Río Grande, hoy
Más que bañarla a Río Grande, el mar salvaje del sur la hiere. Los días de viento, que suelen ser la mayoría, las olas pegan con tanta saña sobre la costanera que hasta llegan a empapar a los automóviles que recorren la avenida y le dan un salpicón bautismal a los enamorados a los que no les importa ni el viento y caminan de la mano como si se tratara de un malecón caribeño.
Río Grande, una de la tres localidades que tiene la parte argentina de Tierra del Fuego, no era más que un pueblo chico cuando la isla era Territorio Nacional. Después vino la autonomía provincial y la ley de Promoción Industrial. Entonces ya no volvió a ser la misma. Creció hasta alcanzar los 50 mil habitantes que tiene hoy y llegó a ostentar niveles de consumo comparados al “deme dos” de las épocas del orejón de Martínez de Hoz.
Los ochenta marcaron la llegada a esta ciudad de una clase social que se desclasó. La mayoría era gente de localidades del norte que vino a convertirse en la mano de obra que hacía falta para hacer echar humo por las chimeneas de las industrias que tenían como misión, a cambio de pagar menos impuestos, engrandecer la isla. Los recién llegados empezaron a vivir en una isla de la fantasía donde todos los sueños de consumo podían ser satisfechos.
Así nació una clase media que no era, una suerte de burguesía que educó a sus hijos en ese contexto de imposible duración eterna y hoy, cuando esos hijos están egresando de la universidad, ven cómo no han acompañado el acceso a esa nueva clase que se jactaron de integrar, con una formación acorde que les permitiera pensar el futuro en términos de bases sólidas y transmitiendo una idea de la cultura del trabajo que los pibes no tienen.
De hecho que la corrupción tampoco estuvo ausente. Así como muchas fábricas hicieron crecer a Río Grande, otras, de la mano de dirigentes anuentes vinculados al ex presidente Raúl Alfonsín, apenas fueron galpones con las luces prendidas que figuraban con domicilio en la isla pero seguían funcionando en Buenos Aires. La evasión perfecta de la que hoy poco se habla, ya que la maraña del juicio político al actual gobernador acapara los comentarios de pasillo.
Pero además de esta comidilla, Río Grande está por estos tiempos ante una nueva etapa de presunta prosperidad. La Patagonia se muestra generosa dando empleo y parece que la Isla no es la excepción. Como en Santa Cruz, la obra pública abundante genera empleo y la llegada de nuevos norteños desencantados con su pago. A falta de estadistas que lo hagan, falta saber si ahora se planificará la ciudad para los años por venir tal como no se hizo en los 80.
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