Rehenes de la nieve
El Servicio Meteorológico ha acertado. Una nieve contundente amaneció de espuma a nuestro ahora familiar Loncopué, donde ya hemos visitado hasta el Hospital Público para combatir el tedio y la ansiedad. La nieve es bonita según el cristal con que se la mire. Con buen tino apunta una señora que “quien fue o es pobre no puede querer la nieve”, porque en los ranchos de adobe y paja dolía más el frío blanco.
Para quienes venimos del litoral el panorama cambia y uno no puede dejar de sorprenderse por tanta belleza. Finalmente nos dicen que es factible ir a Caviahue. Allí arriba hay calles que aprovechando la energía del volcán tienen calefacción central y quitan la nieve de la acera como si fueran máquinas secadores. Pero para ver las “estufas ruteras” habrá que llegar.
Hay mucha nieve al costado de la ruta y en la ruta misma pero ya nos resulta familiar. A 25 kilómetros de Caviahue un puesto de Vialidad tiene congregados a unos cuantos automovilistas. “Saldrán en caravana”, acota un policía neuquino, entre otros tantos que están por las dudas, como advirtiendo que algún accidente anda por ahí a la pesca de automovilistas incautos.
Para variar, otra vez está nevando. El auto tiene la calefacción a full, sin embargo, sólo se recibe adentro viento frío. Los pies mojados que primero chapalearon cerca de la felicidad en la espesura blanca ahora comienzan a entumecerse. Un empleado de vialidad dice que saldremos enseguida, pero la espera lleva ya más de cuarenta minutos. “Hay que ir con cadena si o sí”, aclara otro uniformado.
Después, otro policía, como si estuviera en combinación con el que advirtió sobre las cadenas dice que “el señor que está allí le puede alquilar una”. Dice “el señor que está allí”, en un auto oscuro que se ha vuelto blanco, “que acá está la cadena y que arregle nomás con los muchachos”. Los muchachos son, justamente, los policías neuquinos que dicen que sin cadena no se puede.
Vienen serviciales por una módica paga a elección del pagador a colocar la cadena. La caravana se prepara con un colectivo interurbano en la vanguardia y algunas camionetas de doble tracción que parecen sonreír socarronas con sus focos potentes ante los autos de menor valía. “La cadena es grande”, dice un policía cuya voz se oye desde debajo de la nieve. “Tiene que desinflar las gomas o volverse”, acota otro.
Sólo se ve nieve y policías nevados. Desinflamos las gomas. Pero no, no será posible aún así llegar hasta Coviahue. Hay que volver por una ruta ya archiconocida de hielo, nieve y lluvia. Viento blanco y señales emblanquecidas. Una nueva frustración. No podremos conocer el volcán ni su laguna mítica a la que los buzos tácticos no le conocen el fondo ni las historias de coches que apuntan siempre hasta abajo por si la lava los obliga a salir disparando. Mañana volveremos a porfiar, ya por última vez.
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