por último, fue dada de alta Catalina Dártoli, la abuela paterna de T., quien fuera baleada en el cuello. La mujer, de 80 años, estuvo internada desde la noche del sábado y ayer a la tarde salió acompañada del policlínico Pami I por parte de su familia.
Las autopsias confirmaron que fue un ataque por sorpresa y a quemarropa
Las autopsias practicadas a los cadáveres de Alberto y Germán Adorna confirmaron que el adolescente que ayer compareció en Tribunales los atacó por sorpresa y sin siquiera darle chances de defensa.
El informe elevado por la médica forense Alicia Cadierno al juez del caso indica que T. –hijo y hermano de las víctimas– habría disparado a una muy corta distancia y en un mismo acto.
Alberto Adorna recibió un impacto cerca de la sien derecha, y su hijo Germán en el mismo lugar, pero del lado izquierdo. Ambos estaban sentados uno junto al otro, frente al televisor. El homicida atacó por detrás. El orificio de entrada del proyectil, en ambos casos, tiene signos de ahumamiento, lo cual insinúa la escasa distancia de los disparos que a cada uno le alojó un proyectil en el cráneo.
Los cuerpos, debido a las nueve o diez horas transcurridas desde el crimen hasta el inicio de la autopsia, presentaban la suficiente rigidez cadavérica como para connotar que el final los sorprendió sentados. La forense no halló indicios de que las víctimas hubieran ensayado una defensa ni una lucha previa.
Tampoco hubo en la necropsia rastros de ingesta de drogas ni alcohol en exceso en los cadáveres; sólo restos de la cena que acababan de compartir en familia.
No violar la ley, una premisa
La ley, basada en la Convención Internacional de los Derechos del Niño, prohíbe difundir la identidad de un menor de edad involucrado en un delito en calidad de imputado. Esa es la razón por la que El Ciudadano viene designando al adolescente acusado del doble crimen de Funes por su inicial (T), y lo seguirá haciendo mientras no alcance la mayoría de edad, aunque el resto de los medios de comunicación que cubren el caso no adopten el mismo criterio de ética periodística.
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