Ría extrema*
Ariel, que conducirá la “expedición” que pronto nos depositará en el corazón de la Ría Deseado, ha llegado puntualmente a las 13 al muelle donde aguarda una embarcación que, para neófitos como nosotros, parece demasiado frágil para tentar los caprichos del mar. Sin embargo, ya veremos que estamos equivocados, no bien nos ubiquemos en la proa para empezar a mirar sin que los ojos den abasto.
La Ría Deseado moja las costas de acantilados profundos, conformados por piedra volcánica. Alguna vez tuvo agua dulce, porque más al fondo se hace río y llega hasta la Cordillera de Los Andes. Pero después de la glaciación, cuando el nivel del mar subió y el del río decreció, la ría fue más mar que río y por eso está sometida a los vaivenes de la marea. A propósito de ella, ahora que está alta, dice Ariel que es hora de subir.
Los barcos pesqueros, amarrados unos con otros, hacen de cortina para la salida de nuestra embarcación, que enseguida se muestra silenciosa y seguro. “Tiene un motor de 4 tiempos que no contamina”, dice Ariel. Y vale la aclaración, en una de las reservas de fauna más bien cuidadas de Argentina, sobre todo para quien ha visto cómo se “cuida” en otras.
Pronto no habrá más lugar para charlar. El sol se ha vuelto cómplice y el viento, que ha cesado, también. Será lo último que uno pueda recordar del “entorno”. En adelante, el silencio contemplativo lo abarcará todo. Es como si se necesitara concentrar todos los sentidos en el de la vista, para no perderse nada de lo que nunca antes vimos mejor y de lo que, probablemente, pasará buen tiempo para que volvamos a ver.
Una colonia de cormoranes está frente a nosotros. O con nosotros. Justamente, lo pronunciado de la costa, frente al puerto, la profundidad de la ría, juegan a favor para que la lancha de Ariel se pueda acercar en platea preferencial a las aves, casi como si se pudiera convivir con ellas, pero sin invadir en absoluto la privacidad de una comunidad que, ante nuestra vista perpleja, come, salta, vuela, juega, hace el amor, se pelea, vive.
Después, los lobos marinos de un pelo, que han elegido un islote en propiedad exclusiva para retozar al sol, y al que sólo se atreven a acceder sin título las gaviotas, acaso porque, dónde hay mar, ellas, por derechos ancestrales, no tienen que pedir permiso para entrar. Da la sensación que la fauna de la ría establece una comunicación con sus visitantes. Puede que sea una idea alucinada de quien no encuentra cómo explicar tanta belleza; pero eso parece.
Y si uno cree que ya ha visto todo, o que pronto ya no podrá almacenar visualmente más nada, detenerse en una pingüinera solitaria en una isla de piedras movedizas será lo máximo. Luciano y Melli, colaboradores de la tripulación, son los primeros en descender. Los pingüinos no se inmutan. Unos pocos se vuelcan sobre el agua y los otros espían, algo desconfiados, pero sin espantarse.
Después bajamos los demás. Y entonces, uno quiere en ese mismo momento que se detengan todos los relojes del mundo y que sola exista mirar. Es época de parir y varios pichones están bajo las aletas protectoras de sus pingüinas madres. Ellas saben bien que al menor descuido, una gaviota puede robarse un huevo o una cría. Nosotros deberemos andar con cuidado, para no estresar a los pingüinos y para no pisar ningún cascarón.
“Son unas 8 mil parejas que viven aquí”, dice Ariel, ahora en voz baja, porque nada hay que hacer más que caminar a tientas, para observar sin perturbar. Puede que hayamos estado allí diez minutos o una hora. Si me dicen que fue más, igual lo creería. Ya dijimos, el tiempo no cuenta, sobre todo cuando cada imagen de este día quedará guardada con la certeza de que nunca se perderán.
Ariel promete más. Un avistaje de toninas overas, más cerca de la desembocadura de la ría. La mar se agita y la lancha se mueve. Todos bebemos de la sal marina que se ensaña con nosotros. Ahora otra vez se aparece el sol, hecho toalla para secarnos el agua salitrosa que sirve para corroborar el nombre de la empresa: Ría “extrema”. Las toninas son lo de menos.
El regreso hacia la calma del muelle tiene un bonus track: el paso por el lugar donde está enterrada la corbeta “Swift”, que encalló en 1770. Está señalado con una par de boyas gordas y redondas de color naranja que a simple vista no dicen nada. Igual, ya no hay nada más que decir. Todo dicho. O todo visto. O todo junto. Tenían razón. No te podés ir a Deseado sin pasar por la ría.
*Por contactos con Ría Extrema, por navegación y buceo, [email protected] ó 0297-154-006840 ó 0297-487-1065
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